Tierra de nadie

Así nos va

Por si no se habían enterado, la democracia está en peligro. No es algo que nos haya contado Ana Blanco en el telediario junto a unas imágenes del Bastión de los Pescadores de Budapest sino un riesgo que nos acecha aquí mismo sin que nos hayamos dado cuenta. Dirán que bastante tenemos con preocuparnos con llegar a fin de mes, con que nos renueven el contrato basura, con poder pagar la hipoteca ahora que los puentes libres escasean, con controlar que a los niños no les den un charla de educación sexual y se nos hagan tolerantes, con rezar para que en quince años siga habiendo pensiones, con que el coche no nos deje tirados y aguante un poco más aunque no tenga pegatina de la DGT y con una retahíla de cosas sin importancia, incluido el dichoso coronavirus por el que hemos puesto en cuarentena al chino del barrio. Hay que reconocer que somos unos despreocupados y que, a la mínima, nos damos a las cañas en esas terrazas de verano del invierno mientras comentamos que algo bueno tiene esto del cambio climático.

Nuestro desahogo ante la gran amenaza involucionaria no tiene disculpa y de ahí que los dos grandes presidentes del Gobierno que hemos tenido, antes declarados enemigos y ahora inseparable pareja de baile en sus bolos como conferenciantes, tengan que dar la alarma constantemente para concienciarnos de que aquello puntiagudo que se divisa a lo lejos no son molinos ni gigantes sino las orejas del lobo. ¿Que qué es lo que ha puesto en ese trance a la democracia con la banda sonora de El exorcista de fondo justo cuando el señor de los infiernos vomita sobre las sábanas? Pues el descrédito de las instituciones, que ahí es nada y por eso parece tan poco.

Las instituciones se desacreditan de muchas maneras pero no como habíamos pensado. No se inmutan, por ejemplo, porque estos dos mismos vigías de la democracia se hayan puesto a sueldo de multinacionales y nos den lecciones mientras continúan cobrando su pensión de expresidentes, que con algo tendrán que entretenerse las criaturas. Tampoco lo hacen porque en los últimos años nos hayamos desayunado a diario casos de corrupción, que han implicado desde la monarquía al concejal de urbanismo del pueblo más remoto, ni porque la Justicia sea, en efecto, un cachondeo que tiene más varas de medir que un sastre, ni porque hayamos tenido que rescatar a los bancos cuando la crisis nos pasaba por encima, ni porque descubramos que el ‘dejad que los niños se acerquen a mí’ de la Iglesia católica era literal, ni porque comprobemos que el empresariado más chic no paga impuestos ni en defensa propia, ni siquiera porque hayamos confirmado que los másteres con los que embellecemos los currículos con tanto esfuerzo y dinero se regalan por la jeró a los políticos más preparados.

Como se decía, las instituciones no se desacreditan porque la separación de poderes sea un chiste o porque la independencia de los órganos arbitrales consista en tener a sus miembros a sueldo, que así es como Ciudadanos regenera la democracia. No sufren lo más mínimo por las arbitrariedades, por los dedazos o porque siempre sean los mismos los que paguen la fiesta o el pato a la naranja.

Lo que en realidad desacredita a las instituciones, tal y como han proclamado Felipe González y José María Aznar en plan Dúo Sacapuntas, es la ruptura de los consensos de la Transición, especialmente el bipartidismo que tanto bien nos ha hecho. Todo por culpa de los extremismos, llámese populismo, nacionalismo o cualquier otra cosa que acabe en ismo menos liberalismo, que esa es una palabra mayor y respetabilísima.

¿Y saben por qué es tan difícil recuperar ese espíritu de diálogo del 78 con su camisita de sentido de Estado y su canesú de acuerdos transversales, y con esa Constitución por montera en la que no hay espacio para amnistías ni autodeterminaciones y donde nadie cuestiona la unidad de la patria, que es mucho más importante que nuestras tres comidas diarias? Pues, esencialmente, porque estas dos valiosas porcelanas chinas ya no están en la pomada aunque sí estén en el ajo, porque nos han gobernado incautos como Zapatero, blanditos como Rajoy o, directamente, traidores como Sánchez, y porque nadie salvo ellos dos se ocupa de repensar España, que es lo que tendríamos que hacer nosotros en vez de darle al tinto de verano con su tapa de oreja a la plancha.

La democracia está en peligro porque hay una mesa de diálogo sobre Cataluña, pese a que eso del diálogo parece rimar en consonante con democracia, y porque los políticos de ahora, por llamarles de alguna manera, van con el cuchillo en la boca, no como antes cuando se besaban públicamente en los morros sin temor al qué dirán y a los contagios. Eso es lo que angustia a Aznar y lo que preocupa a Felipe, que siempre fue algo más relativista, y lo que nosotros, pobres infelices, no vemos porque estamos empeñados en mirar el dedo de la corrupción, de la crisis, del fraude fiscal y de otros tantos atracos que sufrimos en vez de la luna donde habitan estos dos tipos con más cara que espalda.