Opinion · El desconcierto

El puntapié del Senado al Congreso

La vieja plaza de la Marina Española, donde hoy tiene su sede democrática el Senado, revive desde ayer el Consejo Nacional del Movimiento, donde tenían su sede los azules de la dictadura que colaboraban con Franco al igual que los tecnócratas del Opus Dei. Cuartel general del búnker durante el tardofranquismo, cuartel general del búnker de la derecha de Casado y los joseantonianos de Rivera, desde los primeros instantes del gobierno de Sánchez. La rebelión del Senado contra la mayoría del Congreso de los Diputados,  que cuenta con el grave e incalificable apoyo político de la presidenta  Ana Pastor, muestra la preocupante subordinación política del Partido Popular a Ciudadanos bajo la batuta de Aznar.

Estos tres tenores, Aznar, Casado y Rivera, entienden la política, parafraseando a Karl Clausewitz, como la continuación de la Guerra Civil por otros medios, según recordaba muy recientemente Antoni Puigverd, uno de los mejores analistas de La Vanguardia. En efecto, suscitar un conflicto institucional con la evidente finalidad de que el Gobierno de Pedro Sánchez no cuente hoy con los Presupuestos, que apoyarían la mayoría  de los grupos parlamentarios, es más bien propio de extraparlamentarios como Vox, o voces extremistas como Ciudadanos, que del Partido Popular. Máxime cuando la Mesa del Congreso, siendo minoría, imita la negativa de la Mesa del Parlamento de Cataluña ahora hace un año, siendo mayoría, de consultar con los letrados.

Una Cámara tan irrelevante como el Senado, tan inútil como el Parlamento Europeo, recupera así su condición de búnker político contra las reformas democráticas. La capacidad de veto del Senado, introducida de la mano indecente de M. Rajoy hace un quinquenio,  no puede ser eliminada por la mano decente de Pedro Sánchez; pero la Mesa del Congreso de los Diputados, controlada por los topos del búnker, sí puede anular la votación de la Mesa de la Comisión de Justicia favorable al Gobierno socialista. Es todo un conflicto político entre la mayoría parlamentaria y la minoría parlamentaria por mucho que se disfrace de conflicto institucional. Justo por ello, Pablo Casado y Albert Ribera se oponen a cualquier consulta jurídica.

Es una constante histórica que cada vez que gana las elecciones el bloque progresista, todo el bloque reaccionario reacciona, valga la redundancia, de malas maneras. En 1982, González fue recibido con ruido de espadas; en el 2004, Zapatero con ruido mediático, donde se le mezclaba con ETA en la matanza de Atocha, y ahora mismo, Pedro Sánchez, con  sonoro ruido parlamentario que busca impedirle gobernar. Sorprende, mucho más en Pablo Casado que en un Rivera con pedigri falangista, que jóvenes cachorros políticos de la derecha española sigan todavía moviéndose justo en los mismos esquemas mentales de sus padres y abuelos que colaboraron estrechamente con Franco. Lo que parecía comprensible en un ministro franquista como Fraga, no lo es tanto en un joven del siglo XXI como Casado.

El progresivo reencuentro de la  mayoría democrática española, el gobierno Pedro Sánchez, con la mayoría democrática catalana, el gobierno Quim Torra, es probablemente una de las causas que pueden explicar este puntapié al Congreso de los Diputados. Si el presidente del Gobierno cita a Quebec como una prueba de que los problemas políticos pueden solucionarse políticamente, nada más lógico que aquellos que viven del conflicto, como Rivera, se rasguen las camisas, boinas y correajes; nada más lógico que los padrinos del 155, como Casado, pongan el grito en el cielo cada vez que escuchan a la vicepresidenta Calvo y a los ministros Borrell, Abalos o Barret hablar sobre la libertad provisional o indultos de los políticos catalanes presos.

En el pecado del búnker llevan la penitencia electoral. Lo pagaron los del búnker azul en la transición y sin duda lo pagarán en las próximas urnas legislativas sus herederos del Partido Popular junto con los tardofalangistas de Ciudadanos. Nada cohesiona más a la actual mayoría parlamentaria y a la mayoría social, que le da hoy y mañana soporte, que la bunkerización de esa hidra involucionista de tres cabezas, la de Casado, Rivera y Aznar. Basta contemplarla para que el PSOE, Podemos, PNV, PdCat y Esquerra de Catalunya cierren filas en defensa de la democracia. Es el canto del cisne reaccionario. Porque la política democrática, ese es su problema histórico heredado, nunca puede ser la continuación  de la guerra civil por otros medios.