Tierra de nadie

La izquierda y el ecologismo

Dicen que ha sido por la pandemia pero lo cierto es que el ecologismo hace tiempo que había dejado de ser una moda para convertirse en una necesidad imperiosa. El que más y el que menos se había hecho ecologista a la carrera o en coche de gran cilindrada para llegar lo antes posible. La incapacidad de los líderes mundiales para pasar de la palabrería a los hechos en las sucesivas cumbres del clima no hizo mella en una conciencia medioambiental que se ha apoderado de la opinión pública y que está poniendo sus primeras picas en la política cotidiana. Ha ocurrido en la segunda vuelta de las municipales francesas con la inesperada victoria de los verdes en ciudades como Marsella, Burdeos o Lyon, y todo apunta a que se trata de algo más que una excentricidad de los galos en un puñado de aldeas. Si el sistema no tiene soluciones para impedir el desastre, es de sentido común tratar de cambiar el sistema.

La izquierda siempre se ha vestido de ecologista, aunque lo ha hecho como quien se pone el traje de los domingos y luego lo devuelve al armario para el resto de la semana. Hasta ahora ha sido la flor cortada en el ojal de la chaqueta para las citas electorales y parece que, por fin, se convertirá en su mono de trabajo. En su análisis de los comicios en Francia, Cohn-Bendit, que primero fue rojo, luego verde y ahora le da al café au lait con Macron, aventuraba que la ecología sería el pegamento de la izquierda, la argamasa de su reunificación. Veremos.

En España el ecologismo político fracasó en su intento de tener vida propia como en Alemania, quizás porque su capacidad para escindirse en grupos impares menores de tres siempre fue incontenible. Excepción hecha de Equo, que siguió su propio camino hasta que el destino impuso su ley, su presencia en organizaciones de izquierda ha sido siempre testimonial, el toque verde de los programas y las listas con el que atraer a un electorado sin partido. Ha tenido que ser la realidad, la evidencia de la magnitud del desastre, la que ha terminado por darles la razón. El apocalipsis sobre el que alertaban no era fruto de su imaginación calenturienta.

Excepción hecha de Trump, de los negacionistas con bigote o a sueldo de las industrias del CO2 y de buena parte de la derecha donde los lobbies se han hecho fuertes, el resto, incluido el primo de Rajoy, guarda cola para apuntarse al ecologismo, cuando menos al teórico. Son contados los gobiernos que no han abrazado ya la nueva religión de la sostenibilidad y de las energías limpias y que no han declarado, al menos de boquilla, la guerra a esos combustibles fósiles que lo ponen todo perdido.

Si, como parece, esta tendencia es en la izquierda irreversible, convendría que allí donde puede propiciara la conversión a la fe verdadera de aquellos que no son ecologistas por necesidad, porque les va en ello las tres comidas diarias y, al mismo tiempo, forman parte de su público objetivo. Está muy bien, por ejemplo, declarar la guerra al carbón y a las centrales térmicas (siete de las quince existentes echaron el cierre este pasado martes) pero habrá que dar una solución vital e industrial a quienes viven de arrancar mineral o de quemarlo. Nadie, ni los propios mineros, discuten que la transición ecológica sea necesaria; lo que exigen es que sea justa, como figura, por cierto, en el nombre del Instituto que ha sustituido al que llevaba años reestructurando la minería del carbón y desarrollando las comarcas mineras con resultados manifiestamente mejorables.

Poner fin al calentamiento global o a las guerras en el mundo exige hacer sacrificios. Lo que no se puede pretender es que quienes trabajan tirando de una vagoneta o en los astilleros que hacen los barcos que se venden luego a Arabia Saudí sean los primeros en retratarse. En eso debe pensar la izquierda ecologista: en ponerlo fácil a quienes quieren creer en lo bonito que es el verde pero la vida no les deja.