Tierra de nadie

Salvavidas para la tercera clase del 'Titanic'

Salvar la vida ha sido siempre cuestión de estatus. En el Titanic nunca dejó de tocar la orquesta y quienes mayoritariamente pudieron escuchar hasta el final sus notas  fueron los pasajeros de tercera clase, separados del resto por rejas para que al llegar a la isla de Ellis no escaparan a los controles migratorios y sanitarios. Nadie esperaba que el lujoso trasatlántico embistiera en alta mar a un iceberg y se fuera irremediablemente a pique porque el buque, como algunas economías, se decía insumergible, y en esa confianza no se consideró necesario dotar a las cubiertas propias de este pasaje de botes salvavidas.

Para encontrar hueco en los botes existentes, los desfavorecidos del barco debieron sortear un sinfín de puertas cerradas y pasillos laberínticos. Muy pocos lo lograron. Perecieron el 56% de las mujeres y niños y el 86% de los hombres, y hasta en el rescate de los cuerpos fueron discriminados. Una vez recuperados y comprobada su miserable condición, se les arrojó al mar para servir de alimento a los peces. El balance de víctimas de primera clase fue bien distinto. Pudieron contarla el 94% de las mujeres y niños y el 31% de los hombres. Si no lo hicieron todos fue porque el Titanic sólo disponía de botes para 1.178 personas de las más de 2.200 a bordo y muchos de ellos fueron descolgados al mar sin completar su capacidad al límite. En los ‘sálvese quien pueda’, por regla general, siempre pueden los mismos y el resto encomienda su destino a la suerte, que no frecuenta eso de estar disponible cuando se la necesita.

Las crisis son enormes icebergs contra los que nos damos de breces y, en esta ocasión, el gigante que se nos ha venido encima es un virus microscópico que nos tiene confinados en los camarotes de las plantas inferiores mientras comienza a subir el nivel del agua. La diferencia con episodios similares del pasado, cuando el inmenso bloque de hielo a la deriva era el sistema financiero, es que no se ha tratado de rescatar al iceberg sino a todo el pasaje y se han dispuesto salvavidas para esa tercera clase de la que era normal prescindir en situaciones de vida o muerte. Ni siquiera eso garantiza que llegamos a puerto secos y como unas castañuelas pero, al menos, tenemos una oportunidad de poner pie en tierra firme.

Puede que los 200.000 millones que el Gobierno ha anunciado como escudo contra el coronavirus, en la que se presenta como la mayor movilización de recursos de la historia, se queden cortos pero la música suena bien y hasta es posible que se libre hasta la orquesta. Posiblemente, el plan deba completarse con nuevas medidas que den algo más de oxígeno a los autónomos, que están hasta las narices de nadar a contracorriente, y a los inquilinos, porque no sería justo que en el pecado de no ser propietarios, para los que sí se contempla una moratoria en el pago de sus hipotecas, lleven la penitencia.

No se sabe si serán suficientes, pero sí, hay botes para muchos. Se establecen ayudas para que las personas con menos recursos se enfrenten al oleaje y se asegura liquidez para que las empresas, ante el temor de ahogarse a las primeras de cambio, no arrojen por la borda a sus trabajadores. Por primera vez, el presidente del Gobierno no ha parecido un burócrata que enumera los daños con cara de enterrador sino un capitán dispuesto a echar el resto. Su "haremos lo que haga falta, donde haga falta y cuando haga falta" ha sonado creíble y su pretensión de no dejar a nadie atrás, tranquilizadora.

Para que el plan tenga éxito existen dos condiciones imprescindibles. La primera es que la destrucción de empleo, que a buen seguro se producirá, no sea pavorosa, y por eso se ha implorado a los empresarios que entiendan que la debacle es coyuntural, aguanten la respiración y mantengan en la medida de lo posible sus plantillas. La segunda es aprobar cuanto antes unos Presupuestos que cimienten la reconstrucción económica con el apoyo de la inmensa mayoría de las fuerzas políticas. Siendo lo primero extremadamente difícil, la experiencia dicta que lo segundo será casi imposible porque eso sería tanto como reconocer a la izquierda la capacidad de hacer frente a los naufragios. ¿Recuerdan aquella frase de Cristóbal Montoro de "que caiga España que ya la levantaremos nosotros"? Estarán tentados a dejar que se hunda. Al tiempo.