Opinion · El desconcierto

El cartero siempre llama dos veces

Los encuentros de Sánchez con Trump o Trudeau, tan preparadas por la Moncloa, son solo una nota a pie de página al lado de las amistades peligrosas de la ministra Delgado con el comisario Villarejo. Lo de menos es si llamó maricón al ministro Marlaska, si desdeña trabajar con mujeres, o si fue testigo de una relación de «tíos del Supremo» con unas menores de edad en Cartagena de Indias. Lo realmente grave, que convierte en anécdota la dimisión de Màxim Huertas o Carmen Montón, es que descorre el velo sobre las cloacas del Estado, allí donde se ubican en amor y compañía algunos jueces, fiscales, políticos, ex-ministros del Interior, periodistas y secretarios generales, en activo o pasivo, del PP y del PSOE.

Sucede que el cartero siempre llama dos veces. La primera hace un cuarto de siglo, cuando un delincuente, que dirigía la Guardia Civil, chantajeó al Estado para tratar de eludir la prisión, y otros dos comisarios, que se comieron el marrón de los GAL, cantaron la traviata de la corrupción, mezclada con el crimen de Estado, en aquella lucha antiterrorista de Interior. La segunda la protagoniza estos días un superpolicía, encumbrado tanto por el PSOE como por el PP, que chantajea a todas las instituciones del Estado para salir de la prisión en la que se encuentra. En julio, el audio de Corina; ahora, las cintas de Delgado y mañana, anuncia el Gordo de Navidad. Desde simples diputados a flamantes jueces estrella, que almorzaron y departieron con el chantajista, viven sin vivir en ellos este otoño.

¿Puede una ministra de Justicia seguir siéndolo una vez conocida su relación con el mayor chantajista del reino de España? La pregunta en boca de Casado o de Rivera es puro cinismo; no lo es en la de Iglesias, Urkullu o Torra. Pero la interrogante más importante es ¿por qué Villarejos destapa lo que Delgado tapaba? Puede ser que no encuentre en Justicia la mano que necesita  para salir de la cárcel, o quizás sea una reacción calculada a la decisión del Gobierno de no investigar las cintas de Corina, ni en la Audiencia Nacional, ni en una comisión de investigación parlamentaria. Villarejos no da puntada sin hilo y el problema para sus comensales es que cuenta con el ovillo de las cloacas.

El problema para Sánchez es que el viejo PSOE que lo defenestró es, junto con el PP, el partido de las cloacas al calor de los conflictos vascos y catalanes. Puede comprenderse, que no aceptarse, que así sea en la lucha antiterrorista, nunca en el  tenso desafío pacífico del soberanismo catalán. La policía patriótica de Jorge Fernández Diaz viene a ser la versión pacífica de aquel GAL de Barrionuevo. Los mismos collares con y sin víctimas. Este indigno contubernio político que vivimos es uno de los principales quebraderos de cabeza para la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno, en la que figura incluso algún diputado que durante el gobierno de Zapatero ordenó a la Guardia Civil la puesta en libertad de Francisco Paesa, sobre el que pesaba una orden de caza y captura, nada más ser detenido en Barajas.

Es mucho más que una cuestión de imagen o un dilema moral. Es, fundamentalmente, un  desafío político para el nuevo PSOE de Pedro Sánchez. Aquellos que pululan por las cloacas son los mismos que ayer obstruyeron la presencia de Podemos en el Consejo de RTVE, impidieron la puesta en marcha de una investigación política y judicial sobre la comisionista Corina, presionaron por la venta de armas a Arabia Saudi y defendieron la inviolabilidad del Rey; los mismos que ven con desagrado la política de distensión con Cataluña y, sobre todo, los que abominan de la relación fluida entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. O sea, los que buscan a toda costa romper la unidad de las izquierdas con las fuerzas democráticas nacionalistas mediante el fracaso de los Presupuestos.

El gobierno de Sánchez, justo porque representa la unidad de los demócratas, debe ser honesto pero también parecerlo. A poco más de cien días de la derrota del PP y Ciudadanos, sobre quienes se sostenía el gobierno corrupto de Rajoy, es todo un alivio para la inmensa mayoría de la sociedad española la última encuesta del CIS. Este sondeo señala que el gobierno de coalición progresista es, hoy por hoy, el preferido frente a cualquier posible opción reaccionaria. Nada, pues, debe manchar la imagen de marca de la actual mayoría parlamentaria. Sánchez debe enviar un mensaje claro a las cloacas. No cabe negociación con los chantajistas, ni cabe intermediario alguno, caiga quien caiga, cueste lo que cueste.