Opinion · El desconcierto

La mala salud de hierro de Sánchez

Pese a los certificados de defunción de Sánchez, que ya sugieren prestigiosos observadores, acompañados, claro está, de unas fechas de apertura de las urnas generales, el muerto goza de buena salud, o, mejor dicho, de una mala salud de hierro. Más allá de las consignas de rigor, traidor para unos y cobarde para otros, ninguno de los que las profieren, sean siglas o líderes, puede tenerse en pie ni política ni electoralmente. De hecho, si el actual gobierno lo es, se mantiene y va a entrar en el 2019, se debe a que durante casi medio año, desde la moción de censura, carece de compromisos políticos y fue votado gratis total por todo el arco parlamentario, a excepción de las dos derechas, la corrupta del PP y la cerril de Cs.

El escenario que hizo posible el gobierno de Pedro Sánchez se ha multiplicado al cubo. Solo faltaban las aventuras de Cospedal con el comisario Villarejo, espiando a los propios (Arenas) como a lo ajenos (Rubalcaba), para intuir que Pablo Casado tiene los días tan contados como los tuvo hace unas dos décadas Hernández Mancha, antes de la designación de Aznar. Es tan solo cuestión de tiempo, hasta la anunciada debacle en las próximas elecciones generales, que un tercer gallego, tras Fraga y Rajoy, se traslade a Madrid para hacerse cargo del Partido Popular, a fin de adecentarlo. Si Feijóo no pudo en julio entrar en Génova, debido a otro oscuro dossier elaborado desde un importante despacho contiguo al que tuvo Rajoy en la Moncloa, podrá hacerlo justo antes, en, o después de 2020.

 La romería organizada por Albert Rivera a Alsasua  eleva a la enésima potencia el  cerrilismo joseantoniano de Ciudadanos. Intentar catalanizar Navarra, como si ya no fuese suficiente el conflicto con la actual Generalitat, es de una irresponsabilidad política insuperable. El programa enunciado ayer en Altsasu, de hecho un programa común de las tres derechas que compiten en un mismo espacio electoral, desmiente cualquier supuesta veleidad centrista de Ciudadanos, esa que algunos entrevieron, tras admitir Rivera la tramitación de los Presupuestos. Veremos que conclusiones extraen Isidro Fainé, ex-presidente de la Caixa, y José Antonio Alvarez, Banco Santander, de la excursión de su pupilo por tierras navarras.

Bien lo saben Casado y Rivera, Rivera y Casado, cuando se agarran como clavo ardiendo a los presos políticos catalanes. La acusación de traición que formulan contra Sánchez entra en crisis y se devalúa cuando coincide con la de cobardía que le lanzan los soberanistas catalanes sobre el próximo juicio en el Tribunal Supremo.  O se es un traidor, o se es un cobarde. Difícil ser ambas cosas. Acusaciones que se contradicen. Rajoy instó al fiscal Maza, pero Sánchez, por lo que se ve, no ha instado a la fiscal Segarra. Ni la situación actual de Cataluña es idéntica a la que existía hace justo un año, por mucho que puedan intentar revivirla ahora, tanto el Partido Popular como Ciudadanos, con acciones y propuestas encaminadas a relanzar un choque de trenes nacionalistas.

La experiencia de los líderes abertzales, Otegi y Usabiaga, seis años en prisión por una sentencia política, sobre la que hoy mismo se pronuncia el Tribunal de Estrasburgo, sin pegar ni un puntapié en la mesa, no deben andar muy lejos de los líderes catalanes, Oriol Junquera y Jordi Sánchez, cuando animan a sus compañeros a que hagan política al margen de su  situación procesal. Saben que la penúltima esperanza de Casado y Rivera es que el soberanismo catalán les haga el trabajo gratis de terminar con un gobierno progresista como el presidido por Sánchez, debido a que mantener un acuerdo político entre uno que se encuentra en la Moncloa y otro en prisión es harto complicado. Tanto, que la infantil demagogia que desparraman sobre Cataluña solo busca quebrar un largo horizonte progresista.

Además, la sombra de Franco sobre Casado y Rivera es la imagen que proporciona el Partido Popular y Ciudadanos al bloquear en el Congreso de los Diputados una enmienda de la Ley de Memoria Histórica que impida el enaltecimiento de la dictadura fascista, en la  cripta de la catedral de la Almudena. La exaltación del franquismo es un anacronismo histórico y un disparate político que retrotrae a los tiempos preconstitucionales de Arias Navarro. Evidentemente, solo tratan de impedir que el Gobierno gobierne, pero el precio que pagan por ello es considerable. Tanto para las instituciones democráticas como para sus propios partidos, y  no digamos para el prestigio de España.

En la debilidad aparente de Sánchez reside su fortaleza. Cuanto más débil parece, más se fortalece. No hay más que fijarse en los que proponen administrarle la extremaunción tras desahuciarle, para que quienes asisten al enfermo de la Moncloa reaccionen superando el error que podría llevarles al horror del que acaban de salir tan solo hace casi medio año. Salvo que Pedro Sánchez pueda equivocarse de enemigo, todo puede ocurrir en esta coyuntura, seguirá contando con una mala salud de hierro. Está, desde luego, en el momento oportuno y justo, en el lugar idóneo para seguir concitando el apoyo de todas las fuerzas democráticas de la sociedad española. No es por Sánchez por quien doblan hoy las campanas a muerto. Más bien doblan por los que quieren suministrarle los óleos.