Opinion · Bocacalle

La seguridad de la princesa Corinna

En calidad de amiga entrañable del rey, al tiempo que buscadora de un trabajo útil para quien firma bajo la rúbrica de duque del empalme, la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein residió hasta hace un año en una vistosa y confortable vivienda de la bien aireada localidad madrileña de El Pardo, de donde solía salir y entrar siempre en lujosos automóviles de alta gama. Si esta señora no fuera más que una potentada ciudadana extranjera, residente en España por amor a la siesta, el sol, las comidas, la tauromaquia o las monterías, no precisaría un equipo de profesionales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad encargado en todo momento de tenerla bajo su control y saber al detalle de su paradero a lo largo de las 24 horas del día. La princesa cazadora de Botsuana, a la que los policías encargados de su custodia dieron en llamar Ingrid por su prestancia inequívocamente germánica, tiene como más señaladas característica en el trato -según quienes la siguieron de cerca- la prepotencia y la arrogancia, así como ir siempre con el cazo pode delante, aunque haya afirmado que trabajó por amor al arte para el gobierno español. También solía alardear, en opinión de las mismas fuentes, de disponer de información privilegiada y saber de asuntos delicados. En cuanto a su salida de Madrid, no se debió a ningún enfado con su amigo entrañable, sino al que al parecer tuvo con la Casa Real, sin que se señale a alguien en especial, aunque quepa colegirlo. Es de agradecer que ese enojo haya germinado, porque una amistad así, por mucha que fuera la entraña, no justificaría en ningún caso que los contribuyentes españoles hayan estado pagando a los funcionarios públicos encargados de la custodia y vigilancia de tal señora. ¿O es que los gastos en seguridad derivados o derivables de las amigas entrañables del soberano se incluyen en el presupuesto de la Casa Real?