Opinion · El desconcierto

¿Por qué doblan las campanas por Sánchez?

Salvo Jesucristo, a quien la mitología judeocristiana atribuye una resurrección, no hay ser humano que haya vuelto de la otra vida. Conviene advertirlo porque Sánchez, que también resucitó después de haber sido apuñalado por los Brutos de Ferraz, como  corre el riesgo de morir políticamente no podrá resucitar por segunda vez. Si cae, ésta vez será la definitiva. Aunque es cierto que las campanas  doblan por Pedro Sánchez, tras el hundimiento de toda la izquierda en Andalucía, parece aún bastante prematuro ungirle con los óleos sagrados de la Extremaunción, como ya se aprestan las tres derechas de Casado, Rivera y Abascal que, al igual que la Santísima Trinidad, son una en tres y tres en una.  Aunque es bien evidente que ha entrado en una larga agonía.

El Partido Popular y Ciudadanos empiezan a  repartirse la túnica sagrada de Sánchez jugándosela a los dados andaluces. Después de haber despedido a la Verónica andaluza, liquidando las casi cuatro décadas de socialismo a lo Despeñaperros, proyectan el asalto a las trincheras municipales y autonómicas aún en manos progresistas. La batalla por el municipio de Madrid, así como por el ayuntamiento de Barcelona, van a protagonizar esta tensa lucha entre todas las fuerzas involucionistas de la derecha y todas las fuerzas democráticas de la izquierda que hasta las urnas andaluzas parecían seguras para las segundas. Tras las elecciones en Andalucía, todo es posible y nada probable.

Si sin VOX Pedro Sánchez no ha podido ni siquiera consolidar un diálogo fluido con el nacionalismo catalán lo consolidará mucho menos con la potente irrupción de VOX. Es una ecuación infinita. A más nacionalismo catalán, más nacionalismo español y viciversa. Así, los primeros hablan esloveno y los segundos retoman la letanía del 155 mediante intervenciones concretas. No todos los soberanistas están de acuerdo hoy con Quim Torra, pero ninguno lo denuncia políticamente; no todos los unionistas están por volver a las andadas, pero nadie se atreve hoy a desmarcarse. En cualquier caso, aquella mayoría parlamentaria progresista que llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa ha terminado sin que aún se haya roto. La espada de Puigdemont pende sobre la cabeza del presidente del Gobierno.

Pedro Sánchez, como el coronel del relato de García Márquez, no tiene quien le escriba. Basta leer diarios, escuchar emisoras de radio y ver tertulias televisivas para comprobar que la Moncloa tiene menos voces que ayer y más que mañana. Quien más y quien menos se aleja de quien huele a muerto como el presidente del Gobierno. Incluso un periódico como La Vanguardia, que ha sustituido a El País como el intelectual orgánico de la II Restauración de los Borbones, se distancia de la Moncloa a la vez que no ha vacilado en despedir a excelentes periodistas como Rafael Poch, incómodo para los poderosos pese a tratarse de un corresponsal en el extranjero. Además vuelve a ponerse en circulación el argot franquista, subversión e insurrección, al hablar de partidos democráticos nacionalistas o de izquierda.

El milagro de la recuperación de los 700.000 votos perdidos por toda la izquierda en Andalucía son la última esperanza de Sánchez. Si se movilizaran hoy en las próximas urnas, frenarían en seco a las tres derechas. No lo tiene fácil la Moncloa. Ni uno de los cuatro factores que han provocado que la izquierda social abandone a la izquierda política va a poder ser corregido antes de las elecciones generales. No va a ser el caso de Cataluña, desde luego, que se agravará bastante con el inminente juicio a los líderes soberanistas, ni del absoluto desprestigio de la política, derivado de la institucionalización de los políticos, ni de la percepción de la inmigración como un futuro e hipotético problema social, ni mucho menos aún el de la corrupción interminable. No cambian las causas, no aparecen los remedios, una política social, que las combatan

Si cae Pedro Sánchez, como así parece, caería toda la sociedad democrática. La propuesta involucionista, recentralizadora, de las tres derechas, bajo la II Restauración de los Borbones, retrotraería el Estado español a los primeros meses de don Juan Carlos I (noviembre de 1975 a julio de 1976) en los que aquel proyecto de monarquía autoritaria pudo ser derrotado desde abajo por una amplia e intensa movilización social. Si el Borbón optó por destituir a Arias Navarro( una síntesis avant la lettre de las tres derechas de Casado, Rivera y Abascal) fue por la amplia e intensa lucha de los trabajadores. Como bien se ha dicho, si el dictador murió en la cama, la dictadura murió en la calle. Una lección a no olvidar hoy cuando las campanas doblan por Pedro Sánchez.