Opinion · El desconcierto

¿Por qué el ansia electoral de Casado y Rivera?

Quienes como Casado y Rivera confunden la dialéctica con el pensamiento zen no comprenden como en la debilidad de los 84 diputados del PSOE radica la fortaleza de Sánchez. La cantidad de escaños del socialismo se transforma en clara calidad de escaños, precisamente porque los restantes grupos parlamentarios no están hoy ni mañana en condiciones de articular una mayoría opuesta a la socialista. Si lo estuvieran o lo fuesen a estar, Sánchez ya no estaría en la Moncloa o estaría en vísperas de abandonarla. Sólo desde ese pensamiento zen, tan caro al idealismo religioso de la derecha, cabe dar por sentado que lo cuantitativo nunca puede transformarse en cualitativo, como bien enseña el pensamiento dialéctico.

La desesperada obsesión electoralista de Pablo Casado y Albert Rivera, que no paran de exigir la inmediata apertura de las urnas generales, obedece a esa oscura confusión entre la apariencia de la realidad y la realidad. Obnubilados aún por la moción de censura, que amputó las manos de Casado tanto como los pies de Rivera, buscan devolverle la operación a Pedro Sánchez impidiéndole que saque adelante los Presupuestos del Estado y, sobre todo, el gasto social. No con la finalidad de que el Partido Popular y Ciudadanos puedan hoy mejorar sus perspectivas electorales, ni su horizonte político, sino con el evidente objetivo de que el Partido Socialista empeore las suyas tanto electoral como políticamente.

Las tres derechas, PP, Cs y Vox, saben bien que sin el apoyo de la minoría vasco-catalana Pedro Sánchez no podría ser investido nuevamente presidente, una vez que vuelva a ganar las elecciones como vienen señalando la casi totalidad de los sondeos preelectorales. Si PDeCAT y Esquerra Republicana no parecen muy predispuestos, hoy por hoy, a votar los Presupuestos de Sánchez ¿cómo votarían su investidura con los consejeros en prisión o sentados en un banquillo de los acusados ? Así toda la derecha, que como Dios escribe siempre con los renglones torcidos, presionaría al viejo PSOE, ahora durmiente en el nuevo PSOE, para intentar empujar al socialismo en otra dirección. Justamente por ello, necesitan ya unas elecciones que, de celebrarse después del verano, cambiarían el voto catalán.

Con el ansiado adelanto de las elecciones generales impedirían la aprobación de unos Presupuestos con  muy inequívoco contenido social, o, en su defecto, la real aplicación de los más importantes capítulos sociales mediante decretos leyes a los que no podrían más que oponerse en forma de abstención; salvo que opten por el suicidio político. O sea, mucho más voto para el Gobierno, menos para la depauperada oposición de derecha. Por otra parte, ese filón catalán, que tan rentable ha sido para la demagogia del Partido Popular y, sobre todo, para Ciudadanos, ya no da mucho más de sí, dado el ambiente más distendido de la sociedad catalana, que acogerá una próxima reunión del Consejo de Ministros del Gobierno de España, en Barcelona,  el 21 de diciembre.

La mera perspectiva de que Sánchez coma las uvas del 2020 en la Moncloa, después de las del 1 de enero de 2019, pone a Casado, Rivera y Abascal al borde de un ataque de nervios. Las encuestas indican un descenso en la intención de voto de la derecha y, lo que es más importante, su triple fragmentación. Cuanto más se retrasen las urnas, más aumentarán estas tendencias con un claro coste electoral y político. Si la derecha se divide tanto como se multiplica, y la izquierda se mantiene en la unidad progresista, no hay ninguna salida para las fuerzas derechistas. Si en apenas un semestre el presidente Sánchez ha rentabilizado su gobierno en los nítidos porcentajes que ya marcan los sondeos, ¿cuánto lo podría rentabilizar hasta otoño de 2019?, se preguntan Casado y Rivera.

Máxime cuando el bumerán de la demagogia se estampa con el rostro de Abascal en las caras de Casado y Rivera. No estamos ya en los tiempos de Blas Piñar, pura resaca de la dictadura, sino en los de VOX, claro embrión del populismo de derechas, ya desembarcado en las costas de Almería y a punto de hacerlo también en las playas de Málaga y Murcia. Quizás el dato político más preocupante de la actual coyuntura sea que Abascal les ha robado la bandera rojigualda a Casado y a Rivera, por no haber sabido sustraerla de las manos sucias. Por decirlo gráficamente, el mismo día que se inauguraba una bandera de España de 294 metros en la plaza de Colón de Madrid, el 2 de octubre de 2002, aparecía un concreto apunte en la contabilidad de Barcenas de unos 27.000 euros para quien la izaba.