Bocacalle

Dos Nobel a palos

Ahora que con todo merecimiento ha recibido el Premio Nobel de Literatura el escritor peruano Mario Vargas Llosa, cuyas opiniones políticas estoy muy lejos de compartir, han sido muchos los comentarios de los lectores de los periódicos electrónicos comparando la obra que avala al autor de La guerra del fin del mundo y la de Gabriel García Márquez, el novelista colombiano premiado con el Nobel en 1982.

Pocos de esos comentarios, sin embargo, se han centrado exclusivamente en la calidad literaria incuestionable de uno y otro escritor. La mayoría no ha podido evitar referirse, a la hora de justificar sus preferencias elogios o denuestos, a la ideología que caracteriza a tan extraordinarios novelistas: Vargas Llosa como defensor del liberalismo, muy lejos de su izquierdismo juvenil, y García Márquez proclive al socialismo y viejo amigo fiel y confeso de Fidel Castro.

Las disputas de los lectores sobre el ideario de quienes se han ganado sobradamente un lugar de cabecera en la historia de la literatura hispánica, basadas en argumentos que para nada tienen que ver con la magnífica obra de ambos autores, me recuerda que don Mario y don Gabriel están enemistados desde hace más de treinta años. El percance ocurrió en Ciudad de México y se saldó con un puñetazo que Vargas Llosa propinó a García Márquez a causa de los problemas sentimentales del primero con su esposa, Patricia, a la que Gabriel habría asesorado al respecto.

Hay también otra versión, en consonancia con las diferencias que ahora exponen sus lectores en los comentarios aludidos, y que basa la puñada de don Mario -de la que dejó constancia un fotógrafo mexicano por indicación expresa de Gabo- en las iniciales discrepancias ideológicas que por esos años apuntaba el distinto itinerario que iban a llevar ambos escritores.

Transcurridos tantos años y sabido que pese a sus discrepancias los dos novelistas reconocen el valor de la obra de uno y otro, sería deseable que la concesión del Premio Nobel de Literatura a ambos hiciera posible dejar atrás las cicatrices de la reyerta. No digo que volvieran a la amistad que se profesaron en su ya lejana juventud, pero sí a una distendida reconciliación. La lengua que hablan en el mundo 400 millones de personas debe mucho a la palabra escrita de los dos para que ambos sigan empecinados en el silencio que propició una muy vieja y puede que olvidada disputa.