Tierra de nadie

El Gobierno de concentración

Emboscados en algunos medios de comunicación, y bajo el disfraz de periodistas, existen unos personajes omniscientes que cumplen la función de timoneles de la patria. Por muy difíciles que se presenten las circunstancias, por muy enrevesada que sea la encrucijada, siempre saben qué rumbo se debe tomar y por dónde habríamos de conducirnos. A todos nos iría mejor si se les hiciera caso, pero lo habitual es que la realidad no se compadezca de sus delirios y les estropee además sus estupendas historias. No es que sean la crema de la intelectualidad; es que son el azúcar glas que la salpica .

En medio de esta tormenta vírica que nos sacude, estos experimentados pilotos se han puesto de acuerdo en que lo único que puede permitirnos llegar a puerto sanos y salvos es conformar un gobierno de concentración nacional, uno de esos engendros que diría Romanones en el que los principales partidos, arremangados hasta los hombros y enseñando bíceps, achicarían el agua de la cubierta y evitarían el naufragio que dan por seguro si el actual Ejecutivo continúa en su puesto.

Experiencias similares a las que proponen ya se vivieron en España a principios del pasado siglo bajos los auspicios de Alfonso XIII, al que le sobraban tres palotes para ser un rey sabio. Ante la ausencia de mayorías claras y para clamar a un pueblo hambriento y muy combativo, se recurrió con insistencia a esta fórmula, pero ni con García Prieto primero ni con Maura después el experimento produjo resultados apreciables. El de Maura se formó el 22 de marzo de 1918 y para julio ya había dimitido Don Antonio. Eran los años de la gran huelga, del desastre de Annual, de la dictadura de Primo de Rivera y de la dictablanda de Berenguer. El virus al que el país se enfrentaba entonces era el propio régimen monárquico de la Restauración, que acabaría haciendo las maletas y tomando el portante hacia Roma.

En realidad, lo que premeditan nuestros avezados marinos es más de lo mismo. Si durante el bloqueo político su empeño fue la gran coalición de Gobierno entre PSOE y PP, lo de ahora es un agravado sostenella y no enmendalla en vista de que la simple suma de socialistas y populares se quedaría pequeña ante esta nueva amenaza. Si hace unos meses se trataba de impedir por todos los medios que Podemos llegara al poder y lo infectara de comunismo bolivariano, en esta ocasión se pretende una fumigación completa, diluyendo el virus con el reservorio patrio de españolísimos anticuerpos e, incluso, con algún toque independentista si ERC se prestara al enjuague, tal es la atrevida propuesta de los microbiólogos más revolucionarios.

Tras la gran coalición de antes -en boga desde que Rajoy las pasara canutas para seguir en el machito- y el Gobierno de concentración que emerge de su chistera subyace un denominador común: que la derecha siga gobernando o que la izquierda no lo haga, que viene a ser lo mismo. Se arguye como verdad revelada que la izquierda atrae las crisis y es incapaz de vadearlas, sobre todo si es tan descomunal como aparenta esta del Covid 19, ya que sus recetas para aliviar la carga de los que siempre pagan el pato agravarán sin remedio la deuda y el déficit, que es lo que hay que poner por delante de las personas y lo que se debe proteger a toda costa.

En definitiva, opinan que la reconstrucción que se planea una vez que el virus sea un recuerdo o un estacional compañero de viaje no será posible con socios de Gobierno como los actuales, porque Keynes está bien para un ratito pero luego se imponen los sacrificios de siempre, el cinturón muy apretado a la altura del ombligo y una austeridad salvífica que está reñida con la panda de manirrotos populistas que nos gobiernan.

El Gobierno de concentración es la solución porque es la izquierda la que, para nuestra desgracia, ocupa el poder. Si lo hiciera la derecha o la suma de sus tres meandros no sería necesario ya que, en esos casos, sería obligatoria la adhesión inquebrantable a sus dolorosas decisiones, so pena de incurrir en alta traición. Ni que decir tiene que el plante del PP y su negativa a apoyar las últimas medidas del Ejecutivo no representan deslealtad alguna sino muestra inequívoca de su patriotismo. Para ganar esta guerra hay que cambiar a estos generales tan advenedizos y colocar en su lugar a zorros del desierto. La retaguardia es lo menos importante. Que se apañe el gentío con las cartillas de racionamiento.