Tierra de nadie

El país de los epidemiólogos

Después de mucho buscarnos a nosotros mismos y de preguntarnos el consabido de dónde venimos y adónde vamos, por fin hemos encontrado algo que da sentido pleno a nuestra existencia más allá de la siesta y el flamenco. Ahora, gracias a la pandemia, hemos descubierto la vocación oculta que todos y cada uno llevamos dentro, algo parecido a lo que ocurre en Argentina con el psicoanálisis o la odontología. Ni siquiera los Reyes Católicos fueron capaces de unirnos tanto como lo ha hecho un virus microscópico. Somos, y nos honra proclamarlo a los cuatro vientos, el país de los epidemiólogos.

El mundo está de enhorabuena porque 46 millones de especialistas en todo tipo de enfermedades infecciosas acude al rescate. Tal es así que sorprende que la emprendan contra el pobre Fernando Simón, al que acusan de dejación de funciones por haberse tomado un descanso de unas horas para surfear las olas portuguesas. No hay problema porque cualquiera, desde Pablo Casado al tendero de la esquina, podemos sustituirle con plenas garantías y, ya puestos, exportar nuestro talento –porque nos sobra- a quienes no han sido castigados por la divinidad con este don para la prevención y combate de unas plagas que dejan pequeñas a las del antiguo Egipto.

Siendo esto indiscutible, llama la atención tanto rebrote de infectados que indicaría que más que epidemiólogos somos rematadamente imbéciles, obviando que, con total seguridad, se trata simplemente de confianza. Tan seguros estamos de que el covid dichoso no tiene ninguna posibilidad que le permitimos engordar para morir y que, de esta forma, dure más una partida que jugamos con una mano atada a la espalda para que no parezca que abusamos del bichito. Nos pierde el fair play, oiga usted

Esa es la razón por la que desafiamos al sentido común y nos pasamos por el arco del triunfo las recomendaciones esas de la distancia personal y el lavado de manos, que no va a venir nadie a hablarnos de la lluvia siendo los legítimos herederos de Noé el del arca. Nos sobran rastreadores y centros de atención primaria porque los españoles somos muy españoles y mucho españoles, peceerres andantes que si nos reunimos en rebaño es para poner a prueba la teoría de la inmunidad de grupo y, de paso, echarnos unas risas con los colegas. ¿Peligro de transmisión comunitaria? No fastidien; lo que transmitimos es buen rollo.

No hay de qué preocuparse, por tanto, de las noticias que llegan de Cataluña o de Aragón por la multiplicación exponencial de los contagios, que no es sino un paso atrás para coger impulso. O de las que no llegan de Madrid, donde hay quien piensa que Ayuso ha empezado a hacerse trampas al solitario y los únicos brotes que declara son los de la rosaleda del parque de El Retiro que anuncian nuevos capullos. Llevaba razón el PP al exigir el fin del estado de alarma, aunque ahora alguno de sus dirigentes ha estado a punto de reclamarlo por puro despiste. La única alarma necesaria es la del móvil.

En el país de los epidemiólogos lo tenemos todo controlado y, como en todos los trabajos se fuma, nos damos al botellón para refrescarnos por dentro o abarrotamos las playas para hacerlo por fuera porque lo del calor sí que es una pandemia y las únicas olas que nos interesan son las que alcanzan la orilla. Al que se le ocurrió lo de la mascarilla obligatoria habría que ponerle bufanda y guantes de lana para que sepa lo que vale un peine o dos si son pequeños. Así que no nos vengan con restricciones de movilidad ni con confinamientos voluntarios, que ya tenemos el callo hecho. ¿Acaso multan a los guardias civiles de Tráfico por exceso de velocidad? Pues eso.

No vamos a ablandarnos con noticias sobre nuevas saturaciones de hospitales como si fuera algo que debiera preocuparnos. Al fin y al cabo, los sanitarios han de justificar el sueldo y compensar los aplausos que les hemos regalado durante tantos meses para que se sintieran importantes. Hacemos lo que nos sale de las narices porque nos sobran conocimientos, ganas de marcha y pensionistas.