Opinion · Estación Término

Violencia y libertad en el morir

Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD)

 

Hace unas horas he oído una información en una cadena de televisión sobre los accidentes de tráfico y las muertes que van ocurriendo en estas semanas de vacaciones. Demasiados muertos en tiempos de libertad y disfrute; demasiados jóvenes que quedaron en la cuneta de la vida: casi la mitad son personas menores de 45 años. Quieras que no, estas informaciones me han hecho volver a una reflexión de Cicerón. En su obra ‘De senectute’ (Sobre la ancianidad) escribe de la muerte de los jóvenes. Como él, ya viejo, me hago la misma reflexión ante tanta gente joven a la que la muerte le ha sorprendido cuando su organismo estaba plenamente sano y no tenía relación con una amenaza de muerte. “¿Que más natural que los viejos mueran?”, decía el viejo Cicerón. Pero lo que le extraña a él y a cualquiera es que muera un joven: “La muerte de un joven es como apagar un gran fuego arrojándole un diluvio de agua. Sin embargo, el viejo se muere como el fuego que se apaga porque se han ido consumiendo todas las brasas, de manera natural, sin medios artificiales. Así como las manzanas verdes se arrancan y las maduras caen por sí mismas, de igual manera la violencia arranca la vida a los jóvenes y los viejos mueren de maduros que ya están”.

viejo-y-adolescente-leonardo

No podemos quedarnos en la estadística fría de las cifras. La violencia que ha arrebatado la vida a esta gente ha sido muy destructora. A todos la naturaleza y la acción de los padres nos entregan la vida para que a lo largo de los años la vayamos trabajando como artistas. Se nos entregó la vida como libro en blanco y nosotros gracias a nuestro arte de vivir y con nuestro propio estilo vamos escribiendo nuestra biografía letra a letra, línea a línea… El viejo que muere se puede sentir satisfecho de los capítulos escritos, pero a quien la violencia le arrebata la vida todavía le quedaban ideas, ilusiones, nuevos episodios en su cabeza por vivir y escribir que han quedado definitivamente olvidados y perdidos. No ha podido vivir toda la propia vida que había proyectado…

 

La violencia en forma de imprudencia agresiva de otro vehículo o la imprudencia no menos agresiva propia del fallecido ha segado definitivamente unas biografías que han quedado pendientes para siempre. A veces la vida deja de ser una buena y sana convivencia entre los hombres para ser un enfrentamiento, un choque destructivo como es este caso, pero que no es único. La vida conoce otras violencias. Yo siempre llevo entre ceja y ceja la violencia que no permite a tantos enfermos que desean escribir el último capítulo de su biografía cuyo título sería escrito con plena libertad: “Basta, hasta aquí he llegado…”. Quieren estas personas que viven circunstancias trágicas terminar su vida y piden ayuda para morir, pero la ley, los poderes públicos les arrebatan el bolígrafo de su mano, y el último episodio, el que iba a contar la vivencia de la libertad de morir, y terminar para siempre, el capítulo de la Estación Término queda pendiente, totalmente inédito… Y secuestrada la libertad del enfermo que solicita morir, se le retuerce su voluntad y se le amarra a la cama… Queda condenado por el tiempo que le quede de vivir -si a esto se le puede llamar vida- contra su libre voluntad y con la tortura de sufrimientos físicos y morales de los que desearía definitivamente liberarse. Esta es otra clase de violencia tan dura o más que la que semana a semana nos cuentan de la carretera. Pero de esta violencia que machaca cual chatarra la libertad de las personas, no se habla, no se reflexiona.