Espejos extraños

Un extraño desencuentro entre las izquierdas portuguesas

El primero ministro de Portugal, Antonio Costa, realiza unas declaraciones a los medios, después de un encuentro con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Bruselas. REUTERS/ Olivier Hoslet/Pool
El primero ministro de Portugal, Antonio Costa, realiza unas declaraciones a los medios, después de un encuentro con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Bruselas. REUTERS/ Olivier Hoslet/Pool

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Para quien recientemente publicó un libro titulado Izquierdas del mundo, ¡uníos! (Icaria, 2018), las últimas semanas han sido particularmente desalentadoras sobre la política de izquierdas en Portugal. Pero también muy reveladoras. Me refiero a las negociaciones sobre el Presupuesto de Estado (OE, por sus siglas en portugués) para 2021 entre el Partido Socialista, (PS), partido del Gobierno, pero minoritario, y los dos principales partidos de izquierda, el Bloco de Esquerda [Bloque de Izquierda] (BE) y el Partido Comunista (PCP). Estos tres partidos garantizaron la estabilidad política entre 2016 y 2020 y la recuperación de la esperanza de los portugueses tras la devastación austeritaria de la derecha neoliberal entre 2011 y 2015. Las negociaciones entre el PS y el PCP tuvieron éxito. Pero no ocurrió lo mismo con las negociaciones entre el PS y el BE. Tuve el privilegio de acompañar de cerca las negociaciones entre el BE y el PS. Un análisis superficial del discurso de los portavoces me llevó a creer que probablemente desde el principio ninguna de las partes quería llegar a un acuerdo. Sin embargo, a medida que se acercaba la conclusión del proceso y analizaba la documentación disponible, comencé a sospechar que la resistencia al acuerdo provenía principalmente de los órganos dirigentes del BE. Por la siguiente razón. El órgano que tomó la decisión es la Mesa Nacional, compuesta por casi 80 personas, que votaron unánimemente en contra de la viabilidad del Presupuesto de Estado cuando las encuestas indicaban que casi el 70% de los votantes del Bloco defendían su viabilidad. ¿Es posible imaginar un divorcio más grande entre los líderes de un partido y su electorado? ¿No es aún más extraño que esto suceda en el partido que defiende la democracia participativa? ¿No hubo en ese cónclave una sola voz y voto que llamara la atención sobre la gravedad de este divorcio, especialmente en el dramático periodo de crisis sanitaria que atraviesa el país? Tal unanimidad, sobre todo en las circunstancias actuales, no puede suscitar sino perplejidad.

Las condiciones actuales son diferentes de las de 2011 y la posición del BE no significa necesariamente una crisis política, aunque debilita la posición del partido gobernante. Pero no deja de ser frustrante que, una vez más, el BE se una a la derecha para derrotar a un gobierno de izquierda. Sobre todo, un gobierno de izquierda que, en los últimos cuatro años, ha sido mejor que el anterior gobierno del PS, en buena medida debido a la colaboración del BE. Cabe destacar que en 2011 tanto el BE como el PCP votaron contra el presupuesto complementario del partido gobernante, el PS y con eso provocaron la caída del Gobierno y la convocatoria de nuevas elecciones, ganadas por la derecha neoliberal. Ahora no, el PCP, al contrario del BE, ha decidido colaborar con el Gobierno. Todo indica que el PCP analizó mejor las consecuencias políticas de la votación de 2011. Si la situación de 2011 era diferente a la actual, esto no significa que la responsabilidad política del voto del BE sea menor. En 2011, la crisis era interna al capitalismo (la crisis financiera) y al sistema político europeo. El BE, como partido anticapitalista, podía lavarse fácilmente las manos. Por el contrario, la crisis actual es externa, se debe a la pandemia y está golpeando a todos los países de manera descontrolada.

Sabemos que las políticas neoliberales de las últimas décadas tuvieron como objetivo incapacitar a los Estados para proteger eficazmente la vida de los ciudadanos. La salud pública, una inversión pública crucial para garantizar el mayor número de años de vida saludable a los ciudadanos, fue transformada en costo o gasto público y, por tanto, blanco de las políticas de austeridad y privatización. Puede afirmarse que el Sistema Nacional de Salud (SNS) estaba mejor preparado hace diez o veinte años para proteger la salud de los ciudadanos que ahora. Aun así, y considerando todo esto, no cabe duda de que, dada la magnitud de la pandemia actual, ningún gobierno podría estar adecuadamente preparado para enfrentar el grado de emergencia de salud pública que esta representa. Este es el hecho político más decisivo de la coyuntura y solo por ceguera política no podría haberse tenido en cuenta. Trágicamente, esto fue lo que sucedió. De manera coincidente, el desacuerdo entre los dos mayores partidos de izquierda se consumó el mismo día que, en la vecina España, el gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos presentaba una propuesta conjunta y con una lógica presupuestaria similar a la portuguesa, aunque más valiente. Entre líneas se puede leer cómo se arreglaron las diferencias para frenar el paso de la derecha y no irritar demasiado a los países del norte de Europa. ¿Qué faltó en Portugal para que pasara lo mismo?

Señalado esto, dígase en beneficio de la verdad que las exigencias del BE son justas y buscan proteger más eficazmente la salud de los portugueses y garantizarles una protección más sólida del empleo y de los ingresos de los portugueses que más lo necesitan. Así como el PS se enorgullece de haber contado entre sus dirigentes con un visionario consecuente del SNS, el recordado Antonio Arnaut; el BE está orgulloso de lo mismo, en la persona del recordado João Semedo, no menos visionario y consecuente. No se puede cuestionar que ambos partidos defienden el SNS, pero el BE entiende, y bien, que para defender el SNS a largo plazo son necesarios cambios estructurales, que tienen que ver no solo con remuneraciones y número de profesionales, sino también con carreras y dedicación exclusiva. Por increíble que parezca a los portugueses después de tanta agria discusión, el PS piensa lo mismo, como está en su programa, solo que entendió, con razón, que, en este momento, los cambios estructurales provocarían un ruido político incompatible con la necesidad de concentrar la gobernanza en hacer frente a la pandemia. Ambos partidos saben que el Colegio de Médicos está hoy en manos de fuerzas políticas conservadoras vinculadas a los intereses de la salud privada y ha sido en esta crisis la oposición más insidiosa al gobierno. Para estos médicos (afortunadamente no para todos), la prioridad es la economía de la salud, no la salud pública. Siendo todo esto evidente, ¿no sería fácil un entendimiento si existiera, por ambas partes, voluntad de negociar?

El BE tiene razón igualmente en temas laborales, especialmente en la reversión de la precarización del trabajo que se produjo con el gobierno del Partido Social Demócrata-Partido del Centro Democrático Social (PSD-CDS) a partir de 2011. Aquí también el PS no está lejos del BE, como lo manifestó en ese sentido en el pasado. Pero aquí también la resistencia del PS tuvo una justificación que debe ser entendida, aunque no se considere convincente. Los cambios podrían llevar a los países del norte de Europa, llamados "frugales", a dificultar la aprobación del Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia (PRR) para 2021/2026, como estos países tuvieron el cuidado de advertir. Se trata de un plan ambicioso con una gran parte  de financiacion a fondo perdido. Aquí el PS tenía la obligación de leer mejor la situación y ver que existe una UE post-Brexit relativamente diferente a la anterior, aunque no siempre por buenas razones. Había condiciones para arriesgar más, liberarse de la tutela y no ser rehén de las próximas elecciones de marzo en Holanda. Pero siendo cierto que quien ganó las elecciones fue el PS y no el BE, se hubiera podido encontrar acomodo, por ejemplo programando los cambios para una fecha concreta posterior.

Finalmente, el BE tiene razón también sobre el tema del Novo Banco. El "negocio" con el fondo buitre que se apoderó de un importante banco no es solo un robo que para ser "legal" tiene que ser total (extorsionar hasta el último centavo), sino que es un atentado a la autoestima de un país europeo puesto en la condición de república bananera. Aquí, sí, había una incompatibilidad, y la única forma de superarla sería sacar al Novo Banco del OE. No era imposible pero, de nuevo, presuponía una voluntad recíproca de pactar, además de un poco de sabiduría popular: se van los anillos, queden los dedos, siendo los dedos en este caso la estabilidad política en tiempos de extrema emergencia sanitaria.

Se ha perdido una oportunidad política que difícilmente se repetirá con estos dirigentes. La falta de visión política puede haber puesto en tela de juicio lo que más se quería defender: la estabilidad que posibilitaría una lucha eficaz y consensuada contra la pandemia y frenase tanto el avance de la derecha como las facciones más dogmáticas de los dos partidos, que siempre estuvieron en contra de entendimientos interpartidarios. Sobre todo, el desacuerdo concedió en diez años una segunda oportunidad de oro a la derecha (y ahora también a la extrema derecha) para, sin gran esfuerzo ni mérito, volver al poder y producir retroceso.