Tierra de nadie

El general no tiene quien le escriba

Se veía venir por pura cuestión de estadística, porque no hay cántaro que sobreviva indemne a tantos viajes a la fuente. Tenía que ocurrir que alguno de los uniformados a los que el Gobierno hace comparecer diariamente como piezas del atrezzo del estado de alarma metiera la pata hasta el corvejón y dejara claro que Salamanca sigue sin prestar lo que no se trae puesto de casa. A estos señores se les puede pedir marcialidad pero no elocuencia, que es la virtud que hubiera impedido que el general de la Guardia Civil José Manuel Santiago detallara que una de sus misiones al perseguir las noticias falsas sobre el coronavirus era minimizar el clima contrario a la gestión del Ejecutivo, esto es, acallar las críticas.

En un país normal se habría disculpado el yerro, que para más inri ni siquiera fue improvisado sino leído. Por muchos años que hayan dedicado a la lucha antiterrorista o a las misiones internacionales, hay personas que no superan el síndrome del polvorón, creen que sin papel se desmoronan y colocan a sus pies la red del trapecista sin percatarse de que está rota y tiene un agujero por el que cabe hasta la reputación. La afirmación era inaudita por dos razones: si fuera falsa jamás se tendría que haber pronunciado; y si fuera cierta, tampoco. Bastaba con ver el mentís de la propia Guardia Civil o la cara de Santiago al día siguiente para asumir que lo que dicho era un simple desatino y que no estábamos, como han interpretado algunos partidos y medios, ante una maniobra para denunciar arteramente el siniestro plan del Ejecutivo. No, este no es un país normal que acepte a la ligera los lapsus calami, los borrones del copista o que el general no tenga quien le escriba. Aquí estamos a lo importante, que ni siquiera es la pandemia sino tumbar al Gobierno por lo civil o por militar interpuesto, como es el caso.

La culpa no es de este hombre, qué menudo sofoco que se ha llevado, sino de quien ha diseñado unas comparecencias absurdas y cuya idea de la comunicación es la misma que tiene un niño de la teoría de la relatividad general. En lugar de mensajes claros, información precisa y hasta declaraciones breves y solemnes, lo que se sirve es una torrentera de sucedidos, un desfile de chascarrillos y horas de completa inanidad. Cuando lo aconsejable es la transparencia, se diseñan unas ruedas de prensa -por llamarlas de alguna forma- en las que un secretario de Estado selecciona las cuestiones que le da la gana. Ni siquiera tratando de ocultar algo se podía haber hecho peor.

La prueba del nueve ha sido la incapacidad para ofrecer una salida airosa al jefe de la Guardia Civil, más allá del aplauso de sus compañeros de tribuna y de la intervención del coordinador de Emergencias, Fernando Simón, llamado indecentes a los que habían hecho un mundo de su gazapo. Bastaba con no cribar las preguntas de la prensa hasta el punto de no dirigirle ninguna que le permitiera explicarse. Es lo que habría hecho cualquiera con sentido común y con dos dedos de frente, que es justamente de lo que se carece.

El desastre no tiene parangón y tiene como responsable al Fouché de la Moncloa, a ese superhombre que no es que sea el director de gabinete del presidente sino también el que controla la comunicación con los ciudadanos, las campañas electorales, la secretaría general, la oficina económica, el departamento de Seguridad Nacional, las unidades de análisis y hasta una oficina de reciente creación llamada pomposamente de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo, que tiene como misión predecir los desafíos futuros de España cuando ni siquiera se es capaz de gestionar adecuadamente los que se tienen delante de las narices.

Otorgar poderes excepcionales a quien cree que la realidad son capítulos de El ala oeste de la Casa Blanca y entiende que la comunicación en una crisis sin precedentes puede despacharse con estrategias más propias de los vendedores de crecepelo es apostar al caos con la garantía de llevar en el bolsillo todas las papeletas de la rifa. Otro perro piloto a la buchaca.

Lo prudente sería cambiar el formato y que alguien con conocimientos y, a ser posible, con algo de empatía se encargara de ofrecer la información necesaria sin necesidad de conducir al matadero de la opinión pública a quienes están llamados a desempeñar otras funciones. Será difícil que la petición prospere porque los olmos no dan peras por mucho que se les anime y porque ello implicaría asumir un error, que es como un pecado muy gordo para el que no existe penitencia. Definitivamente, este no es un país normal sino más bien rarito.