Opinión · El desconcierto

¿Cómo impedir la mayoría progresista de Sánchez?

Todas las encuestas señalan ya inequívocamente a Sánchez como vencedor de las elecciones del 28 de abril, pero ninguna se moja a la hora de indicar si podrá renovar o no la mayoría progresista con la que pudo barrer la podredumbre del Partido Popular en la Moncloa. Tanto que a poco más de cincuenta días del cierre de estas próximas urnas legislativas, ya comienzan las intrigas sotto voce para sustituirla por otra mayoría, llamada de Gran Centro, pese al carácter netamente reaccionario, antisocial y recentralizador que encierra. Maniobras, claro está, que se desarrollan, fundamentalmente, en el seno del PSOE y Podemos, pero que podrían extenderse también a Ciudadanos, si Rivera no volviera a cambiarse de chaqueta en su negativa a gobernar con Sánchez.

El argumento común de Casado, Rivera y Abascal, para reventar tal mayoría de progreso, radica en la recuperación del viejo concepto franquista del separatismo, por completo ajeno a la Constitución de 1978. Si el PSOE o Podemos no pueden pactar ya con los grupos parlamentarios catalanes y vascos, no queda otra salida que el pacto con toda o parte de la propia derecha. De tal manera, que ahora serían calificados de traición los acuerdos suscritos anteriormente por González o Aznar. Maniobra redonda. De una parte, se margina del escenario democrático a todos los partidos nacionalistas; de la otra, se ata las manos a la izquierda para que nunca sea una alternativa de gobierno. Las tres derechas vuelven a aquellos tiempos fascistas de las provincias traidoras, cuando Francisco Franco calificó así a Vizcaya y Guipúzcoa, oficialmente hasta 1959.

Conviene no devaluar el aviso Soraya Rodríguez enviado por el viejo PSOE. Por muy desacreditada que esté quien ayer fuera portavoz parlamentaria de Rubalcaba, su declaración contra Sánchez es como el introito de la misa negra que le preparan al nuevo PSOE, si persiste en renovar la mayoría progresista. Otoño de 2017, en que Sánchez fue defenestrado, invierno de 2019, en que faltó apenas minuto y medio para que volviera a ser arrojado por la ventana, no serían nada si se compara con lo que pueden aventurar en el verano de 2019. Del mismo modo que la derecha utiliza la España nacional católica como coartada para tapar la creciente desigualdad de los españoles, algo parecido harían los barones socialistas para justificar el deseado pacto del PSOE con Ciudadanos.

Un peón clave en este jaque diestro a Sánchez es el sexto partido creado por Iñigo Errejón de una escisión de Podemos. Volens, nolens, su anterior apoyo al gobierno de Rivera con Sánchez, en febrero de 2016, estimula recrearlo ahora para, supuestamente,  poder frenar a la derecha, aunque en realidad se lanzaría para proporcionar una eficaz cobertura de izquierda a una política de derecha, de la que están imperiosamente necesitadas las élites españolas. Este Más Madrid les viene como anillo al dedo elitista, con independencia de cual sea su intencionalidad real, en orden a la futura configuración política de un gobierno PSOE-Ciudadanos, a la vez que intenta debilitar, cuantitativa y cualitativamente, a Podemos que se opuso entonces a dicho pacto y volvería a hacerlo.

La escisión que hoy sufre Podemos revive la experimentada por el PCE durante la transición. Quienes entonces criticaban a Santiago Carrillo, sin atreverse nunca a sustituirle en la secretaría general, recuerdan ahora a los que critican a Pablo Iglesias, rehusando siempre presentar una candidatura alternativa, como se pudo comprobar en la Asamblea de Vistalegre II. Aquellos críticos del carrillismo no tardaron en militar, por activa o por pasiva, en el PSOE; el tiempo dirá si estos críticos del pablismo reeditarán esta transferencia política. Pero la extrapolación de las tesis del compromiso histórico, para vender la mercancía podrida del Gran Centro, a una realidad como la de hoy es insostenible.

No existe, aquí y ahora, más alternativa progresista que la actual mayoría parlamentaria. Irene Montero lo ha vuelto a recordar ayer mismo. Precisamente porque lo es, se comprende el interés político de las élites por romperla. Está en juego la cohesión social y territorial de la sociedad española, seriamente amenazadas por unas propuestas antisociales y recentralizadoras que, de concretarse, erosionarían el sistema democrático. Si el partido socialista cae o es tumbado hacia esa tentación de gobernar con Ciudadanos, lo pagaría el propio PSOE. Si todavía continúa siendo el partido sobre el que descansa la muy frágil arquitectura constitucional, es porque ha logrado nuclear una clara mayoría progresista. Sin Sánchez, el PSOE sería lo que era antes de Sánchez. Irrelevante.