Opinion · Tierra de nadie

Vicepresidentes a gogó

Pues para qué nos vamos a engañar. Que en el nuevo Gobierno haya más vicepresidentes que botellines no es muy normal, y es lógico que el personal haga mofa y befa de la cuestión en las redes sociales, donde ya se anuncia que Pedro Sánchez seguirá esta tarde nombrando a sus segundos en el Corte Inglés más cercano a la Moncloa. Se ha conseguido, al menos, que el Ejecutivo que iba a quitar el sueño al 95% de los españoles del miedo que iba a darnos empiece por provocarnos risa desde antes del minuto cero, lo cual es un avance innegable en forma de valeriana.

A falta de que el presidente justifique en su momento las razones por las que ha de tener tantas manos derechas como un pulpo, la hipótesis más probable es que haya querido marcar territorio y dar un escarmiento a sus socios, que ya habían empezado a hacer público quiénes de ellos ocuparían carteras, secretarías de Estado, direcciones generales y hasta jefaturas de negociado, sin esperar al anuncio de quien, en teoría, tiene la potestad para hacerlo. Ocurre esto, además, tras la firma de un protocolo de actuación entre el PSOE y Unidas Podemos donde se detallan las instrucciones para que la coalición funcione como un reloj suizo, que ya es de campanario a tenor del número de piezas de su segundo nivel.

Como se decía, no es en absoluto normal tal inflación de vicepresidentes, que algunos atribuyen al deseo de restar poder a un Pablo Iglesias, que como responsable de Derechos Sociales y de la llamada Agenda 2030 –la que incluye los objetivos de la ONU para el desarrollo sostenible, en especial los de lucha contra la pobreza y la emergencia climática- podría estar tentado a eclipsar a Teresa Ribera en sus cometidos de transición ecológica y reto demográfico, y de ahí que se sitúe a la ministra en el mismo plano jerárquico para conjurar dicho riesgo. Lo cierto es que la importancia de un puesto no viene determinada por el puesto en sí sino por la persona que lo ocupa, por lo que resultará estéril este intento de poner puertas al campo.

Sea como fuere, no se entiende que, por sorpresa y al descuido, se varíe un organigrama que estaba pactado o debía estarlo, con independencia de que cada parte tuviera libertad para poner los nombres que creyera oportuno en los puntos suspensivos correspondientes. Mal se empieza si cada desavenencia trata de resolverse con golpes de autoridad que lo que traslada es la endeblez del armazón que ha de simular que sólo existe un cesto cuando, en realidad, hay dos.

Si todo lo anterior no fuera más que una ordalía, una prueba para comprobar la fidelidad de Unidas Podemos al divino criterio presidencial, hay que convenir que los de Iglesias han puesto la mano en el fuego sin proferir queja alguna, más allá del malestar que provocan las ampollas. No es conveniente abusar del juicio de Dios porque una cosa es que se te hinchen las manos y otra muy distinta las narices.

El resumen es que este Gobierno hace historia por ser la primera coalición de izquierdas desde la II República y también porque contará con más plazas de vicepresidente que de cartero en unas oposiciones de Correos. A diferencia de Estados Unidos, donde se dice que cualquiera puede llegar a presidente tal y como los hechos demuestran, aquí estamos a punto de conseguir que el cargo de vicepresidente sea oficial tras el alumbramiento. “Felicidades, son ustedes padres de una preciosa vicepresidenta que ha pesado tres kilos doscientos”.