Tierra de nadie

Los desfiles de pobres

El ejército de los pobres ha sido siempre tan disciplinado que no se entiende la sorpresa por verlo marchar a paso muy lento y en fila de a uno frente al local de la asociación de vecinos del barrio de Aluche, en Madrid, para recoger su avituallamiento diario. Algo menos pobladas que ahora, las colas del hambre ya existían antes del virus pero nadie se fijaba en ellas porque la indigencia incorporaba el superpoder de la invisibilidad que la hacía pasar desapercibida. Ni se veía ni se quería ver a los menesterosos que acudían a los comedores sociales, rebuscaban en los cubos de basura de supermercados y restaurantes o disponían en las aceras sus suites de cartones para pasar la noche. Con ellos ya practicábamos esa distancia social que entonces era pura insensibilidad y que ahora es simple profilaxis.

En la última crisis se nos aparecieron brevemente, pero sólo cuando se nos dijo que entre esa tropa de desarrapados había gente de clase media, nuevos pobres se les llamó, y el descubrimiento nos inquietó porque nos hizo pensar que en algún momento podríamos ser nosotros quienes cruzáramos la raya de la intangibilidad. El susto nos duró un rato, lo que tardamos en comprobar que, mal que bien, estábamos inmunizados o, simplemente, éramos los supervivientes a los que los ERE les pasaban de largo y, pese a los recortes salariales, podíamos agarrarnos con los dientes a nuestro inestable peldaño sin despeñarnos a los sótanos de la escala social. Nos convencimos incluso de que era cierto que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades y extrajimos de la experiencia una relajante conclusión: esto solo les ocurre a los demás; que se jodan.

En estas primeras fases del confinamiento se ha repetido la historia. Vemos a los pobres y su hambre, y el espectáculo nos ha incomodado tanto que damos por bueno que el Estado se disponga a establecer un ingreso mínimo a esas legiones con tal de que se nos borren esas visiones y se nos retrotraiga a la ceguera en la que vivíamos tan felices. Tiempo habrá cuando esto pase, si es que pasa, para pedir cuentas, para denunciar que esa paguita debió haber sido temporal y no estructural porque fomenta la pereza y se come nuestros impuestos. Mientras tanto, lo exigible es que nos devuelvan nuestra ignorancia por pura humanidad para con nosotros mismos.

Nos negamos a reconocer que la pobreza es real, que lo estructural ya venían siendo las colas del hambre y que hasta existe un programa nacional, cofinanciado con fondos europeos, que se ha encargado de distribuir durante los últimos seis años alimentos a los más desfavorecidos que han sido adquiridos en licitación pública y repartidos luego por miles de asociaciones benéficas que actúan como "organizaciones de reparto autorizadas" por todo el país. Los que se alinean pacientemente en esos desfiles que antes nos traían al pairo no son cazadores de rebajas. Esperan para llevar a casa en bolsas de plástico su ración de arroz blanco, de alubias, de espaguetis, de latas de sardinas o de atún para alimentarse ellos y sus familias. Los invisibles también comen y acabamos de descubrirlo.

Hay pobres, sí, nacionales o inmigrantes, gente que no tiene donde caerse muerta, que pasa frío, que ayuna por obligación, que sufre por sus hijos, que se despierta sin saber qué mierda les deparará el día, y para los que la escalada, la desescalada, el paseo de una hora, las franjas para hacer deporte, la apertura de los comercios y el puñetero covid 19 son la menor de sus preocupaciones. Gente como nosotros, que podemos ser nosotros o nuestros amigos, tipos de carne y hueso a los que tenemos que mirar a la cara hoy y, sobre todo, ser capaces mañana de sostenerles la mirada.

Su situación es una vergüenza para una sociedad que se cree desarrollada pero mira sin ver o, a lo sumo, se encoge de hombros. No se explica en un país que siempre convivió con la pobreza y que hasta presume de una literatura del hambre salpicada de Lazarillos y Buscones, un hambre que es la misma hoy que en el Siglo de Oro. Bienvenido sea el ingreso mínimo y, aunque esto todavía ni se contempla, plantéese una regularización extraordinaria de inmigrantes, esos a los que se busca desesperadamente para que recolecten los campos y a los que ni siquiera llegará la renta de subsistencia. Es lo que acaba de hacer Italia, pasándose por el arco del triunfo a sus Salvinis de turno, que son como nuestros Abascales y Casados pero con mocasines de Salvatore Ferragamo. Aprovechemos ahora que tenemos los ojos abiertos y, por un momento, los pobres se nos han hecho dolorosamente presentes.