Opinión · El desconcierto

Morenés, el último africanista

La mejor noticia de la Pascua Militar es que ha sido la última del actual ministro de Defensa. Con lo que está cayendo es impensable que Rajoy, tras las próximas elecciones generales, sea tan insensato como para volver a nombrar a Pedro Morenés como titular de este importante ministerio. Que unas Fuerzas Armadas estén bajo el mando político de un negociante de armas indica que aquel eslogan de Fraga- España es diferente– era y sigue siendo, por desgracia, mucho más que un reclamo. Nadie sabe mejor que los propios profesionales militares que no se puede encontrar ministro semejante en ningún otro país de todos los que configuran la OTAN. Es más bien propio de Africa que de Europa. Si se mira el mapa tercermundista es un modelo, pero si se mira el europeo es algo exótico. En ese sentido, Morenés es como el último africanista (económico) de un Ejército en el que ya desapareció aquel sector africanista (político) que generó aquella grave cuestión militar que atravesó la historia española a lo largo de los siglos XIX y XX.
Mientras aquel problema militar ya no lo es, las Fuerzas Armadas son un modelo de acatamiento al orden constitucional, lo sigue siendo el ministerio de Defensa. Morenés es el último exponente, eso sí elevado al cubo, de esta asignatura pendiente desde la transición. No se sabe bien por qué, pero el hecho cierto es que no han sido pocos los titulares de Defensa vinculados, directa e indirectamente, con el suculento negocio de las armas. Con independencia del color político, aquí también funciona el bipartidismo, se han ido sucediendo sustanciosos contratos tan legales como dudosamente éticos. Importantes firmas estadounidenses y europeas han colocado sus sofisticados armamentos durante los ministerios, por ejemplo, de los dos Serra, tanto el de la rosa como el de la gaviota. Nada menos que un subsecretario de la ministra Carmen Chacón, nombrada con posterioridad, fue el primero en alertar sobre la “necesidad” de estas compras sofisticadas al plantearse públicamente  su inutilidad. Como si este ministerio fuera un mercado persa con sus comisionistas.
Esta deuda, que ronda los 30.000 millones de euros, es la que deja a los barcos de combate varados como sirenas en los puertos, a los tanques aparcados en los hangares y a los aviones en tierra de las bases militares. Cuando no obliga, como se acaba de informar hace unos días, al alquiler de aviones nodrizas para el suministro de carburante o  la subcontrata de aquellos tristes ataúdes volantes que se estrellaron en Turquia en los tiempos del ministro Trillo. Si a estas compras se añade el recorte del presupuesto de Defensa, derivado de la aplicación de la política merkeliana del bipartidismo, se entiende bien la situación operativa de las Fuerzas Armadas. Máxime cuando, además, tienen que cumplir con sus ineludibles compromisos internacionales derivados de la integración en la OTAN o de los Tratados de Defensa con los Estados Unidos. Así, si se suman  las deudas, los recortes y las obligaciones, apenas permiten poco más que la ocupación del islote Perejil; siempre y cuando, por supuesto, la meteorología anuncie fuerte viento de levante.
Probablemente, Rajoy tenga ya firmado el finiquito del negociante Morenés, pero quien le suceda se negará a realizar esta imprescindible auditoría sobre la deuda de Defensa. Habrá que esperar algún tiempo, no mucho desde luego, a que un nuevo titular, por completo ajeno a este crucial entramado de intereses que rodea a este ministerio desde la transición, la aborde con rigor y responsabilidad. No es sólo una cuestión democrática o ética, que por supuesto lo es, sino sobre todo una prioritaria cuestión militar. Un buen experto en el estudio de temas militares, Federico Engels, analizaba la derrota del Ejército francés por el prusiano, en la guerra de 1870, como consecuencia directa de la atmósfera de dilapidación y especulación del Estado galo que acabó impregnando a toda la política de Defensa de Napoleón II “..en la hora de la prueba, el Ejército sólo pudo oponer al enemigo sus gloriosas tradiciones y la valentía innata de sus soldados, lo cual por sí sólo es insuficiente para que el Ejército siga siendo de primera clase”.