Tierra de nadie

Con los ricos no hay quien pueda

Hay gente que a veces tiene el santo de cara y luego están los ricos, que en este país ya vienen de fábrica con una mancha de nacimiento al final de la espalda en forma de trébol de cuatro hojas. Tienen un no se qué, un qué se yo, una buena estrella que suele manifestarse singularmente en su relación con la Hacienda pública. Todos los intentos de gravar sus fortunas acaban en nada y con estos señores entregados a la floricultura, es decir yéndose de rositas. No es novedoso que lo primero en descartarse en el pretendido pacto de reconstrucción nacional haya sido el tributo que PSOE y Unidas Podemos proponían estudiar en su acuerdo de coalición y que seguirá en el cajón por tiempo indefinido. Eso de que los ricos también lloran es una mentira tipo piano; es más, acostumbran a partirse de risa.

Lo del impuesto a los ricos no es una fijación de los chicos de Iglesias por eso de que son bolivarianos y populistas. Hace diez años más o menos, en la anterior crisis, ya lo contempló el PSOE de Zapatero, a quien deberían erigirle un monumento, aunque fuera de los baratos, porque con su empeño en demostrar que bajar los impuestos era de izquierdas consiguió que los millonarios acabaran pagando menos que con Aznar. Se dijo primero que su recaudación sería insignificante, por lo que no valía la pena ni molestarse. Se argumentó después que palparles la faltriquera sería contraproducente ya que incentivaría la evasión de capitales, que siempre son los primeros en darse a la fuga en estas situaciones. Así que entre bajar el sueldo a los funcionarios y congelar las pensiones o meter mano a las Sicav de los plutócratas no es difícil imaginar cuál fue el camino elegido.

Poco o nada ha cambiado desde entonces en nuestro sistema fiscal, tan justo y equitativo que hace descansar preferentemente el gasto público en las anchas espaldas de los  asalariados, esos a los que el Bankinter de la señora Dancausa no contempla ofrecerles que lleven sus ahorros a Luxemburgo. Únase a ello el fraude galopante, el fingido mileurismo empresarial, un impuesto de sociedades que recauda tanto como una rifa benéfica y se obtendrá una imagen precisa de lo que es la fiscalidad en España.

Por si no era bastante, faltaba el parque de atracciones para ricos que el PP levantó en Madrid con su bonificación al 100% del impuesto sobre el Patrimonio, gracias al cual ha conseguido que dos tercios de las grandes fortunas con bienes superiores a los 100 millones de euros fijen en la Comunidad su domicilio fiscal y se ahorren de media algo más de dos millones al año. Como se dijo aquí en su día, de Madrid al cielo y un agujero fiscal de los gordos para seguir viéndolo.

No hay manera de que los ricos pasen por caja y demuestren ese patriotismo nunca ejercido al que se refería el vicepresidente segundo. Ironías del destino, se dirá que es un tributo que hay que pagar, no ya para concitar consenso en pacto de reconstrucción, sino para que Ciudadanos apoye los Presupuestos del Estado antes de que los de Montoro cumplan un siglo en vigor. Es verdad que sin Presupuestos difícilmente habrá Gobierno y sin Gobierno no hay programa que cumplir ni impuestos a las ricos que establecer, pero empieza a parecer una broma cruel que no haya manera de meter mano a estos tipos tan afortunados en todos los sentidos.

Es inaplazable una reforma fiscal que reparta equitativamente la factura de la pandemia, lo que viene siendo hacer pagar más a quien más tienen o, al menos, hacer que los que más tienen paguen lo que les corresponde. Y ello pasa por elevar el IRPF de la rentas más altas, garantizar una tributación mínima en el impuesto de Sociedades de las grandes corporaciones, aplicar gravámenes a las transacciones financieras y a las multinacionales digitales que hacen de su capa un sayo y con lo que les sobra un chalequito, y por combatir eficazmente el fraude. ¿Y un impuesto específico a las grandes fortunas? Bueno, de los imposibles metafísicos mejor no hablar.