Opinion · Espejos extraños

Las dulces uvas de la ira

Los sondeos que se han ido haciendo públicos recientemente revelan una de las facetas más insidiosas de la tragedia que ha asolado a la sociedad portuguesa: el aceptar la tragedia como una fatalidad y lo que ello comporta; el surgimiento de una nueva normalidad que, además, con el tiempo dejará de ser nueva para ser apenas normalidad. Es normal que la aplastante mayoría de los portugueses se esté empobreciendo aunque, simultaneamente, un puñado de super-ricos nunca se haya enriquecido tanto como hasta ahora. Es normal que emigre toda una generación altamente cualificada con el esfuerzo de todos nosotros, aunque con eso se esfume la posibilidad de dejar de ser una economía subdesarrollada al gusto del intercambio desigual que buscan los países más desarrollados. Es normal que los pensionistas pobres y de clase media tengan que ser extraordinariamente solidarios con todos los portugueses, aunque no se le pueda exigir lo mismo a las rentas más altas, protegidas —la mayor parte de ellas— en  offshores, y mucho menos a los bancos que, por el contrario, exigen nuestra solidaridad para continuar teniendo lucros fabulosos. Es normal que los matrimonios más jóvenes no puedan darse el lujo de tener un hijo (o más de uno) y que ni se les pase por la cabeza tener un aumento de salario (en el improbable caso de que los dos estuvieran empleados). Es normal que todo esto acontezca normalmente, que el pesimismo sea igual a optimismo, que tanto la satisfacción como la insatisfacción sean medias, que no haya elecciones anticipadas, que, cuando vayamos a votar, gane el PS apenas con mayoría relativa y que, en ese caso, sea tan probable como improbable que el PS haga una coalición con el partido que ha presidido la administración de la tragedia.

El límite de los sondeos es que no se pueden sondear a sí mismos, o sea, que nada nos pueden decir sobre lo que está por encima o por debajo de ellos. Saber eso es crucial y, a pesar de insondeable, casi obvio. Si no, veamos:

Por encima de las encuestas está la destrucción de la alternativa al actual estado de las cosas. Se trata de una ideología que fue meticulosamente construida a lo largo de los últimos treinta años por el pensamiento neoliberal que avasalló universidades —sobre todo, los departamentos de Economía— y el comentario político de los grandes medios de comunicación social. Pero no sólo aquí, sino en toda Europa y Estados Unidos. Como cualquier ideología, es un conjunto de ideas destinadas a que se las crean los sectores de población más perjudicados y castigados por ellas. Por ejemplo, la crítica del Estado social pasa a ser convincente, incluso para aquellos sectores de población que más dependen de él: los trabajadores y las clases medias. La idea de que los portugueses han vivido por encima de sus posibilidades pasa a ser verosímil, incluso para los portugueses en riesgo inminente de pobreza. Pasa desapercibido que este argumento preside toda la gestión del actual Gobierno, más allá de lo que se dice. Dos ejemplos:

Tuvimos un buen sistema de educación pública y eso se pone de relieve con los resultados de nuestros jóvenes en los estudios de la OCDE sobre excelencia escolar. Pues bien, estos resultados muestran que tenemos un nivel de educación por encima de nuestras posibilidades y, por eso, objetivamente, la política del actual ministerio de Educación busca bajar nuestro ranking. Y eso será lo que, muy probablemente, pasará.

A su vez, el Sistema Nacional de Salud nos permitió alcanzar niveles de salud colectiva, de esperanza de vida y de prevención de enfermedades evitables internacionalmente envidiables. Esto significa que tenemos niveles de salud por encima de nuestras posibilidades. Objetivamente, la actual política del ministerio de Sanidad busca bajar estos niveles. Y eso será lo que, muy probablemente, pasará.

La nueva ideología no permite al ciudadano común hacer estas conexiones y, si las hiciera, no permite que las conciba como un crimen cometido contra él/ella y sus hijos.

Por debajo de las encuestas está la alternativa de la destrucción. La normalidad, por más anormal o dolorosa que sea, es lo que es: una fatalidad. Aquél que la niegue es irracional y se autodestruye. Se puede rebelar, pero corre el riesgo de ir a prisión, lo que implica un coste para el Estado mientras las prisiones no sean privatizadas. Puede pedir ayuda médica, pero tiende a permanecer dependiente de antidepresivos y su irracionalidad obliga al Estado a responder racionalmente, dejando de financiar el coste de los medicamentos. Se puede suicidar, pero con eso pierde la vida, un daño irreparable que, como mucho, conllevará un ahorro mínimo al Estado.

¿Tiene salida el círculo infernal de la destrucción de la alternativa y de la alternativa de la destrucción? Tiene, pero eso no se pregunta a los individuos en las encuestas porque no reside en respuestas individuales.