Opinión · El desconcierto

La máquina del fango

Que a estas alturas del siglo XXI el bipartidismo haya tenido que volver a recurrir a lo que Umberto Eco denomina como la máquina del fango, tan profusamente utilizada en el último tercio del siglo precedente por PP y PSOE, indica que la campaña electoral no va nada bien ni para Rajoy ni, mucho menos, para Sánchez. Así, el debate en TVE, contrapunto del celebrado unos días antes en A-3, marca un antes y un después en estas históricas elecciones. La basura volcada sobre la pequeña pantalla en forma de insultos e improperios, donde los Cánovas y Sagasta tiraban de navajas de la irracionalidad, certifica la agonía del sistema bipartidista que aún podrá mantenerse en pie por el señor D’Hondt. Si aquel turno de poderes desembocó en la dictablanda de Primo de Rivera, éste desemboca en una áspera lucha entre el cambio democrático y el recambio inmovilista de quienes sólo ofrecen a la sociedad  elegir entre la peste de Rajoy o el cólera de Sánchez.

Se vio desde el primer momento que tirios y troyanos del bipartidismo se encontraban inermes ante la controversia democrática. No se esperaban por aquí, ni a esta hora, ni en esta forma, la ruptura con la vieja política impuesta  por el movimiento popular surgido desde el 15-M. Como las señales de peligro en el camino de la historia sólo se colocan cuando se han producido los accidentes, ninguna fundación ideológica vinculada a los viejos partidos –todas financiadas por Berlín a través de la Konrad Adenuaer o la Friedrich Ebert– advirtió de lo que se estaba gestando desde la derecha e izquierda españolas. Como, además, los jóvenes cuadros del PP y del PSOE, cooptados por su fidelidad a las cúpulas peperas o sociatas, carecen de experiencia personal directa en la sociedad civil o la economía real, no pudieron llegar peor preparados para  afrontar el neoliberalismo de Albert Rivera  junto con la socialdemocracia de Pablo Iglesias.

Precisamente por ello, la primera semana fue letal para los viejos actores de la antigua farsa montada por el viejo tinglado bipartidista. Sin descalificaciones personales ni malos modos, los españoles tuvieron ocasión de asistir a serias discusiones sobre la política económica ajenas a esa dicotomía de fachas o progres tan utilizada en el último cuarto de siglo  por la gerontrocracia socialista o conservadora. Desde posturas neoliberales un Rivera cuestionaba el capitalismo de amiguetes del PP como desde posturas socialdemócratas un Iglesias denunciaba el recorte de los derechos sociales. Si el primero insistía en que ser neoliberal no es sinónimo de delincuencia, el segundo recogía la bandera de la socialdemocracia que Sánchez había arriado proponiendo junto con Rubalcaba aquella ilegalización de Keynes inserta en la reforma del 135 de la Constitución impuesta sobre las espaldas de la sociedad española. Así cuando el debate televisivo plural de A-3 entre las cuatro principales fuerzas políticas, con más de nueve millones de audiencia, Soraya Santamaría y Pedro Sánchez fueron literalmente machacados por Rivera e Iglesias. Todos los sondeos lo reflejaron.

Es entonces cuando el aún líder socialista irrumpe como elefante en una cacharrería conduciendo el camión de la basura hasta el plató de TVE, al que no tarda en subirse Rajoy. De repente, la polémica sobre la respuesta neoliberal o socialdemócrata a la crisis actual, defendida por Rivera e Iglesias, es sustituida por la polémica sobre el indecente Rajoy o el miserable Sánchez. Así, ese rostro amable del bipartidismo que el PP quería presentar junto al PSOE, en ese único debate bipartidista, se transformaba súbitamente en una salvaje lucha ante la angustia de Sánchez abocado al precipicio electoral. Porque si Rajoy se juega, sobre todo, su propia cabeza que pudiera ser servida en bandeja poselectoral a Rivera, Sánchez se juega mucho más, puesto que le es imprescindible frenar la abundante sangría de electores cuando no de cuadros –la penúltima la ministra Garmendia como asesora de C’s– tanto hacia Podemos como hacia Ciudadanos. Desde ese momento, la campaña termina y toda la discusión sobre los proyectos de futuro quedan relegados a la dialéctica entre lo viejo y lo nuevo que obstruye las perspectivas de normalidad. Cabe preguntarse, visto lo visto, hasta qué punto cabe continuar el debate inicial sobre la socialdemocracia y el neoliberalismo sin antes resolver este problema que envenena el escenario político a la vez que cortocircuita la normalización democrática de España.

Conviene no olvidar que la clase política del bipartidismo vive bajo la sombra de la Tangentopoli –Villa Soborno– que terminó en Italia con la I República a principios de los noventa. En poco menos de un año, 1993, el socialista Craxi había huido a Túnez, el demócrata-cristiano Andreotti estaba acusado de complicidad con la Mafia y más de la mitad de los miembros del Senado y la Cámara de los Diputados se encontraron investigados por sospechas de corrupción en las prácticas habituales de sottogoberno o comisiones de los contratos de obras públicas. El extraordinario avance, en menos de un año, de Ciudadanos y Podemos inquieta a quienes durante más de cuatro décadas –tantas como las del régimen de Franco– desde  las más altas instituciones oficiales han hecho de su capa un enorme sayo. Como diría Pujol, cuando se golpea el árbol no sólo cae una rama. Tan cierto es lo que dice la dirección del PSOE sobre el PP como lo que dice el PP sobre la dirección del PSOE.  Esa socialización de la indecencia y ruindad, que nos proponen al alimón, busca desesperadamente que España no reedite aquella limpieza italiana justo cuando nuestro mapa político se italianiza.