Tierra de nadie

Los pobres no tienen clase

Dicen que las clases sociales ya no existen y que, en su lugar, se ha configurado una clase media infinita que por generación espontánea igual ocupa los áticos con vistas que se arracima en los sótanos más lóbregos y putrefactos. Sin embargo, los que han visto mundo saben que siempre habrá dos tipos de gente, los que tienen clase y los que no, y que esto es una constante por muchos virus que nos acorralen. Los primeros ni siquiera necesitarían de mascarilla porque les protege el cardigan de marca o el pullover si van de informal, y cuando se han manifestado en defensa de lo que creen sus derechos reciben, como es natural, el fraternal apoyo y la comprensión infinita de las fuerzas del orden. Los segundos llevan el alboroto en los genes. Son gremlins bajo la tormenta, y requieren de vigilancia especial y mano dura si, llevados por la inconsciencia, tratan de hacerse oír a gritos.

Los trabajadores, los inmigrantes y los humildes en general se rigen, como apreciaba la lúcida presidenta de Madrid, por un modo de vida distinto. Se hacinan en pisos diminutos porque les encanta la confraternización pegajosa con los de su propia especie; militan en la economía sumergida porque no les gusta pagar impuestos; se lo juegan todo a las tragaperras porque les puede la adicción y el vicio; y hasta cuando tienen cáncer –y esto es muy común entre los llegados de fuera- no es por fatalidad sino por aprovecharse intencionadamente de las ventajas de nuestro admirado sistema sanitario.

A esta gente tan especial hay que saber tratarla ya que sus necesidades, sobre todo en estos tiempos de pandemia, no son las mismas que las de los demás. Es absurdo procurarles más médicos, más rastreadores, más profesores para sus hijos, más espacios abiertos o más transporte público porque no lo apreciarían y no estamos para tontos despilfarros. Todo lo más, si solo por joder se contagian por encima de sus posibilidades, si dan problemas, que es lo que suelen hacer porque está en su naturaleza y ni con la sopa boba del ingreso mínimo vital se conforman cuando les llega, lo único razonable es protegerles de sí mismos con policías y hasta con el Ejército en caso de que se presuma cierto desmadre. Como bien ha entendido en su clarividencia Díaz Ayuso, no hay que ayudarles sino contenerles.

Aun siendo apreciable a simple vista, la diferencia entre ambos grupos se puso ayer mismo de manifiesto en el Teatro Real de Madrid, que es un lugar que los sin clase no frecuentan porque son más de heavy, de copla barata y de reggaeton. Irónicamente, se representaba la ópera de Verdi Un ballo in maschera (Un baile de máscaras) y los allí congregados, enmascarados todos, al comprobar que no se respetaba la distancia de seguridad exigible, pusieron pie en pared y obligaron a suspender la función antes de que el conde, en la escena segunda del primer acto, preguntara de manera premonitoria y con voz de tenor aquello de "¿È scherzo od è follia?" ("¿Es una broma o una locura"?).

Nadie imaginaría una acción semejante por parte de las legiones de desarrapados a los que ahora hay que encerrar en sus guetos por su mala cabeza y que a diario viajan en el metro de la capital como piojos en costura, que es, por otra parte, su manera favorita de desplazarse porque así se relamen con el olor a humanidad reconcentrada en la pituitaria. Enfrentados a una situación semejante, los del cardigan y el pullover tirarían de la alarma y hasta es posible que, en un arranque de dignidad, intentaran meter a la fuerza a  la presidenta y a su consejero de Sanidad en uno de esos vagones de quinta que nunca han pisado para que experimentaran en carne propia lo que es el acarreamiento del ganado.

El consejero, que quizás estuviera él mismo en la ópera para distraerse de las múltiples ocupaciones del cargo, pormenorizaba su estrategia con estos muertos de hambre en el Abc, que es donde se explican las cosas importantes. ¿Más médicos? Teníamos pero ya no nos quedan. ¿Más rastreadores? Para qué si vamos sobrados. ¿Bares abiertos y parques cerrados? Lo que nos dicen los técnicos. ¿Que cuál es el objetivo de recluir a los habitantes de las zonas más desfavorecidas y al mismo tiempo permitirles seguir en el tajo? Mantener la actividad económica y hacer posible la convivencia con el virus. ¿Acaso el plumero en las casas de bien se va a pasar solo?

No hay ninguna arbitrariedad, por tanto, en limitar únicamente los derechos de los más pobres ni se puede hablar de incompetencia por haber esperado hasta ahora, en el pico más alto de los contagios, para anunciar, por ejemplo, refuerzos en la oferta de transporte público que, como ya se ha explicado, lejos de beneficiar lo que hace es alterar el promiscuo modo de vida de los que encuentran placer en el picor de la sarna. Las estadísticas no lo dicen todo. Si en lo que va de septiembre solo en Madrid ha habido más contagios que en Alemania o Italia o casi los mismos que en Gran Bretaña, no es por dejación de las autoridades sino por culpa de esa chusma que se regodea en sus miserias y que, por no tener, no tiene ni clase.