Estación Término

El derecho de salida

Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD)

Siempre me ha gustado la expresión de los romanos -de la Roma clásica- que explicaba la muerte como "dejar de estar con los hombres". La vida es como una tertulia de amigos y cada uno se levanta de la silla y se despide al tiempo que dice ‘vale’, como expresión de despedida, en un adiós para siempre. Esta manera de comportarse está de acuerdo con el pensamiento de Séneca que en su libro ‘De la brevedad de la vida y otros diálogos’ comenta: "Entiendo que tenía razón Curio Dentato al decir que prefería estar muerto a vivir muerto: el peor de los males es salir del número de los vivos antes de morir". No sé quién era tal personaje al que alude Séneca, pero ciertamente hay que darle la razón: su pensamiento parece escrito para el siglo XXI. Hoy día hay bastantes viejos y no tan viejos que viven muertos antes de morir y en talante romano podían haber dicho adiós asumiendo que el tiempo de morir ya les había llegado. Y esos muertos que de hecho siguen superviviendo -muertos en vida- irán aumentando, a pesar de las ilusiones que nos hacemos sobre los avances en biomedicina.

Esta experiencia de ‘dejar de estar con los hombre’ sobre todo se tiene a partir de cierto tiempo en que por delante o por detrás de la edad que se tiene uno percibe cómo familiares, amigos o conocidos cercanos se despiden y vas quedando en la cola cada vez más cerca de la puerta de salida. En nuestros días no mantenemos tal expresión romana, pero sí cada vez se extiende más otra muy significativa: el ‘derecho de salida’. Si los romanos nos enseñaron el concepto de salir de la vida como dejar la convivencia con la familia, los amigos…, hoy añadimos a la experiencia de salir de la habitación de la existencia el derecho al ejercicio de la propia autonomía, a poder decidir el tiempo y el cómo te levantas de la silla y te despides de todos no con un ‘hasta luego’ sino con un ‘hasta nunca’ en una salida definitiva.

Nunca se nos pidió permiso para entrar en la vida y ‘estar con los hombres’, no pudimos ejercer el derecho a una entrada libre. Pero a la hora de salir nadie nos puede negar el derecho a abandonar la vida por más que el Estado se empeñe en entrar como un intruso en nuestra intimidad y determine normas de convivencia contrarias a la libertad de decidir sobre algo que nos pertenece ya que la muerte es ‘mía’. Está visto que los romanos de hace 20 siglos eran más cuerdos que los habitantes del siglo XXI, muy inteligentes para inventar y de alta tecnología. Sin duda para el romano era natural y coherente que el paso de salida de la sala de estar con los hombres pudiera ser por el propio pie, o bien, en caso de necesidad, apoyándose en el brazo de otro. Sin embargo, el Código Penal español (art. 143), si bien considera lícito el suicidio, prohíbe y pena incluso con cárcel a quien ayuda a otro a morir bien por suicidio asistido o por eutanasia. No tiene en cuenta que la mayoría de españoles está firme y segura en opinar en contra de esa norma que considera sobrepasada y de tiempos en que los dioses dominaban la vida de los hombres. Un casi 80 por ciento (encuesta del CIS en 2009) está de acuerdo con los romanos de hace 20 siglos y en contra de los políticos que hasta ahora se han sentado en el hemiciclo del Congreso. Esa mayoría de la población reclama anular el artículo del Código Penal y que se apruebe una ley que admita la eutanasia y el suicidio asistido, es decir, que el ciudadano pueda decir adiós, salir de la vida siendo ayudado por otra persona. Es obvio y es la sensatez que tenemos en nuestra convivencia humana: quien es torpe para cruzar la calle se apoya en el brazo de otro y quien se desplaza en silla de ruedas es ayudado por el impulso de otro.

Un accidente, un infarto, un síncope puede arrebatarte la vida y sales de la vida sin despedirte de nadie. Pero eso no es lo común; lo mejor sería -y ahí debiera estar la voluntad de los políticos- cambiar la norma del derecho y que el ciudadano supiera que la puerta siempre está a mano para ser abierta, que cuando uno se siente ajeno a la supuesta vida que se lleva, cuando ya no tiene sentido y está de más se puede decir ‘vale’ y morir.

El pensar el cuándo y el cómo salir, el decidirse, el tener derecho de salida de la vida y a ser ayudado por solidaridad si es necesario esto ser persona libre y tener una muerte digna como corresponde a un humano que tiene autonomía y no tiene dios ni amo: es ser libre hasta el final.

Nacer y morir son los extremos de la vida y el destino al llegar a la estación término lo explicaba Einstein en clase magistral al alcance de todos. Una vez se le preguntó que a dónde iría tras morir. Su respuesta: "al mismo sitio donde estaba antes de nacer". La vida es solo un tramo de historia que va de un punto a otro y nada más.