Opinion · Tierra de nadie

Vale Pedro, ya sabemos de quién depende la Fiscalía

Como no parece necesario recordar la importancia de las formas en democracia ni pasar por un erudito a la violeta citando a Norberto Bobbio, bastará con ir al grano: colocar a la ya exministra de Justicia Dolores Delgado al frente de la Fiscalía General del Estado es un desatino y una provocación que no tiene ni medio pase. Éticamente impresentable, no es que su designación sea de una estética más que dudosa; es que carece absolutamente de ella.

Con la inocencia perdida hace demasiado tiempo, ni siquiera merece la pena esbozar alguna reflexión grandilocuente sobre la separación de poderes y la independencia de la Justicia como pilar del Estado de Derecho. Hemos asumido que la Justicia suele tener de independiente lo que Gianmarco, el nuevo semental criado en Gran Hermano, tiene de cartujo. Pero una cosa es saber que los Reyes Magos son los padres y otra muy distinta este regalito sin envolver que el presidente del Gobierno dejó a la puerta mientras los miembros de su Gobierno prometían dentro sus cargos.

Por mucho que Pedro Sánchez tenga interiorizado aquello de que la Fiscalía está al servicio del Gobierno, es decir, al suyo, y que la experiencia haya demostrado que en eso jamás hubo excepciones entre sus antecesores, los muñecos han de vestirse, aunque sea con un pareo, para no herir la sensibilidad del espectador. Se trata de guardar la compostura y hasta de no hacer el ridículo, porque basta con recordar lo que dijo el PSOE hace cuatro años del nombramiento como fiscal general del difunto José Manuel Maza o la promesa de sus socios de Unidas Podemos de que al fiscal lo elegiría la ciudadanía y no el presidente de turno, para avivar el sonrojo y que se te ponga cara de semáforo.

Es verdad que no debe ser sencillo encontrar a alguien con la cintura suficiente para no descoyuntarse ante los cambios de opinión presidenciales, que lo mismo promete un día traer a España a Puigdemont con cadenas para que sea juzgado por sedicioso que proclama al siguiente que la vía adecuada para afrontar el conflicto político en Cataluña es desjudicializarlo. Pero es sabido que el que busca halla, y que en algún lugar de la carrera fiscal debía de esconderse algún candidato que reuniese los requisitos legales y que compartiera esta idea de suavizar la actuación del Ministerio Público en el procés, que por momentos ha resultado indistinguible de la de Vox.

Lo anormal es encomendar la tarea a quien sigue teniendo en la cartera de Justicia sus huellas dactilares. Hay que suponer de entrada que su labor al frente del Ministerio no ha sido excelsa, ya que de haberlo sido lo que resultaría llamativo sería su relevo. Levantar a Delgado de la silla del Consejo para sentarla sin más en la de la Fiscalía General del Estado sólo puede interpretarse como lo que es: una comisión de servicios a la que se presta la exministra que dice bien poco de quien pretende encabezar la regeneración democrática del país.

Concurren además en Delgado circunstancias singularmente agravantes, que ya en su día resaltó el hoy vicepresidente Pablo Iglesias, al que se vuelve a poner a prueba haciéndole comulgar con una rueda de molino intragable. “Alguien que se reúne de manera afable con un personaje de la basura, de las cloacas de nuestro país, debe alejarse de la política. No es aceptable que en este país haya ministros que sean amigos de tipejos como Villarejo”, dijo Iglesias al revelarse las grabaciones que mostraban el compadreo de Delgado y de Baltasar Garzón con el expolicía. Lo mismo diría ahora si el sapo que intenta digerir le permitiera pronunciar alguna palabra.

Como ya sabíamos de quién depende la Fiscalía, que era la pregunta retórica que llegó a hacerse Pedro Sánchez, la demostración matemática que ahora nos ofrece es bastante obscena. De lo obvio no hay que hacer glosa, salvo que se quiera grabar a fuego con ensañamiento. Así se las gasta el presidente.