Opinion · ¡Eureka!

«La esperanza de vida será brutal gracias a las impresoras 3D»

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Juan Monzón, con un prototipo de férula en 3D.

 

Por EDUARDO ORTEGA

De una mala experiencia en Telepizza a ser escogido por Microsoft. Sólo dos años separan estos dos episodios en la vida de Juan Monzón (Zaragoza, 1982). En 2013, sin red, dejó su empleo de marketing digital en la empresa y decidió dedicarse a la tecnología. Sin saber exactamente a qué. Nunca estudió una carrera –“por desgracia”-, pero siempre estuvo interesado y cerca de las nuevas tecnologías. Desde los 14 años hasta que se adentró en el mundo de las impresoras 3D con el proyecto Clone Wars, que le cambió la vida. Su salto al vacío acabó en la preaceleradora de Zaragoza Start up Pirates. Fue con tres ideas y se quedaron con una.

La elegida y a posteriori vencedora del certamen es la que ahora le lleva a tratar con la gente de corbata de Redmond. Una férula en 3D que ayuda a la rehabilitación muscular del paciente. Monzón sacó la idea de un tipo de Nueva Zelanda y supo que podía mejorarla. Y lo hizo con unos electrodos que logran que no se pierda masa muscular y con una aplicación en el móvil a través de la cual el médico puede comprobar cómo avanza el paciente y le avisa de cuándo y cómo tiene que hacer sus ejercicios.

Así nació Exovite, que acaba de cumplir dos años de vida. La revolucionaria fórmula que han creado consiste en tres sencillos pasos que apenas llevan cinco minutos, lejos de las horas que se necesitan ahora. El paciente introduce la parte del cuerpo con rotura en una máquina del tamaño de una nevera que hace las veces de escáner y de impresora 3D. Se le escanea, aplican un material sobre la zona del cuerpo afectada y se le imprime una férula directamente sobre la misma. Todo con una más que exigua financiación, que apenas llega a los 100.000 euros.  ¿El secreto? “Gastamos muy poco al mes y hacemos cosas muy chulas. Eso nos permite tener un perfil bajo y no gastar en nada que no sea absolutamente necesario. Intentamos intercambiar servicios con otras empresas para reducir costes”, cuenta el director general y fundador de la compañía.

Según Monzón, las ventajas ante el sistema que se usa actualmente son imponentes y definitivas: es un sistema desatendido (no se requiere a nadie que haga una escayola), ahorran un 30% de costes entre la escayola y la rehabilitación, los médicos podrán dedicar más tiempo a cada paciente y estos se curan un 30% más rápido y en su casa, gracias a la aplicación del móvil, Exopad. Ese es uno de sus puntos fuertes y con el que han atraído a un buen puñado de importantes aseguradoras nacionales e internacionales, que se frotan las manos ante la posibilidad de evitar desembolsar un dineral en indemnizaciones.

Hay unos cincuenta hospitales interesados en España, aunque no demasiados públicos. “No porque no lo hayamos intentado. Hemos hablado, por ejemplo, con el Gobierno de Aragón, sin mucha suerte todavía”. También han seducido a empresas privadas y centros extranjeros. El sistema lo instalan gratis en los centros médicos a cambio de un fijo de 3.000 euros al mes, lo que incluye veinte férulas. El resto de férulas impresas las cobran a 150 euros cada una. Sus visitas por una ristra de países les han dado una perspectiva sobre cómo están la sanidad en nuestro país: “No sé cómo lo hacían antes sin recortes, pero ahora son como MacGiver: con cuatro cosas hacen maravillas. La gestión es mala, pero a nivel de personal son magníficos”.

Monzón y su equipo de seis personas (serán 15 a finales de este año y unos 30 el próximo) se involucraron en las tecnologías de impresión 3D cuando comenzó la fiebre hace un par de años. También surgieron entonces las primeras polémicas, por la posibilidad de fabricar de manera casera armas. “No puedes prohibir las impresoras 3D, con todas las cosas que se pueden hacer para bien, porque cuatro idiotas se hayan puesto a hacer pistolas que sin pólvora no son más que un trozo de plástico”, opina el directivo de Exovite, que cuenta con una sede en Zaragoza y planea abrir otra en la ciudad maña y en Israel.

Parece, sin embargo, que traerán considerables beneficios a medio y largo plazo para la humanidad, aunque las desigualdades entre el Primer y el Tercer Mundo aumentarán de forma extraordinaria. Revolucionarán buena parte de lo que ahora conocemos, como los modelos de negocio y la logística: “Ya no se van a fabricar los productos finales a miles de kilómetros, sino que se van a hacer en tu ciudad, en tu barrio o en tu edificio. No se va a democratizar, eso sí, no va a haber una en cada casa. Lo que ocurrirá es que iremos a un local, como sucede ahora con las copisterías”.

Intensificará también la lucha contra el desabastecimiento de alimentos, porque se imprimirán, y podría hasta finiquitar la experimentación animal, gracias a la bioimpresión: “Se acabará. Si logramos imprimir pieles humanas y probando en ellas cosméticos, por ejemplo, no habrá que tocar a ningún animal para nada”. Podremos, incluso, burlar a la muerte. “Dentro de veinte años, los cirujanos serán capaces de practicar antes de atacar una dolencia rara. Imprimir partes del cuerpo o hacer parches con tu propio organismo salvará muchísimas vidas. Vamos a ser mejores, nos curaremos antes y tendremos que ir menos al hospital. Viviremos muchos más años; la esperanza de vida será brutal”, prevé Monzón.

La revolución de las impresoras nos abrumará en un par de décadas. Exovite pretende que la suya, que comenzará con el lanzamiento este enero, llegue en cinco años. “Podremos ayudar desde a Messi con sus rodillas hasta a la viejecita que se ha roto la cadera”.