Tierra de nadie

Una vacuna contra la ineptitud

Olvidar es tan humano que llega a constituir para muchos la única manera de seguir adelante. Salvo para los tocados por el fulminante rayo de este virus, fundamentalmente los que han perdido a sus seres queridos sin poder siquiera compartir el duelo, no sería extraño que dentro de algún tiempo gran parte de lo que ahora estamos viviendo termine por desvanecerse. Recordaremos, claro, el confinamiento y la angustia, la abnegación de algunos y la solidaridad de otros, y sufriremos en el futuro inmediato las consecuencias de este golpe bajo mientras pisamos nuevamente las calles. Hay quienes creen que ya nada será como antes, pero lo probable es que los cambios sean insignificantes. Vivimos encadenados a un eterno presente que nos condena a repetir errores y a tropezar una y mil veces en las mismas piedras.

Hay cosas, sin embargo, que merecería la pena recordar, preguntas que tendríamos que hacernos más allá de por qué Abascal tiene en su mesa botes de pimentón y mapas de colores, enseñanzas que deberíamos interiorizar para conjurar la maldición histórica de que las tragedias de hoy se repitan mañana como farsas. Estamos obligados a repensarnos como país y a no hacernos trampas en el solitario. Tras el trampantojo de la modernidad que nos convence de que somos la hostia, tipos capaces de organizar en dos horas cumbres del clima, hacer líneas de alta velocidad a cascoporro, construir más viviendas que nadie o hacer tantos transplantes como Europa entera, se esconde otra realidad que nos condena a recoger el chapapote con las manos, apagar fuegos con ramas o enfrentarnos a los virus sin más protección que el traje de los domingos.

Nuestro principal problema es la ineptitud, y ello se plasma una y otra vez en esa absurda querencia a curar en vez de a prevenir, que sería la manera de ahorrarnos muchos disgustos. Se nos plantea como si fuera un arcano por qué en Alemania están muriendo muchas menos personas que en España, y se ofrecen respuestas disparatadas que van desde el menor contacto social a la emancipación temprana de sus jóvenes que, al parecer, ha protegido a sus ancianos. En Alemania mueren menos porque sus centros de atención primaria funcionan y no se cierran como ocurre aquí, porque sus hospitales tienen más camas y UCI, porque el país produce mascarillas, respiradores, equipos de protección, test rápidos y no está en la lista de espera de los proveedores mundiales, porque algún alemán cuadriculado ha diseñado respuestas a las emergencias y no se ha encomendado a la Virgen del Rocío ni a las donaciones de sus ciudadanos más ricos.

Está muy bien que improvisemos, que hagamos virtud de la necesidad y que nos conmuevan los gestos heroicos, pero nada de ello sería necesario con algo de planificación, ni siquiera mucha, la suficiente para no estar constantemente al albur de lo imprevisto. Nuestro gran defecto es la falta de perspectiva, de prevención. Han de pasarnos por encima las calamidades para que tomemos nota. Hubo de abrasarse el camping de Los Alfaques y los que allí se encontraban para que se regulara el tránsito de mercancías peligrosas; tuvo que ceder la presa de Tous para que empezáramos a vigilar el estado de los embalses. Nos entró la preocupación por la seguridad de los locales públicos tras la tragedia de Alcalá 20; y la de la ocupación de las torrenteras cuando una riada se llevó Biescas por delante, y aún así son frecuentes las víctimas por inundaciones. De los incendios y el descuido de los bosques mejor no hablar. ¿Qué nos pasa? ¿Estamos genéticamente impedidos para ponernos vendas antes de que las heridas nos destrocen?

Es ahora cuando nos damos cuenta de que la Sanidad o la investigación no son lujos sino servicios de primera necesidad que han de gestionarse profesionalmente y no a salto de mata, cuando reparamos en que no solo del sol y el turismo puede vivir un país, cuando echamos de menos el autoabastecimiento y una industria propia que haga innecesario que construyamos en garajes respiradores con viejos ventiladores o le demos a toda leche a las impresoras en 3 D para fabricar máscaras protectoras.

Estas son algunas de las cosas que no deberíamos olvidar. Tampoco, aunque nos resulte casi imposible porque todo el mundo se cree con derecho a recibir ayuda y hasta los mayores detractores del Estado vuelven sus ojos al odiado leviatán para exigir su correspondiente ración de árnica, que si salimos de esta lo haremos de manera completamente distinta al sálvese el que pueda de la última crisis financiera, donde solo los bancos merecieron un rescate cuyas facturas seguimos pagando a escote. Lógicamente, ya lo hemos olvidado, pero hubo informes que vinculaban el colapso de aquella burbuja con la muerte por cáncer –y es un ejemplo- de más de 250.000 personas, 160.000 en la UE, que no habrían ocurrido sin mediar la recesión. Las estimaciones eran de The Lancet, que no es precisamente un tebeo.

Si en 2008 las recetas fueron recortes de salarios, pérdida del poder adquisitivo de las pensiones, facilidades para los despidos y una gigantesca inyección de recursos a las entidades de crédito, ahora, con este Gobierno, que seguro que ha cometido muchos errores y los seguirá cometiendo, se propone un camino distinto: subsidios a los que no tienen recursos, moratorias en hipotecas y alquileres, avales, prestaciones por cese de actividad, aplazamiento del pago de deudas e impuestos, prohibición de despidos y de los cortes de suministro. Antes de que pidamos cuentas, que lo haremos, convendría también tener todo esto en cuenta.

Más pronto que tarde habrá medicamentos eficaces contra el virus y encontraremos el santo grial de la vacuna. Habrá cura para el Covid 19 y ojalá también lo haya para esa ineptitud española que tanto dolor nos causa. No lo echemos en saco roto cuando la niebla del olvido desdibuje la silueta del horror que estamos viviendo. Recordemos.