Tierra de nadie

Casado nos saca de excursión

Dicen que suena el río del PP y que sus aguas bajan revueltas pese a las encuestas que le auguran una subida entre escasa y modesta, aunque ninguna le otorga ni la condición de primera fuerza ni la posibilidad de formar Gobierno con sus potenciales socios de haber elecciones. La pregunta que se hacen algunos es qué tiene que suceder para que el partido rompa los barómetros y se dé un baño de mercurio, qué se estará haciendo mal para que ni ante una plaga bíblica en la que llueven bichos del cielo o, mejor dicho, de la boca del de enfrente, sea capaz de alzarse con el santo y la limosna como sería previsible. ¿Acaso no ven estos españoles que este es el Gobierno del caos y que el orden y el concierto están aquí mismo, según se mira a la derecha?

Los analistas propios y los de alquiler se devanan los sesos en busca de respuestas. Las reflexiones parten de una premisa inamovible, esculpida en piedra al estilo de las tablas de la ley. Este primer mandamiento reza que, al menos de momento, Pablo Casado es incuestionable, algo muy comprensible porque si a las primeras de cambio ya se duda de quien hasta ayer era divino de la muerte sería como miccionar en seco, muy doloroso y desagradable. Establecido este punto de partida, se ha determinado que la responsabilidad de que el invento no chufle como debiera ha de ser de la estrategia, de los colaboradores del líder que son unos flojos o unos tarambanas, de los adversarios, que no son tan tontos como aparentaban, o de todo al mismo tiempo.

Respecto a la estrategia parece haber consenso. Tras un estudio muy exhaustivo se ha revelado que su gran fallo es que no existía, más allá de un inconexo catálogo de apelaciones al fin del mundo. Así que después de acusar a los demás de carecer de plan B y hasta de A, Casado se ha liado la manta a la cabeza y ha anunciado por fin su alternativa, una purga de Benito que permitirá el desconfinamiento masivo, evitará el rescate económico y nos devolverá las libertades que el estado de alarma nos ha arrebatado. Tanta fe debe de tener en ella que, según ha dicho, no la negociará con el Gobierno, que el del PP es muy suyo cuando se pone. ¿Cómo se consigue todo lo anterior? Básicamente con mascarillas obligatorias y tests a tutiplén; bajando impuestos, imprescindible con virus o sin él; eliminando el gasto superfluo de la Administración, otra cantinela histórica; y con un carnet de pobre -la tarjeta social- en vez de la renta mínima, que no le gusta porque cuesta mucho y además es para siempre. Inventada la pólvora, a la calle y a producir que ya estamos tardando.

Para transitar hacia su ‘nueva normalidad’, Casado echó mano de sus "expertos": las exministras Ana Pastor y Elvira Rodríguez, y el consejero de Justicia de Madrid, Enrique López. Constituyen, según se traslada, su nuevo núcleo duro del que se ha extirpado para alegría de muchos a la portavoz parlamentaria, Cayetana Álvarez de Toledo, con fama de ser un purulento grano al final de la espalda. La marquesa, al parecer, ha caído en desgracia porque va por libre y no conecta con el secretario general y maestro aceitunero García Egea, que tampoco es que conecte mucho con los principales dirigentes del partido, embarcados cada uno en sus guerras particulares aunque, como en el caso de la presidenta virgen de Madrid, sean la de Gila. Que Casado aludiera a la gestión de Díaz Ayuso como ejemplo de lo que el PP haría en caso de estar en el Gobierno, lo dice todo. Y que lo hiciera poco antes de conocerse la solución habitacional que el empresario Kike Sarasola ha proporcionado en los dos últimos meses a la mater dolorosa del partido lo explica aún mejor.

¿Que por qué se ha improvisado en un periquete un plan que no existía o que se mantenía en secreto por si el malvado Sánchez se lo apropiaba? Pues porque tras el giro de Ciudadanos para escapar de su abrazo del oso, el PP se había quedado más allá del último defensa, esto es, en clamoroso fuera de juego. Ni siquiera a esos mismos analistas que tratan ahora de desentrañar los misterios del universo popular les ha pasado desapercibido el hecho de que si con 10 diputados Arrimadas demuestra que se podía negociar con el Gobierno y ser "útil", la inutilidad de los 89 representantes del PP cae por su propio peso.

De la noche a la mañana Casado se ha encontrado con que su verdadero objetivo, el de merendarse a Ciudadanos al descuido y el de adelgazar a Vox a mordiscos en su ideario ultra, se había ido por el mismo retrete en el que se hizo inmortalizar. Es lo que tiene suponer que los demás van a estarse muy quietos mientras uno se mueve, el error de Aquiles con la tortuga correcaminos de Zenón. Pretender tener como socios a los que tratas de eliminar o a quien, como en el caso de Abascal, se ha hecho fuerte en tu jardín y mira tu adosado con ojos golositos es no haber pasado del prólogo del manual de cómo hacer amigos.

El PP, como se decía, sube poco en las encuestas pero daría igual que lo hiciera como la espuma porque –y ese es el otro error del señor de los másters- el juego no va ahora de derribar al Gobierno, que no va a caer por mucho que el lobo de Casado sople y sople en dirección a la Moncloa. Puede que la gente esté hasta el moño de seguir encerrada entre cuatro paredes, pero hasta los más ardientes antagonistas de la coalición de izquierdas contemplan el espectáculo con desasosiego. ¿Qué sentido tiene esta guerra que no se puede ganar trufada de evocaciones al apocalipsis cuando el enemigo inmediato es un bichito que ignora dónde está Venezuela aunque ya esté por allí correteando?

Casado es, por ahora, incuestionable hasta que deje de serlo. Bastaría con que en las autonómicas pendientes, que no tardarán en celebrarse, se impusiera Feijóo en Galicia e Iturgaiz, su otra apuesta personal tras la laminación del PP vasco, hiciera el ridículo, algo bastante previsible. O con que los futuros sondeos dieran algo de oxígeno a Arrimadas y reafirmaran a Vox en su cruzada. ¿Falla el coche o el piloto? He ahí el dilema.