Tierra de nadie

Falta autocrítica, sobra maldad

Se explicaba aquí hace unos días que uno de los pecados originales de este país era la incompetencia y que, ahora que al fin hemos reparado en que ni la Sanidad ni la investigación son lujos de los que prescindir, quizás algún científico al que no hayamos obligado a buscarse laboratorio en el extranjero nos encuentre un cura sin efectos secundarios. Se abundaba entonces en los efectos del mal y no en su causa principal, una absoluta falta de autocrítica con la que compensamos esa predisposición natural a la invectiva y, a mayores, al insulto.

El caso es que, junto a los improperios habituales de la casa, la oposición insiste mucho en la falta de autocrítica del Gobierno en la gestión de la crisis del coronavirus. Es el mismo reproche que le haría la sartén al cazo, aunque en esta ocasión esté parcialmente justificado.  De hecho, ha habido que esperar hasta hace un par de días para escuchar de boca del ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, un cierto examen de conciencia cuando reconocía que el Ejecutivo no dejaba de pensar que podía haberlo hecho mejor. Sabia y noble actitud, sin duda, para la que no es de gran ayuda que siempre esté ahí Tezanos con sus encuestas virgueras, no sólo para dar aliento sino también alguna idea impresentable e inconstitucional como la de restringir la libertad de expresión con la excusa de los bulos acerca de la pandemia.

Que el Gobierno podría haberlo hecho mejor es incuestionable porque de otra manera no se explica que España sea el segundo país del mundo en número de contagios o el primero en fallecidos por millón de habitantes. Como a muchos otros, la virulencia del bichito, valga la redundancia, pilló al poder con un pie cambiado o con los dos en el aire, pero es que aquí, además, se juntaron el hambre con las ganas de comer, y a la despreocupación inicial se sumó la imprevisión característica de nuestros gobernantes que solo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.

No hubiera estado de más admitir que han sido las circunstancias las que han obligado a algunas rectificaciones ciertamente asombrosas y que han puesto en una difícil tesitura a los miembros de ese comité técnico en el que el Gobierno dice basar todas sus decisiones. La impresión es que han de ser unos expertos muy volubles porque lo que un día era un situación controlada al siguiente exigía el estado de alarma, por no hablar de los tests, cuyo uso, en principio, debía limitarse en exclusiva a los pacientes sintomáticos y no a la población en general como parece que se propone ahora. Igual ha ocurrido con las mascarillas, de las que se dijo que eran poco más que inútiles y están a punto de sernos tan imprescindibles como la ropa interior y por tiempo indefinido. ¿De verdad que no hay más expertos por ahí a los que pedir opinión?

Explicar con claridad que se hacía lo que se podía porque no disponíamos de tests ni de mascarillas en cantidades suficientes, anunciar que se intentarían conseguir al precio que fuera y prometer que se corregiría la imprevisión en el futuro habría sido un ejemplo de autocrítica, lo que nunca se estila porque se entiende como un suicidio político. ¿Que ello habría dado munición a los de la sartén? Como si les hiciera falta más dinamita.

La crítica, por tanto, era muy razonable, de no haber sido porque quienes la abanderan tienen motivos suficientes para callar o, al menos, para abstenerse de condenar a nadie a la hoguera por los mismos delitos de los que ellos son culpables. Sigue dando vergüenza ajena que quienes ostentaban las competencias en las compras de material sanitario y en la supervisión de esas residencias que han aportado la mitad de las víctimas a la tragedia, esa derecha a la que hasta bien entrado el mes de marzo le traía al pairo el virus porque estaba centrada en las flatulencias de Nicolás Maduro, intente descargar en el Gobierno sus propias responsabilidades. De las acusaciones de eugenesia lanzadas por algún dirigente de Vox mejor no hablar lejos de un inodoro en el que poder vomitar a gusto. Tanta maldad es repugnante.

La perversa contrapartida a no reconocer nunca un error es la de jamás aplaudir un acierto. Se ignora qué fue antes, si el huevo o la gallina. Lo cierto es que, pese al desconcierto inicial, se ha reaccionado bien para evitar que sean los de siempre, los más débiles, los que paguen los platos rotos en la medida de lo posible, algo que no se estilaba en estos predios. Si la discusión en este momento es cuándo sacar adelante el ingreso mínimo vital para quienes carecen de recursos, en la última debacle económica era establecer los umbrales de la amnistía fiscal a los más ricos, a los defraudadores. Se han cometido errores, incongruencias y hasta desaires, como convocar al líder del PP a un encuentro por rueda de prensa en vez de por teléfono, que para eso está inventado. Es indiscutible. Pero lo que se maneja enfrente es la descalificación constante y la tierra quemada. No hay críticas constructivas sino una maniobra sostenida de desgaste en la que importa poco el interés general con tal de hacer caer al Gobierno.

Entre los paños calientes de unos y la falta de escrúpulos de otros, se encuentra una sociedad acongojada que lo está aguantando todo sin poner pie en pared, empezando por la desaforada restricción de derechos que conlleva un confinamiento que excede, todo hay que decirlo, a las prerrogativas más extremas del estado de alarma. Hay miedo individual y responsabilidad colectiva, mucha más de la que exhiben determinados responsables políticos. Si una década atrás soportó con estoicismo la mentira piadosa de que el sistema financiero patrio era el más sólido y el más líquido cuando, en realidad, era ferozmente gaseoso, hoy asume el mantra de que el sistema sanitario español es el mejor del mundo mundial, lo que se compadece poco con la situación que estamos viviendo.

Es de temer que la combinación nefasta entre la crítica despiadada y la ausencia total de autocrítica nos conduzca, como es habitual, a repetir los desafueros. Parece que estuviéramos condenados a no aprender nada por muchos cursos que repitamos. Lo de Sísifo era una broma en comparación con nuestra piedra, que siempre nos cae a los pies cuando la creíamos en la cima.