Tierra de nadie

El robo de la bandera

El último de los enjundiosos debates que nos está dejando la pandemia tiene que ver con la bandera, después de que distintos sectores de la izquierda hayan reparado en que la enseña que guardaron hace décadas bien dobladita junto a los pantalones de campana ha desaparecido del cajón de los trapos olvidados. Ha sido al ver su exhibición en las recientes concentraciones de ultraderecha cuando han denunciado, si no el robo con escalo, sí su apropiación indebida y se han propuesto recuperarla para darle uso porque, la verdad sea dicha, estaba casi a estrenar.

Considerada desde el primer momento como lo que fue, una obligada herencia del franquismo, con este símbolo nacional siempre han existido grandes controversias, al punto de que buena parte de la población ha evitado exhibirla salvo en acontecimientos excepcionales, tal que la final de algún Mundial, para no ser tildada de facha o sufrir intensos ataques de vergüenza. Desde Carrillo a Pedro Sánchez, que en su día protagonizó una perfomancemuy yanki con la rojigualda a sus espaldas, todos los intentos de rehabilitar el paño han sido infructuosos.

Desde la izquierda, el más decidido a enarbolarla ha sido Iñigo Errejón, aunque siempre dentro de una formulación puramente teórica. Ya en su última etapa en Podemos, el de Más País consideraba que fuerzas políticas patrióticas y populares como la que pretende ser la suya no debían resignarse a prescindir de este símbolo que la derecha ha patrimonializado. "Eso es un trabajo cultural y político lento", explicaba el hoy diputado hace año y medio en una entrevista en ctxt.es, y la prueba de esta parsimonia es que ni él mismo se ha atrevido desde entonces a airear el pendón patrio y colocarlo en lugar prominente en sus actos públicos.

¿Que la derecha en general y su versión ultra y cavernaria en particular se han apropiado de lo que debía ser del conjunto? Sin duda. Pero también es cierto que en cuestión de apropiaciones todo el monte ha sido orégano. Lo ha hecho la izquierda con la bandera republicana, como si no se pudiera ser republicano y de derechas, y con distintos movimientos sociales como el feminismo o la lucha LGTBI. Nadie está libre de pecado para lapidar al adversario sin recibir por su parte alguna que otra justificada pedrada.

Con la salvedad de nacionalistas e independentistas, que han conseguido que la bandera les represente a todos al margen de que quien la ondee sea de izquierdas o de derechas, los demás venían aceptando hasta ahora un estado de cosas que, desde luego, no contribuía a acrecentar el sentimiento nacional pero, al menos, evitaba que, por error, uno se metiera en el mitin equivocado en las campañas electorales. Algo es algo.

Han de vencerse tantas resistencias y superar tantos resentimientos que no parece sencillo que, a corto plazo, la izquierda pueda hacer suyo lo que históricamente ha sido más un símbolo de división que de unidad, aunque el intento es loable. Se proponía aquí hace algún tiempo como solución de compromiso abrir la paleta de colores y convocar un concurso de ideas para diseñar una nueva bandera y, ya de paso, un himno con letra antes de que, con tanto lala lala lalalalalalalá con el que disimulamos, llegue Massiel un día de estos y nos denuncie por plagio.

Hay quien dice que el patriotismo no gira en torno a las banderas, y lleva razón. Lo que no acaba de estar claro es que el patriotismo sea en realidad una virtud y no el recurso de quienes solo son capaces de vanagloriarse de una nación que, al fin y al cabo, nos ha tocado a cada uno en la rifa del nacimiento. Reservemos el amor para los que nos rodean y dejemos de padecer por unas telas de colores en cuyo nombre nos hemos venido matando periódicamente. Ni merecía la pena antes ni la merece ahora por muy sentimentales que nos pongamos.