Opinion · Bocacalle

Mil muertos de Franco, alcalde de honor

Gracias al documental El tiro de la plaza, presentado recientemente en Salamanca, hoy podemos saber que la represión franquista en aquella provincia costó un millar de muertos, según datos de la Asociación Memoria y Justicia. La cifra es muy alta si se tiene en cuenta que fueron muy pocos los focos de resistencia que se dieron en la provincia y que la capital apoyó de inmediato el golpe de Estado de 1936.

Las primeras víctimas mortales se produjeron en la Plaza Mayor de la ciudad, cuando los militares rebeldes dispararon contra la población civil, tras escucharse un tiro -el que da nombre al documental- y una voz entre la gente congregada gritó ¡Viva la República!, ¡Viva la Revolución Social!, tal y como se cuenta en el film. Las balas acabaron con la vida de siete personas -entre ellas una adolescente de catorce años- e hirieron a diez.

En El tiro de la plaza narran su personal y dura experiencia, como familiares de los vencidos que fueron fusilados y encarcelados por los golpistas, unos cuantos ciudadanos a los que ni la edad ni los años transcurridos han podido reducir o acallar la emoción del recuerdo. El mismo director del documental, el periodista salmantino Javier Laso, no se pudo sustraer a esa emoción al evocar el temple humano de quienes colaboraron con él en la restauración de esta memoria humana tan viva.

Pienso en la espontaneidad de las lágrimas de esos familiares y la frescura con que guardan el recuerdo de las víctimas y no puedo por menos de lamentar, una vez más, la falta de sensibilidad del Gobierno para con tantísimos descendientes de los muertos sin sepultura que siguen enterrados en las cunetas y fosas de España, a los que debería apoyar sin reserva para que los restos de sus deudos encontrasen al fin la reparación y dignidad debidas.

El tiro de la plaza es el primer film que refleja la represión franquista en la provincia de Salamanca. Las primeras víctimas civiles se registraron en la Plaza Mayor de la ciudad, el mismo lugar donde hoy, 74 años después y un trienio más tarde de ser aprobada la Ley de Memoria Histórica, Franco es alcalde de honor y luce su efigie en un medallón de piedra ante la mirada de esos mismos salmantinos cuyo llanto, perenne y vivo como la memoria que guardan, testimonia el documental de Javier Laso.