Tierra de nadie

Cursos de ultraderecha para Vox

Es bueno que Santiago Abascal viaje y conozca gente, lo que siempre fue una estupenda cataplasma contra el racismo, aunque es improbable que el método funcione con nuestro Cid Campeador porque siempre acude a ver a los mismos. El de Vox se nos ha ido a Roma como invitado a una de esas cumbres de la ultraderecha que periódicamente reúne a sus primeras espadas para reafirmarse en sus cruzadas. La excusa es, en esta ocasión, una Conferencia de Nacional Conservadurismo, donde los Salvini, Orban y Marion Maréchal, la sobrina de Marine Le Pen, entre otros, además de homenajear a Reagan y al Papa Juan Pablo II, han de responder a una difícil pregunta del estilo de las de Ahora caigo: "¿Es el nuevo conservadurismo nacional una amenaza o, por el contrario, es una virtud?". Pues eso.

El viaje de Abascal coincide con la apertura en Madrid de una sucursal del Institut des Sciencias Sociales, Économiques et Politiques (ISSEP) de Maréchal, una autodenominada escuela de formación de élites impulsada aquí por colaboradores de Vox y que, aunque se niegue, parece llamada a convertirse en su FAES particular. ¿El objetivo aparente? Ir sustituyendo el pelo de la dehesa que adorna el pecho de la castiza y nacionalcatólica dirigencia ultra por cierto pensamiento teórico con el que barnizarse el cuerpo entero.

Asumir por parte de Vox el modelo francés significaría un cambio radical respecto a su tradicionalismo neofranquista, que es la caspa que a Abascal se le acumula en los hombros y le impide por el momento disputar la hegemonía de la derecha. Contaría con una ventaja y es que, a diferencia de lo que ocurre en Francia, donde los herederos del Frente Nacional no han podido rentabilizar en poder institucional sus éxitos electorales por el cordón sanitario que se les ha establecido, aquí ha ocurrido justamente lo contrario: condicionan a sus socios, marcan agenda y los únicos cordones visibles a su alrededor son los de los zapatos de tafilete de Pablo Casado.

El salto sería trascendental porque, pese a compartir discurso sobre los males de la inmigración y el multiculturalismo y de emitir mensajes muy parecidos sobre la importancia de la nación y la familia y contra las oligarquías europeas, Vox defiende el mismo neoliberalismo que sustenta a las élites que dice combatir en abstracto y sigue sin dar el paso de abrirse a las clases populares, que es donde empezaría a representar un serio peligro.

La jugada sería muy inteligente y, de ahí que haya dudas razonables de que llegue a materializarse. El crecimiento de la ultraderecha patria se ha sustentado en la bandera, la patria, la aversión al modelo autonómico, a las leyes contra la violencia de género y la memoria histórica y a su fusión con lo cañí, llámese toros o caza. Y puede que empiecen a asimilar que de Cataluña y del independentismo no se puede vivir eternamente y que, en algún momento, esa ubre dejará de darles leche.

Resultaría ciertamente extraño ver a Abascal, que nunca ha dejado de ser un niño pijo de los de pulserita rojigualda en la muñeca, abrazar ese populismo que tanta urticaria le produce para buscar el voto de los trabajadores con soflamas contra la globalización, la desregulación y las tiránicas leyes del mercado, pero cosas veredes que non crederes y que, ya puestos, farán fablar las piedras. En el momento en el que se escuche a Vox clamar contra la privatización de los servicios públicos y la mercantilización del individuo y a Ortega Smith & Wesson sustituir sus citas de Primo de Rivera por otras de Gramsci, como hacen en Francia los seguidores de Maréchal, habrá que echarse a temblar.