Tierra de nadie

Retrato en blanco y negro de una indecencia

La siniestra competición para apropiarse de las víctimas del coronavirus y obtener de ellas un beneficio político tiene un ganador provisional: Pablo Casado. Su ‘dramática’ fotografía en blanco y negro ante el espejo de un cuarto de baño, aparentemente deshecho por el dolor, dejando que el peso de su cuerpo repose en unos puños apretados por la rabia y arremangado, en señal inequívoca de su disposición a sacar el país adelante en estas terribles circunstancias, merece el Óscar a la impostura. Que alguien pueda posar así, fingiendo tanta tristeza y abatimiento, retrata su diminuta talla moral y su desvergüenza. Si por algo subleva la pornografía de la imagen es justamente por eso, por su indecencia.

Los dirigentes del PP y de la derecha en general tienen una querencia natural a patrimonializar  los muertos para convertirles en armas contra sus adversarios políticos. A las víctimas del terrorismo de ETA las pusieron rápidamente en nómina para poder exhibirles en sus estandartes y, a buen seguro, no tardaremos en ver iniciativas similares cuando la tragedia amaine. Es una necrofilia que, por más que se practique, no deja de repugnar a quienes la contemplan.

Su objetivo es doble. El primero es mostrar que si la aflicción pudiera medirse, la suya rompería cualquier escala porque a ellos, al parecer, los muertos les duelen más que al resto. De ahí su insistencia en los crespones negros, en las solemnes declaraciones de luto, en las banderas a media asta o en esos minutos de silencio que protagoniza en soledad Isabel Díaz Ayuso en la Puerta del Sol cuando sus obligaciones se lo permiten y no tiene que recibir a pie de pista algún avión procedente de China para inmortalizarse junto a la escalerilla.

El segundo es deshumanizar al contrincante. Es lo que se intenta hacer con el Gobierno, a cuyos miembros se les quiere presentar como pedazos de carne con ojos que ni sienten ni padecen con la desgracia colectiva y que, además, aprovechan el reguero de cadáveres para apuntalar su doctrina totalitaria. Caricaturizados de esta forma, los responsables de contener la epidemia no son sentimientos y tienen seres humanos, que diría Rajoy, sino monstruos a los que únicamente les interesa conservar el poder al precio que sea. Se les niega hasta el estremecimiento de tener que presentar a diario las cifras de muertos con el corazón roto y la angustia de preguntarse a cada momento en qué han podido equivocarse. Se les llama homicidas o "mataviejas". Se les priva de alma para que nadie se pare a imaginar el sufrimiento constante que han de experimentar en estos momentos en los que nadie querría estar en su pellejo.

La fotografía de este actor secundario que siempre será Casado es nauseabunda. El luto no se exhibe, no exige corbatas negras ni coros de plañideras. Uno puede quebrarse en la tribuna, enmudecer, llorar. Pero elegir el mejor ángulo y los claroscuros perfectos para hacer ostentación del dolor, para simularlo, sobrepasa cualquier límite. Este hombre ha perdido el pudor y el decoro. Por el sumidero del lavabo no sólo se ha ido el agua del grifo que el presidente del PP dejaba correr sino también su dignidad, si es que le quedaba algo bajo su blanca camisa.