Tierra de nadie

Europa nos ama

Se preguntaba aquí de manera retórica hace unos días si era mucho pedir que Europa se comportara como un espacio común de solidaridad y asistencia mutua porque ni ante la mayor amenaza sanitaria de su historia reciente era capaz de proporcionar anticuerpos vigorosos a sus miembros. No parece que el momento haya llegado ni que vaya a hacerlo nunca, por muchas pruebas terribles a las que se someta, incluida una invasión alienígena.

Quizás ello sea debido a su construcción deficiente y a esa nefasta división que se ha establecido entre sus integrantes. Existen dos Europas, la del norte, encabezada por Alemania, en torno a la cual se reúnen los que mandan y consideran al resto  parásitos que, siempre que pueden, pretenden vivir la vida loca de las cigarras a costa de las laboriosas hormigas centroeuropeas. La otra es la del Sur, debe postrarse de hinojos por la dicha de contar entre sus socios a naciones rigurosas y austeras, que bastante hacen con darnos lecciones de estabilidad presupuestaria y permitir que compremos sus coches de gran potencia sin aranceles.

La rimbombante Unión Europea se ha edificado en torno a una moneda única que debería tener dos patas y solo dispone de  una. Existe, sí, un banco central pero se carece del instrumento fiscal imprescindible, que sería un Tesoro europeo para avanzar sin cojeras. Se vio en la crisis financiera que a punto estuvo de llevarse al euro por delante, y que provocó que las naciones más endeudadas, que lo eran en parte a consecuencia de una política monetaria expansiva con la que Alemania se reunificó sin traumas, se hincharan a pagar primas de riesgo desmesuradas mientras el norte se beneficiaba de tipos bajos y recibía inmensos flujos de ese capital temeroso que siempre busca un buen techo en las tormentas.

A Alemania, huelga decirlo, la última crisis le vino de perlas, tanto que abandonó su papel tradicional de locomotora para ocupar el lujoso vagón restaurante y poner los pies sobre la mesa mientras muchos descarrilaban en las curvas. Este sadismo fue el que llevó a Grecia a revivir sus clásicas tragedias y el que asomó a todo el sur al precipicio, algo que bien pudiera haberse evitado con un instrumento fiscal que hubiera mutualizado el riesgo. En vez de eso, los más endeudados tuvieron que financiarse a precios de usura y para cumplir con sus pagos sometieron a sus sociedades a enormes recortes en los servicios públicos esenciales, cuyas consecuencias, en lo que respecta a la Sanidad, estamos apreciando ahora en toda su crudeza.

Con la crisis del coronavirus es muy posible que se repita la historia. Para enfrentarla, todos los países han dedicado ingentes cantidades de recursos que desequilibrarán sus cuentas públicas. Tendrán que salir a los mercados para financiarse y será ahí cuando el boomerang del endeudamiento vuelva a golpear en la cabeza a los que parten en desventaja. La solución ahora, como lo era entonces, sería que Europa en su conjunto compartiera el riesgo y que, de una vez por todas, emitiera deuda pública avalada por toda la Unión, lo que evitaría que la creciente espiral de las primas de riesgo pusiera a algunos de sus miembros en el disparadero. Si no es ahora cuando el déficit no puede achacarse a la mala administración sino a una desgracia colectiva que está matando a miles de europeos, ¿cuándo se darán la condiciones para hacer efectiva esa solidaridad de la que se hablaba al principio? Sería bueno conocer ya la respuesta para que despertemos de la ensoñación. ¿Para qué marear la perdiz a cuenta de una futura unión política si lo único que interesa es sólo un mercado de compradores y vendedores, de acreedores y deudores, de ricos y pobres, en definitiva?

Lo de los eurobonos se puso este martes sobre la mesa en la enésima reunión de los ministros de Finanzas junto a la imperiosa necesidad de articular un plan de reconstrucción para cuando el bichito que nos infecta sea un doloroso recuerdo. Nada hubo salvo buenas palabras, como nada saldrá posiblemente de la cita de mañana de los jefes de Estado y de Gobierno, más allá de engrasar y abrillantar el llamado mecanismo  de rescate europeo (MEDE), ese al que el Gobierno de Rajoy tuvo que recurrir para salvar a esa banca que, según Zapatero, era la más solvente del mundo mundial.

Se dirá que lo del MEDE ya es en sí mismo una forma de eurobonos porque para conseguir sus fondos, establecidos en algo más de 400.000 millones de euros, emite sus propios títulos. Pero de lo que se trata en realidad es de préstamos condicionados, durísimos rescates que implicarían nuevamente el aterrizaje de los famosos señores de negro para garantizar que los receptores cumplen los ajustes que llevan aparejados. Para entendernos, lo que se ofrecería a sus solicitantes serán líneas de crédito de las que podrían beneficiarse siempre que se sometan a eso que llaman reformas, el eufemismo europeo para referirse a los recortes. Coja el dinero, sí, pero no corra sin antes dar los tajos correspondientes en su gasto público, es decir en educación, sanidad, dependencia, pensiones y en todo lo demás. ¿Y ese plan Marshall en el que tanto se confía para relanzar la economía? Bueno, de eso ya hablaremos en otro momento, cuando las ranas críen pelo o ad calendas graecas que suena más fino.

Quería uno equivocarse aunque, salvo mayúscula sorpresa, eso es todo lo que podemos esperar de esa Europa tan próspera que corrió a cerrar sus fronteras a la exportación de material sanitario a sus socios a las primeras de cambio y que ahora, cuando en algunos países las cifras de muertos por coronavirus han engordado casi al límite de lo soportable, dice por boca de la presidenta de la Comisión que ya se ha hecho acopio de lo necesario y que tenemos barra libre de guantes y mascarillas. Europa nos ama. Hay que joderse.