Opinion · El desconcierto

¡Que bonito es Madrid!

En la calle Río Rosas, en un bar próximo al domicilio familiar donde vive la adolescente Manuela Carmena, un hombre está sentado en una de las mesas. Toma un café y lee el periódico, espera al camarada con el que está citado. Algunas personas desayunan en la barra, un camarero las atiende, otro barre. De repente, tres policías de civil irrumpen en el local, uno de ellos conmina, pistola en mano, al hombre que lee y espera. “Arriba las manos”, le dice, mientras los otros dos explican en voz alta que están deteniendo a un atracador. El hombre que lee y espera se levanta y grita, “¡Soy comunista!” Lo sacan a empujones y a empujones entra en el taxi que espera a la puerta del establecimiento. Al volante, el comisario jefe de la Brigada Política Social, Saturnino Yague. Lleva su disfraz favorito, el uniforme azul y la gorra de taxista. Estamos en junio de 1959.  Acaban de detener al dirigente comunista, Simón Sánchez Montero.

El Seat 1500 negro ribeteado de una cinta roja avanza por  Río Rosas, gira a la izquierda y toma la calle de Bravo Murillo. Es un día soleado de primavera. El coche enfila la calle San Bernardo, hacia la Puerta del Sol, donde está la Dirección General de Seguridad. Para distraer su mente, para evitar pensar que sí, que le ha delatado un militante que trabaja en una editorial cerca del bar, Simón observa absorto la ciudad que entra por la ventana del coche. Va en la parte de atrás, atrapado entre dos sociales. Sin dejar de mirar la ciudad que ya no volverá a ver en mucho tiempo, exclama alto, bien alto, para que le escuche con claridad el chófer, el jefe de la Brigada Política Social, “¡Que bonito es Madrid!  y lo será muchísimo más cuando gobernemos nosotros”. Además de su declaración firmada, en la que asume su condición de comunista, nada más dirá ese día ni los que le siguen. Mientras le torturan, ni una palabra más saldrá de la boca del hombre que leía y esperaba.

¡Que bonito es Madrid y lo será muchísimo más cuando gobernemos nosotros! Efectivamente, desde mayo de 2015 gobiernan las fuerzas democráticas el municipio madrileño, y aquella frase de  Simón Sánchez Montero se ha hecho realidad hoy bajo la alcaldesa Manuela Carmena. No hay más que pasear por la renovada Gran Vía para que le venga a uno a la cabeza la historia que aquel santo laico me contó un día. A unos escasos metros del lugar en que fue detenido por los políticosociales, se encontraba  la vivienda de quien tras participar en la lucha democrática desde 1964 convertiría en realidad el vaticinio de Sánchez Montero. El Madrid democrático  está mejor gestionado y, ciertamente, es más bonito de la mano del gobierno municipal que con mano firme dirige Manuela Carmena.

Han bastado sólo cuatro años para que el Madrid popular sea una lección de buena gestión. Menos deuda y más eficacia es el binomio del éxito de la cuenta de resultados municipales del ayuntamiento de Madrid. La Gran Vía no es más que el buen símbolo de la progresiva transformación que está cambiando la capital. Desde aquellos tiempos inmediatamente posteriores al final de la guerra civil, en los que Franco encargó al urbanista Pedro Bidagor Lasarte el diseño del Gran Madrid, como un contrapunto político a las capitales de las provincias traidoras, que es como el franquismo calificó oficialmente a Barcelona y Bilbao hasta 1959, nunca la ciudad había vivido una renovación tan intensa. Lo que bajo la dictadura se trazó de forma nefasta, con corruptelas y  en beneficio de unos pocos, ahora se realiza con sentido y  en beneficio de todos los madrileños.

Madrid ha sido durante estos cuatro años un islote decente rodeado por  el océano corrupto del PP. A saber, Esperanza Aguirre, Ignacio Aguirre, Cristina Cifuentes, Francisco Granados, Rodrigo Rato y demás profesionales del latrocinio que han esquilmado la Comunidad de Madrid. El final de los últimos catorce años de saqueo del Partido Popular, desde aquel siniestro tamayazo con el que dieron un golpe de talón que robó el gobierno de la Comunidad al socialista Simancas, han coincidido con los primeros cuatro del ayuntamiento democrático. Manuela Carmena culmina hoy la ansiada recuperación del municipio para el  pueblo madrileño que iniciara Tierno Galván. Desde aquella experiencia del viejo profesor, que tan excelente recuerdo nos dejó, la vieja jueza ha sabido extraer interesantes lecciones políticas.

Sería oportuno que TVE estuviera a la altura del ayuntamiento de Madrid. Ya que hablamos de dos luchadores demócratas, Sánchez Montero y Manuela Carmena, no se acaba de entender por qué no se emite un documental sobre Julián Grimau, realizado por el cineasta Pedro Carvajal, que se guarda en la nevera desde los tiempos del gobierno de Zapatero, pese a que fue admitido por los responsables televisivos de entonces. Al fin y al cabo, Grimau fue uno de los tres dirigentes del antifranquismo madrileño, junto con Sánchez Montero y Romero Marín (el tanque), en los tiempos en los que la hoy alcaldesa Manuela Carmena daba sus primeros pasos democráticos en la Facultad de Derecho. Justo porque estos hombres lucharon por la democracia, durante la larga noche del franquismo, Carmena ha conseguido que Madrid sea más bonito .