Tierra de nadie

Impredecible, no; negligencia

Entre las explicaciones del lehendakari Urkullu para explicar, o mejor dicho para no hacerlo, el derrumbe del vertedero de Zaldibar, que se ha tragado a dos trabajadores y ha esparcido su humo tóxico sobre las poblaciones cercanas, llama la atención su referencia a lo impredecible del siniestro. Impredecible es aquello que ocurre sin más, sin que sobre el asunto se pudiera haber establecido previamente alguna conjetura de que sucedería y, por tanto, ni siquiera se tuviera la intuición o el conocimiento necesario para evitarlo. Impredecible equivale a fatalidad cuando de lo que habría que hablar es llanamente de negligencia.

De los grandes desastres medioambientales que se han vivido en España ninguno fue impredecible. No lo fue el derrame de lodos tóxicos de la balsa de Aznalcóllar, que antes de venirse abajo ya filtraba ácidos y metales pesados y que era, desde su ejecución, una bomba de relojería. Ni lo fue la marea negra del Prestige, porque sólo a un grupo de dementes se les ocurre mandar a hundirse a alta mar a un petrolero a punto de partirse y confiar en que el crudo se evapore por arte de magia y no llegue a las costas. La riada de Biescas, que acabó con la vida de 87 personas, fue todo menos impredecible. Lo que sí fue es evitable, si no se hubiera autorizado que un camping se estableciera en un aliviadero natural de las aguas.

Lo que tienen de común estas catástrofes es la desidia de las distintas administraciones, su estulticia o ambas cosas a la vez. Las cosas no pasan porque sí sino porque alguien se empeña en mirar para otro lado subarrendando responsabilidades y esquivando la supervisión y las medidas de seguridad pertinentes. Es lo que ha ocurrido en Zaldibar, donde alguna pista debía tenerse de que algo no iba bien aunque sólo fuera porque un vertedero previsto para recibir residuos durante 35 años había consumido prácticamente en 13 su vida útil lo que, por fuerza, hubo de afectar a su asentamiento.

El Gobierno vasco no era ajeno a este detalle porque debía recibir mensualmente por parte de Verter Recycling, la empresa que lo regentaba, el listado de residuos que iba acumulando, incluidos miles de toneladas de amianto, y esto hace aún más incomprensible que nada más producirse el derrumbe se enviara a la zona a los equipos de rescate a pecho descubierto y sin protección alguna. El incendio posterior y el miedo generado entre los vecinos con informaciones contradictorias sobre la toxicidad a la que estaban expuestos –se pasó de la noche a la mañana de afirmar que la calidad del aire era casi pirenaica a pedir que se cerrarán puerta y ventanas y evitar el deporte en la calle por la presencia de dioxinas y furanos- completa este caótico cuadro.

Lo único impredecible en Zaldibar ha sido la nefasta gestión de la crisis, aunque vista la actuación de los responsables políticos en episodios similares también era posible aventurar que sería desastrosa. La historia se repite hasta la náusea. Faltan controles, cuando se tienen indicios razonables no se actúa y, finalmente, se asiste a una cadena de reproches que acaban en los tribunales. Una vez allí, lo habitual es que no se determinen responsabilidades o que estas recaigan en el eslabón más débil, posiblemente el geólogo que firmó el informe que aseguraba que el vaso del vertedero era de Duralex. "¿Qué puede haber imprevisto para el que nada ha previsto?", se preguntaba Paul Valery.