Tierra de nadie

El Rey se lava las manos

Ver al Rey en la tele a la hora de la cena debería ser motivo suficiente para que quienes aún dudan de la gravedad de la pandemia del coronavirus dejen de hacerlo. Nuestro jefe de Estado es un señor muy ocupado que reserva sus apariciones y sus mensajes al pueblo para ocasiones señaladísimas como la Nochebuena o las declaraciones de independencia de Cataluña, y si este miércoles se ha hecho presente en los plasmas de los españoles es porque vivimos un momento crítico para las familias o para el país.

Nunca le habíamos visto de esta manera, moviendo las manos sin parar  y apretando los puños mientras nos pedía que resistiéramos, que aguantáramos, y que confiáramos en que saldremos de esta porque España, como ya nos tenía dicho Rajoy por activa y por pasiva, es un gran país al que un virus tan pequeño no puede derrotar. Aunque se ha hecho esperar demasiados días, y llegamos a pensar que en Zarzuela no había nadie, Felipe VI estaba allí esperando el mejor momento para enviarnos toneladas de fuerza.

Que alguien vele por nosotros como lo hace el Rey no es fácil, porque hasta los Borbones son personas y tienen sus cuitas, sus problemas domésticos a los que han de enfrentarse. De hecho, en la confianza que nos une con el jefe del Estado, esperábamos que nos hiciera partícipe de sus preocupaciones, que se desahogara y nos explicara cómo es posible que su emérito padre también nos haya salido rana, una más en la charca, hasta el punto de verse obligado a repudiarle y privarle de su asignación pública.

Ese regio mutismo nos llena de desasosiego y nos hace preguntarnos si la cabeza visible del Estado nos toma por simples vasallos a los que no merece la pena rendir cuentas. Nos preocupa el virus, claro, pero también las supuestas comisiones cobradas por su padre, el presunto latrocinio, la corrupción de quien todo lo tiene y no tendría necesidad de robar a manos llenas.

Esas aclaraciones son imprescindibles y no admiten demora. El confinamiento todavía no nos ha vuelto idiotas. Entendemos que si se ha aprovechado esta situación de excepcionalidad para confirmar los enjuagues del anterior monarca ha sido para amortiguar el escándalo. Vale que nosotros tengamos que lavarnos las manos para matar al bichito, pero que lo haga el Rey sobre las actividades de quien heredó el trono no tiene justificación médica alguna.

El silencio le delata. Nadie con dos dedos de frente puede aceptar que el Rey no supiera nada de estas mordidas paternas a las que dice haber renunciado, porque eso sería tanto como aceptar que ha vivido más de 50 años en la inopia. Se nos hace duro aceptar que nuestro jefe del Estado es un lelo que no ha sacado partido de la costosa educación que le hemos proporcionado entre todos a escote.

Nos merecíamos una explicación, saber por qué, si desde marzo de 2019 conoció el entramado de fundaciones y sociedades en paraísos fiscales de su campechano progenitor, por qué si todo era tan sospechosamente ilícito como para pedir a un notario que hiciera constar por escrito su ignorancia, ha esperado un año para retirarle la soldada y dejarle en evidencia. Nos merecíamos en definitiva que quien nos pide ejemplaridad, responsabilidad y civismo se aplicara el cuento.