Tierra de nadie

La nueva normalidad

El último concepto que está haciendo fortuna en estos tiempos tan virulentos es el de la nueva normalidad, en referencia a la realidad que habremos de afrontar cuando la pandemia se haga a un lado pero sin alejarse mucho, a la distancia justa para ponernos la zancadilla al menor descuido. La cotidianeidad que estrenaremos será una anormalidad absoluta que nos obligará a establecer hábitos nada habituales y una manera distinta de ver la vida, singularmente empañada para los que tengan que llevar al mismo tiempo las gafas y la mascarilla.

La nueva normalidad es uno de esos eufemismos amables que trata de restar dramatismo al hecho incuestionable de que no solo se va a joder el Perú, que era algo que ya dábamos por descontado nosotros y los peruanos, sino también lugares más cercanos que ni Zavalita podría citar de corrido sin tomar aire a bocanadas. En la distopía que se está escribiendo iremos siempre disfrazados de cirujanos, practicaremos el esnórquel en bares y restaurantes mientras nos atienden camareros con escafandra y haremos el saludo vulcano al vecino del cuarto a no menos de dos metros siempre que haya confianza. Puede que algunos hayan toreado en peores plazas, que dirían los taurinos, pero para la mayoría será como aprender a andar de nuevo pero con los ojos vendados.

Dicen, como nos dijeron en la pasada crisis y como nos volverán a decir en la siguiente, que tendremos que reinventarnos y eso es lo que haremos. Los ricos se reinventarán en ricos y los pobres en lo de siempre, porque hay tradiciones que no conviene perder. Las nuevas tecnologías facilitarán el teletrabajo a quien lo mantenga, y también desde casa, si la conservamos, solicitaremos el desempleo como venimos haciendo ahora, si acaso con la incertidumbre de que el sistema colapse por tanto gentío dándole al enter. La cola virtual del paro será probablemente el único sitio en el que, lejos de guardar distancia social alguna, estaremos más apiñados que de costumbre.

Habrá cambios muy drásticos, como los paseos por turnos o por apellidos, y también grandes descubrimientos como el que las residencias de ancianos eran el desván de los trastos viejos, que la Sanidad es un bien de primera necesidad, que los de Vox serán muy patriotas pero no tanto como para partirse el lomo y reemplazar a los inmigrantes que cosechan los campos, que sin aquellos a los que mirábamos por encima del hombro y que ahora cumplen servicios esenciales estaríamos jodidos o que los profesores a los que se acusaba de trabajar menos que el ángel de la guarda están consiguiendo a puro huevo que nuestros hijos no pierdan el curso.

La nueva normalidad nos hará reparar en que viajar era un placer y no la rutina en que lo convertimos, que nuestro modelo productivo se reducía a hinchar de paella barata a los turistas, que las banderas abrigan poco cuando se te hiela la sangre y no dan de comer, que cuesta horrores sacar algo del bolsillo con los guantes puestos y que vivir continuamente como si cada día fuera carnaval no hace ninguna gracia. Hay quien aventura que a la gente le dará por comprar casa en las afueras, con su correspondiente jardín en el que tomar el aire por si el bicho vuelve a las andadas, como si antes viviéramos en las ciudades en pisos de mierda por puro masoquismo.

Algunas cosas, sin embargo, se mantendrán invariables, como incólumes asideros a los que echar mano en el sindiós que se avecina. Será una constante, por ejemplo, la búsqueda incesante de motivos por los que el Gobierno de coalición debe dimitir o ir a la cárcel, el gran dilema shakesperiano de nuestros días. Contamos en este campo con consumados especialistas, capaces de usar argumentos aparentemente contradictorios para avalar cualquiera de las dos opciones. De un día para otro, el Gobierno es incompetente cuando no actúa y autoritario cuando lo hace, que a ver quiénes se creen estos para arrogarse la condición de mando único en esta historia. ¿El confinamiento? Tardío o un atropello a las libertades, según convenga. ¿El desconfinamiento? Desesperante para todos porque nunca llega, menos para Merlos que lo está llevando de vicio. ¿El encierro de los niños? Insoportable para las criaturas. ¿Su vuelta a las calles? Una decisión irresponsable conociendo a estos diablillos. Si mantiene la actividad económica es porque juega con la salud de la gente; si no se reanuda de inmediato es porque importa un pimiento que el país se vaya al carajo. ¿La renta social? Estaba tardando. ¿Y si es en mayo? Pues que a ver lo que nos va a costar esta paguita, que no estamos para dispendios.

Tampoco se irá ese odio tan reconcentrado que venía siendo nuestro caldo primigenio. Nadie se hará mejor persona por mucho que aplauda desde el balcón. No cabe esperar siquiera que, ante tanta desolación, se anteponga el interés colectivo al personal porque eso sería casi comunismo o servirá para convertirnos en Venezuela. Tendremos que hacernos el cuerpo a estos nuevos tiempos y a la imprevisible agenda de Isabel Díaz Ayuso, a la que no le da la vida entre sus minutos de silencio en solitario, sus recibimientos de aviones a pie de pista y las misas en la Almudena, urgencias insoslayables que le han obligado a pasarse por el forro sus obligaciones del cargo, entre las que debería encontrarse la de tragarse al completo las conferencias de presidentes y no tener que leer el resumen por la prensa.

¿Volveremos a la vieja normalidad si se descubre pronto una vacuna? Sin duda. No para besarnos y abrazarnos como locos, que ahora lo echamos en falta aunque cuando podíamos ser efusivos con los que queremos tampoco es que fuera nuestro deporte favorito. Lo que añoramos de verdad es sentirnos ganado en los transportes públicos, mentar a la madre de los jugadores del equipo contrario, vivir esa vida plena de rebajas y compras a tumba abierta en el Primark, mearnos en las piscinas, arrasar el planeta, descojonarnos del calentamiento global y del deshielo de los polos y volver a esos telediarios tan desagradables, no porque nos enseñaran cómo eran otros los que se morían de hambre o en alguna guerra, sino porque lo hacían a la hora de comer. Será jubiloso no haber aprendido nada. Éramos tan felices…