Opinion · Espejos extraños

El pasado aún es lo que fue

Corría el año 1977, el presidente de la República [de Portugal] era el general António Ramalho Eanes y el primer ministro, el doctor Mário Soares. Uno de los más ilustres e íntegros intelectuales del pos-25 de Abril intentó publicar un artículo en un diario lisboeta. En él comentaba el Plan de Medio Plazo 1977-80, que la secretaría de Estado de Planificación, Manuela Silva, acababa de presentar. El director del periódico le pidió con timidez que «ablandase» los adjetivos que dirigía al Partido Socialista (PS). La propuesta fue rechazada y el artículo no se publicó. Vería la luz seis años más tarde, en un libro del autor. La cita es larga, pero pienso que merece la pena  para entender los nudos corredizos que han asfixiado la democracia portuguesa en los últimos 40 años.

Estuve hace días en un conciliábulo bastante concurrido donde había numerosos líderes de la más variada izquierda, y donde se discutían las «grandes opciones del Plan 77-80». Escuché una brillante exposición que me pareció merecer un generalizado consenso, más allá del suscitado a lo largo de los debates que se sucedieron durante horas. Los puntos centrales del análisis eran los siguientes:

a) que las grandes líneas de aquel documento apuntaban hacia una solución de izquierda para la «crisis económica» portuguesa;

b) que tal solución implicaba que el Gobierno (léase PS) renunciase a «buscar al empresario perdido» (léase a privilegiar las alianzas de derechas) y se decidiese finalmente, como «partido de Izquierda», a utilizar los resortes fundamentales del sector público y a seguir al pie de la letra el «modelo Constitucional»;

c) que toda la izquierda de este país debería apoyar al Gobierno desde el momento en que éste se empeñase en ese meritorio esfuerzo;

d) que, de otra manera, no tardarían en aparecer los hombres del Fondo Monetario Internacional con un nuevo «plan de estabilización» tipo impreso-que-basta-firmar, como los que en los últimos meses fueron impuestos a Egipto y a Perú (seguidos de represión, muertos, heridos, etc.), por no hablar de Inglaterra e Italia.

Ahora sucede que el orador sabe tan bien como nosotros que las llamadas «grandes opciones del plan» (no interesa si más o menos de izquierda, más o menos consistentes) no pasan de ser un papel que poco vale frente a las condiciones políticas concretas. Y éstas nos dicen que el PS no es, ni tampoco es presumible que lo sea a corto plazo, el «partido de izquierda» que fantasean los falsos avestruces. El Partido Socialista, en particular su aparato, es antes —todos lo sabemos— un partido del arribismo, del oportunismo, de la «pasta»; un partido para el cual la Constitución (¡para cuanto más el Plan!) es un papel de valor muy relativo; un partido de sorprendente vocación totalitaria, y si no véase la vergüenza de la información oficiosa, del relleno de puestos de influencia y poder; y sobre todo es, en este momento, el «partido del extranjero», como tan bien lo definía Gramsci: «Cuanto más subordinada a las relaciones internacionales está la vida económica de una nación, tanto más un partido determinado representará esta situación y la explotará para impedir el adelanto de los partidos rivales (…) [Ese partido], en realidad, representa no tanto las fuerzas vitales del propio país como la subordinación y el sometimiento económico a las naciones hegemónicas o a alguna de ellas». Es, al fin y al cabo, un partido vacío (de proyecto, de imaginación, de convicción, de base social —de socialismo—) y, por mucho que eso nos preocupe, condenado.

Esto significa, entre otras cosas, que para el Gobierno es mucho más importante y urgente la negociación (¿?) de los no sé cuántos millones de dólares con el FMI, que condicionan el «gran préstamo» salvador (del Gobierno), que el respeto por lo que pueda estar escrito en las «grandes opciones» —que, por otra parte, los peritos del Fondo no se tomarán la molestia de leer—. En resumen: mucho antes de estar elaborado el plan propiamente dicho, todo será puesto en cuestión por esta vía poco elevada. Y el primer destacamento de hombres del Fondo ya anda por aquí.

La cuestión no es, pues, «¿qué hacer para evitar que el PS se alíe a la derecha, para que se reconozca de manera concluyente  como un partido de izquierda?», sino otra: «¿Qué hacer frente al hecho muy concreto de que el PS no sea aquello que nos gustaría que fuese?» Por más que se intente esconder ese hecho y evitar excesos de lenguaje que «empujen al PS hacia la derecha» o que den origen a una «división del PS, tan peligrosa para la democracia» (lo que es verdad), eso no evita que esos riesgos se concreten cada vez más, ante el falso espanto y culposa impotencia de los que creyeran que es mejor «fingir» en lugar de enfrentarse a la desagradable verdad de nuestra situación política» (João Martins Pereira, En el reino de los falsos avestruces. Lisboa: Regra de Jogo, 1983, pp. 141-143).

Polémico como era, João Martins Pereira acentuaba sus posiciones con una mordacidad quizá exagerada, pero su debate con otros dos grandes intelectuales, uno de ellos aún felizmente vivo, Eduardo Lourenço y Eduardo Prado Coelho, muestra como en aquel tiempo las opciones políticas pesaban más que las opciones de los mercados. Al igual que  el director del periódico lisboeta, también yo discrepo de algunos de los adjetivos dirigidos al PS por J.M.P., pero ni por eso pienso que tuviese que ser silenciado. Discrepo sobre todo del modo ligero y displicente con el que J.M.P. trata un documento notable como fueron las Grandes Opciones, y al que volveré más tarde. Pero no es eso lo que interesa ahora.

Casi 40 años después, es demasiado fácil reconocer que los juicios en caliente son tan vehementes como parciales. Lo que interesa ahora es la pregunta que de inmediato se plantea: ¿qué ha cambiado entre 1977 y 2014? Cambiaron muchas cosas. La cuestión del «empresario perdido», que se discutía mucho, se refería a la falta entonces sentida de una burguesía nacional (hoy se diría una clase empresarial) fuerte, innovadora, con capacidad para invertir a partir de las condiciones concretas del país, en vez de continuar exigiendo siempre nuevas condiciones (aparentemente nunca suficientes), fuesen éstas la modificación de la Constitución o de las leyes laborales, para finalmente invertir. Esa sería la base social de una democracia moderna, europea e inclusiva. De hecho, aquel empresario siguió perdido durante décadas, aunque parece que fue hallado muy recientemente: con las privatizaciones. No es portugués y, en algunos casos, es incluso un Estado extranjero, pero eso aparentemente poco importa. También cambió el partido del extranjero. Ahora es el PSD y no el PS, pero eso aparentemente tampoco importa, pues hasta es probable que los dos partidos se coliguen después de las próximas elecciones.

Pero, por otro lado, todo sigue igual. La crisis económica sufre su enésima metamorfosis. El FMI ya andaba por aquí y acá continúa. El PS ya era la gran obsesión de la izquierda, por no ser lo que la izquierda quería que fuese, y así continúa. La posibilidad de una coalición a la izquierda ya era entonces uno de los mitos de la salvación, junto a otros dos que marcaron los últimos 40 años y que tuvieron destinos diferentes: el mito de la integración en la CEE, hoy UE, y el mito del eanismo. El primero, con la crisis más reciente y la troika, pasó de mito de salvación a mito de condena al subdesarrollo eterno. El segundo, por el que apostó buena parte de la izquierda,  a pesar de que el general Eanes siempre había dicho que no era de izquierdas, se desvaneció sin pena ni gloria y solamente la notable discreción del personaje permitió que no dejase rastro.

Resta el mito de la gran coalición de izquierda. Su gran mérito es no haber sido usada seriamente como fundamento de la acción política. Frente a lo que sucedió con otros mitos, lo mejor es depender menos del maximalismo de los mitos y apostar radicalmente por las posibilidades concretas. Más vale una izquierda en mano que dos volando. El problema surge cuando la primera no termina siendo de izquierda o, peor aún, si la mano que la sujeta es la equivocada. Incluso dando por supuesto que este problema ya existía en 1977, hoy es mucho más serio, y los militantes del PS deberían ser los primeros en reconocerlo. Si J.M.P. estuviese hoy con nosotros, sospecho que concordaría conmigo, aunque discrepase con la posibilidad de que los militantes del PS hicieran lo que yo les pido. Infelizmente, tal vez tuviese razón.