Tierra de nadie

Así se distingue por la calle a un catalán fetén

Los catalanes, singularmente los que con más frecuencia usan la lengua de Brossa o de Espriu, tienen, al parecer, la manía de comunicarse, y si alguien se les acerca e inicia con ellos una conversación en castellano responden empleando la de Cervantes. Es una costumbre nefasta que el Govern quiere erradicar y por eso ha puesto en marcha un programa llamado ‘No em canviïs la llengua’ (No me cambies la lengua) para que dejen de hacerlo y concienciar así a los catalanes no autóctonos, esa subespecie de personas que viven en Cataluña pero que han nacido por ejemplo en Burgos, de que aprender catalán vale la pena, sobre todo si uno es celíaco y quiere saber si lo que se está comiendo lleva gluten.

Anna Erra, diputada de JxCat y alcaldesa de Vic, es una firme defensora de esta campaña y ha animado a sus conciudadanos a sumarse a ella detectando con su sentido arácnido a cualquiera que "por su aspecto físico o por su nombre" no parezca catalán del mismo Ampurdán o de Pedralbes. Como sus palabras apestaban un tanto a racismo, Erra, que en el fondo es un ‘tros de pa’ (¿vale o no la pena aprender catalán si eres celiaco?), ha pedido disculpas y ha dicho que se le ha malinterpretado.

Sea como fuere, la cuestión es interesante ya que si un catalán de pura cepa puede saber a distancia si alguien que se le acerca no lo es, quizás los no autóctonos y otros que pasen por allí también sean capaces de identificar a un Llach o a un Castellví de toda la vida. ¿Cómo se puede saber si la persona a la que uno se dirige es catalán, muy catalán y mucho catalán, que diría nuestro añorado Rajoy, además de porque hace cosas, que es una pista que ya nos dejó el expresidente?

Aunque lo parezca, la identificación no es sencilla. No todos los que vistan camisa negra como mi admirado Joan Tardá tienen que serlo; ni todos los que tengan ese aspecto de intelectual que imprimen las gafas de pasta; ni los que lleven puesta una barretina, que quizás procedan de Toledo y quieran hacer una gracia o vayan a una fiesta de disfraces; ni los que no paren de contar las monedas del bolsillo; ni los que bailen la jota con los pasos de la sardana; ni los que lleven un lazo amarillo; ni los que vayan por la calle dando bocados a una barra de fuet; ni siquiera sería posible afirmar con absoluta certeza que estamos ante un catalán autóctono si el susodicho lleva camisa negra con lazo amarillo, barretina, gafas de pasta, baila sardana al ritmo de reggaeton y engulle fuet como si no hubiera un mañana.

La influencia del procés está resultando especialmente nociva para algunos, especialmente para los conversos al independentismo, a los que su empeño en conformar una identidad nacional les está haciendo perder la cabeza. Las lenguas no se imponen ni pueden usarse para alzar murallas ya que se inventaron justamente para derribarlas y facilitar la comunicación. El bilingüismo es un don que permite entender a más gente, que quizás tengan algo interesante que decir aunque no lo hagan en lo que en Cataluña se ha dado en llamar lengua propia ignorando que el castellano también lo es y lo ha sido durante siglos. Puede que a muchos catalanes el castellano se lo haya impuesto Franco a bofetones pero, como decía recientemente Joan Margarit, la lengua no la hacen los generales ni los ejércitos sino la relación con la cultura. "Si has leído a Quevedo, a Góngora, El Quijote, Delibes, amas esa lengua", explicaba el poeta. Ni Margarit se mostraba dispuesto a renunciar al castellano ni lo harán los catalanes, por mucho que los particularismos más paletos lo promuevan.

Utilizar la lengua como un arma política empobrece a las sociedades y a esas elites que creen que la identidad empieza a definirse por el idioma en el que habla. La prueba es que la comunidad gitana tiene una lengua común, el romaní, pero en cada país de Europa en el que está presente se expresa en los respectivos idiomas sin haber perdido un ápice de su propia identidad. Defender el catalán fomentando el monolingüismo es un desatino, una talibanada. Hablar catalán o castellano, seas autóctono o sobrevenido, enriquece pero no implica fidelidad a ninguna causa aunque se pretenda.

Señora alcaldesa de Vic: los catalanes no autóctonos, nacidos accidentalmente en Senegal, Marruecos o en Madrigal de las Altas Torres, saben que sus desvelos para la integración y la cohesión social son dignos de encomio. Para su conocimiento, ocurre que la catalanidad fetén no se define por el aspecto ni por el apellido y que, pese a que cueste creerlo, viven personas en Cataluña a quienes la catalanidad les resbala. Ocurre además que es radicalmente falso que exista el peligro de que el catalán se pierda. Por todo ello, le iría bien aflojarse la barretina del cerebro y permitir que la tramontana o el mistral circulen libremente.