Tierra de nadie

Menos mal que tenemos al Banco de España

Se viene glosando lo obvio a cuenta de las consecuencias económicas de la crisis sanitaria. El último en hacerlo ha sido el Banco de España, que siempre solemniza lo evidente y que nunca se pilla los dedos no fuera a ser que le sangren. En sus previsiones el PIB puede caer entre el 9 y el 15%, el déficit será del 9,5% o del 14%, el paro alcanzará el 18% o se irá al 23% y la deuda llegará al 114,5% o se deslizará hacia el infinito y más allá. Todo depende, porque la bola de cristal no acaba de pillar bien la wifi.

Como las recepciones del embajador del anuncio, los informes de la institución siempre destacan por su buen gusto internacional. La ortodoxia nunca deja el frac en el armario, ya se hable de burbuja financiera, pandemia mundial o bonanza económica, de forma que sus recetas varían menos que las de Simone Ortega. Se tiene la sensación leyendo sus sesudas conclusiones de que estamos ante el mismo documento de siempre con distinta fecha, ante la misma retahíla de advertencias escritas con el condicional delante.

El condicional es el modo preferido del Banco. Por ejemplo, si la deuda es persistente será malo para la economía. O si no se corrige pronto el déficit, será malo también. Nunca faltan el consabido si no se actúa pronto, será tarde, si la competitividad fuera mayor nos iría mejor o el clásico de si hubiera menos temporalidad en el empleo habría bastante más estabilidad. Pero el preferido del regulador es el que tiene que ver con las reformas estructurales, que es lo que da sentido a todas sus recomendaciones: si hay reformas estructurales crecerá como la espuma el potencial de la economía y si no las hay volveremos a hacer otro informe pidiéndolas que para eso estamos. Así llevamos desde Adán y Eva y así seguiremos hasta que suenen las trompetas del Apocalipsis, que pueden escucharse a lo lejos si se afina el oído.

Precisamente, es en estas reformas estructurales donde está la madre del cordero. Ocasionalmente, como es el caso, el Banco de España puede pedir que prolonguen los ERTE, que se eliminen exenciones fiscales o que suban algunos impuestos, esencialmente los que pagamos todos por igual ya seamos millonarios o pobres de pedir, es decir el IVA, ya que curiosamente siempre hay margen para elevar los tipos en la imposición indirecta pero siempre es un error hacerlo con el IRPF donde las rentas más altas, o así se nos dice machaconamente,  van bien servidas. Lo que nunca cambia es todo lo referido al gasto público, que siempre es elevado o ineficiente, al mercado de trabajo, que nunca deja de ser más rígido que un cadáver en un frigorífico no frost, y, por supuesto, a  las pensiones, a las que hay que meter mano para contenerlas, que es el eufemismo de recortarlas, para que el sistema sea sostenible y no nos lleva a la quiebra.

De un servicio de estudios tan competente se esperaría de vez en cuando alguna sorpresa, alguna idea revolucionaria o de ciencia ficción del estilo de si suben decididamente los salarios habrá más capacidad de consumo, y si se consume más habrá que producir más y si se produce más se necesitará contratar a más gente y si hay más trabajadores con mejores sueldos la Seguridad Social tendrá más ingresos y podrá abonar pensiones dignas, que redundarán en el consumo y en el empleo y en los ingresos. En fin, que se nos muestre algún círculo virtuoso que favorezca a la mayoría y que no sea a su costa, pero está visto que eso es pedir un imposible a organismos tan sensatos ya que si no es el déficit será la inflación y si no la deflación que eso sí que es de abrirse la tierra a nuestros pies.

En consecuencia, acepto más gasto como animal de compañía pero solo por un par de semanas y anunciando que estamos afilando las tijeras para usarlas de inmediato. ¿Menos temporalidad en el empleo? Obviamente, porque así no hay miembro del Opus que tenga hijos, pero mejor quitando privilegios a los fijos. ¿Renta mínima? Por esta vez pase, siempre que vigilemos que la sopa boba no crea adicción. ¿I+d? A tope, y educación a tutiplén, pero ojito con el déficit y con la deuda, a ver si lo mejor va a ser enemigo de lo bueno. Ya sabemos lo que hay que hacer. El año que viene más de lo mismo porque mejor es imposible.