Tierra de nadie

Ni tú ni Nadia

La traducción futbolística de lo ocurrido ayer en la votación del Eurogrupo es la siguiente: jugamos como nunca, perdimos como siempre. Tenía la vicepresidenta Calviño una alineación de lujo y se podía esperar todo del eje franco-alemán que puso sobre el campo con Italia y Portugal como puntas de flecha. Pero como suele decirse en estos casos, fútbol es fútbol, con diez se juega mejor que con once o, el ya clásico, perdimos porque no ganamos. ¿La prensa? Pues en su línea habitual: siempre negativa, nunca positiva, mientras señalaba en sus crónicas al entrenador Pedro Sánchez como culpable de la derrota por tuercebotas.

A la hora de poner picas en las instituciones europeas, allá por Flandes, parece que nos ha mirado un tuerto. No ha bastado el apoyo del 80% del PIB de la Eurozona ni el dilatado currículo de la candidata. Si algo demuestra la elección del irlandés Donahoe es que la división entre norte y sur, entre hormigas y cigarras, es como la falla de San Andrés y que no será sencillo sacar adelante un plan de recuperación que no vuelva a ser una bota sobre el cuello de las economías más afectadas por la crisis del coronavirus.

Dicho lo cual, tampoco hay que dramatizar en exceso porque no es lo mismo una elección en el que cuenta igual el voto de Alemania que el de Lituania que la toma de decisiones conjuntas, donde lo que prima es el peso económico y poblacional. Se puede ganar hasta con el árbitro en contra pitando penaltis en fuera de juego. Ese es el consuelo ante la próxima cumbre europea en la que, teóricamente, se librará la batalla final entre subsidios o préstamos condicionados y se deben perfilar las líneas maestras de los presupuestos comunitarios para los próximos seis años.

Que un número importante de pequeños países estén próximos a las tesis holandesas y a esa frugalidad calvinista que consisten en exigir a los demás requisitos imposibles para poder comer mientras tu te alimentas del fraude fiscal y de la fuga de capitales de tus vecinos no es ninguna sorpresa. Como tampoco debe extrañar a nadie que la llamada solidaridad europea sea uno de esos ideales fundacionales esculpidos en piedra pómez que solo adquieren peso cuando existe el peligro cierto de que el templo de los mercaderes se desplome sobre sus cabezas.

No hay que engañarse. Si frau Merkel es ahora la principal aliada del perezoso Sur no es porque, próxima su retirada y llegada la hora de que rinda cuentas ante la historia, pretenda ser recordada como la madre teutona de la construcción europea, sino porque el interés nacional alemán sigue siendo vender sus productos, algo bastante improbable si no hay nadie al otro lado que pueda comprarlos. Es la conversión a marcos del famoso nadie da duros a pesetas, aunque en ocasiones el egoísmo sea muy altruista.

Se puede, por tanto, perder una batalla y ganar la guerra, por mucho que el director de orquesta designado provenga de un país que profesa la religión del dumping fiscal y es el refugio cómodo y barato de esas multinacionales tan chulas que se perdieron la clase de cómo pagar impuestos sin que parezca un accidente. ¿Qué hubiera venido bien que el PP, por puro patriotismo, hubiera intentado influir en sus socios europeos a favor de Calviño ahora que la pugna entre socialistas y populares se pasa por el forro antiguos consensos sobre el reparto de puestos? Sin duda, pero o los de Casado pintan muy poco  o siguen prefiriendo que se hunda el país para sacar luego los salvavidas del armario.  Que se joda mi sargento que no me como el rancho. Ni tú ni Nadia.