Tierra de nadie

Armas y drogas en el Parlamento

Ha preguntado Compromis si hay justificación para que Santiago Abascal lleve una pistola al cinto y en el imaginario colectivo ha corrido como la pólvora –expresión justificadísima en este caso- su imagen en la tribuna del Congreso poniendo de nuevo como un colador el techo del hemiciclo y pidiendo amablemente a los diputados que tomen asiento en sus escaños. El de Vox, que es un demócrata de toda la vida, se ha sentido herido en lo más hondo de su epidermis y ha contraatacado sugiriendo controles de armas y explosivos a la entrada de la Cámara, además de un test de psicotrópicos para sus señorías antes de sus intervenciones.

Vigilar las armas y los explosivos que se llevan a los plenos es una buena idea porque los representantes del pueblo son muy temperamentales y bastante torpes, y ese cóctel puede provocar incidentes de todo tipo, desde el tiro en el propio pie a la demolición controlada de algunos de los bustos de los pasillos, especialmente el de Agustín Argüelles que es un horror. En cambio, lo del control de drogas y de alcohol sí que sería contraproducente porque, huérfanos de grandes discursos para la posteridad, nadie puede asegurar que en un tirito bien dado y en la omnisciencia que desencadena en el orador no esté la solución a alguno de los grandes problemas que azotan al país.

No se trata de realizar aquí una apología insensata del consumo de estupefacientes por parte de la clase política, que como todo el mundo sabe son muy malos para la salud y rompen las familias, pero no está de más destacar su contribución al proceso creativo de artistas de todo tipo cuyas obras fueron inspiradas por musas colocadísimas, más allá de Keith Richards, que llegó a meterse por la nariz hasta las cenizas de su padre, de Eric Clapton, que llegó a dedicar una canción a la cocaína en agradecimiento, o del mismísimo  Hunter S. Thompson, padre del periodismo gonzo, y regente de la droguería más surtida que se recuerda.

Habría que preguntarse qué hubiera sido de Burroughs sin la heroína, de Baudelaire sin el hachís y el opio, de Hemingway, Faulkner, Steinbeck o Bukowski sin el alcohol o de Stevenson sin la farlopa. "La náusea" de Sartre quizás no existiría sin la mescalina que le hizo ver cangrejos durante años o las anfetas que consumía como chicles.  Marguerite Duras y Patricia Highsmith eran alcohólicas, igual que Kerouac, que murió joven sin dejar un bonito cadáver. En definitiva, que existen ejemplos que no dejan en mal lugar a los alcaloides como aceleradores del talento pese al coste personal de su consumo.

Volviendo a la política en España, hay constancia de la positiva influencia del gin tonic en algunos portavoces y quién sabe si de alguna otra sustancia en polvo. La cuestión no es lo que se metan entre pecho y espalda estos servidores públicos sino que algunas de sus propuestas, por delirantes, parezcan el resultado de un mal viaje. Y aquí es dónde se aprecia nítidamente que Vox tiene un problema y que su dirigencia debería considerar apuntarse en masa a Proyecto Hombre o algún Proyecto Macho de nueva creación por si el anterior se les queda corto. De las drogas también se sale, Santiago. Del Ikea es más difícil.