Tierra de nadie

Los predicadores del desierto

Para desesperación de Aristóteles, que se tiró siglos sin que nadie le tosiera, aquella idea suya de que la virtud está en el término medio está de capa caída, al menos en este país tan dado a los blancos y negros sin solución de continuidad. Siempre hay una buena razón para emprenderla contra los considerados equidistantes, un saco en el que se mete a todo aquel que se distrae del camino prefijado aunque solo sea para admirar las margaritas. Hay que ser papista o luterano a machamartillo porque cualquier desfallecimiento es signo de herejía y supone, a ojos de los puristas de cada causa, la excomunión inmediata. Por supuesto, nada de esto tiene relación con la equidistancia que, en realidad, vendría a ser la tercera vía de un conflicto, una opción con ánimo de concordia entre dos posturas opuestas. Como se verá, no se está hablando de lo mismo.

Los tildados ahora de equidistantes ni lo son ni pretenden serlo. El calificativo que se les dedica no es sino el eufemismo de traidores a tiempo parcial, tipos que han abandonado su lugar en las trincheras para hacer aguas menores fuera del tiesto asignado. Sin resultar abundantes en ningún sitio, los hay a la izquierda y debe de haberlos también a la derecha, aunque allí sean más difíciles de observar sin prismáticos de visión nocturna o de largo alcance. Su testimonial presencia en el periodismo es la confirmación de que el oficio no levanta cabeza o de que ha muerto a manos de la misma polarización que tiene a la sociedad dividida entre los nuestros y los otros, es decir, los enemigos.

Por una ortodoxia ideológica llevada al extremo o por no defraudar a la parroquia, a la que hay que contentar a diario para evitar deserciones en las redes sociales y que en épocas tan convulsas necesita su dosis de reafirmación diaria mezclada con los cereales del desayuno, se ha abolido el derecho a discrepar mientras se pone el criterio propio en almoneda. Se ha conformado así una legión de defensores de lo indefendible contra la que poco pueden hacer los francotiradores del sentido común, que pasan por quintacolumnistas –y nunca mejor dicho- en los bandos que se les ha asignado.

Algunos acontecimientos permiten contemplar con mayor nitidez esta división entre los leales a pies juntillas y el puñado de traidores o tocapelotas. ¿Cómo es posible que quienes, obviando el riesgo para la salud pública, defendieron que los cayetanos del barrio de Salamanca en Madrid ejercieran su derecho a la libertad de expresión contra la supuesta dictadura del Gobierno ahora repudien con idéntico ardor las manifestaciones contra el racismo porque pudieron propagar los contagios? En sentido contrario, ¿es menos peligrosa una concentración o ni siquiera se contempla alarma alguna por el hecho de que condene la discriminación racial?

El barquero y sus verdades no tienen sitio en esta travesía. No ha lugar a escrutinio alguno porque lo importante es mantener la línea Maginot y fortificar todavía más los frentes. Los llamados a defender al Ejecutivo lo harán en cualquier circunstancia pese a que algunas de sus acciones sean disparatadas o fruto de la precipitación y se hincharán luego a sal de frutas para aliviar la dura digestión de tener que tragarse sus palabras del pasado. Los opositores serán incapaces de encontrar alguna medida benéfica, algo que se haya hecho bien en esta crisis, porque todo vale para derribar por ilegítima a la izquierda cuando alcanza el poder.

Proclamar esto nada tiene que ver con la equidistancia. Ni siquiera con la medias tintas o con el templado de gaitas. Es verdad que no todas las opiniones son respetables pero ninguna deja de serlo por no coincidir con los apriorismos que cada cual tiene interiorizados. No se trata de contemporizar sino de defender la independencia de juicio por muy urticante que resulte. Sacrificar o silenciar la crítica por inconveniente o por entender que da alas al fascismo de la ultraderecha o al populismo bolivariano del Gobierno, que todo depende del parapeto desde el que se observe la realidad, representa la auténtica traición a lo que el periodismo representa. La tierra de nadie es un lugar yermo e inhóspito con una única ventaja: permite conciliar el sueño. Es la única certeza que tienen los predicadores del desierto.