Opinión · El desconcierto

La insoportable levedad de Rivera

De proponerse públicamente el sorpasso al Partido Popular a vivir bajo la angustia del sorpasso de Vox en sus talones. Esta es la situación, a unas semanas de las elecciones, de un Albert Rivera que, angustiado, observa como la cuenta atrás hacia las urnas avanza en paralelo a su caída en las encuestas. Ciudadanos es ya una burbuja a punto de reventar como consecuencia de la insoportable levedad de su principal dirigente. Nadie como él contó con tantos recursos, y nadie los ha despilfarrado en tan poco tiempo. Es lo que suele ocurrir cuando la ambición desborda a la inteligencia. Aquellos 35 dioses del mercado que lo ficharon para Madrid deben llevarse las manos a la cabeza al presenciar como quien lanzó al estrellato a Ciudadanos contribuye a hundirlo.

El pucherazo electoral en la designación de Silvia Clemente refleja el profundo miedo del líder. Esta anterior lideresa del PP de Castilla-León, envuelta en asuntos nada santos, como se afirma desde la plumas bancarias, además de otros fichajes provenientes del viejo PSOE, denunciados antes como vagos, por el propio Rivera, recuerda el coche escoba que acompaña a los ciclistas en sus competiciones deportivas. Así como este automóvil recoge a los deportistas caídos, cansados o heridos, el coche escoba de Albert Rivera es más prosaico al recoger el ganado de desecho de los demás partidos. Aquí un corrupto, allí  un resentido, más allá un tragapanes, más acá un heterodoxo. Todo es bueno para el convento de Ciudadanos.

El remedio de Rivera es peor que la enfermedad. ¿Qué se podía esperar de una nueva ciudadana como Silvia Clemente si ya hasta el PP corrupto la tenía en su punto de mira? Quizás la necesidad de entrar en el circuito de caciques agrarios– Ciudadanos brilla por su ausencia en el mundo rural–, le haya llevado a mirar para otro lado a la hora de contratarla como intermediaria. Pero era demasiado para la organización de Ciudadanos de Castilla y León. No podían cargar con Silvia Clemente teniendo a Francisco Igea como seña de identidad de la regeneración que Rivera dice defender. Si la única alternativa a la corrupción del PP es la corrupción de Ciudadanos, quien sí gana de todas todas en las tres derechas es Vox.

La sangría electoral de Ciudadanos es imparable por tres errores consecutivos de Albert Rivera. Uno ético, ya comentado, otro político, el rechazo a pactar con el PSOE, que nadie puede creer, y un tercero ideológico, imposible competir con el nacionalpopulismo de Vox sobre Cataluña. No se puede ser decente e indecente, ni gobernar o no gobernar con el PSOE y, mucho menos, defender la soberanía de España en Cataluña a la vez que arrodillarla ante las élites nacionales, europeas o alemanas. Votarle hoy es darle un cheque en blanco que nadie sabe con certeza como usará mañana. No sucede lo mismo con el Partido Popular o Vox. Ese es el talón de Aquiles de Rivera.

En un partido de aluvión, como es Ciudadanos, la incertidumbre se paga en votos contantes y sonantes. Unos, los más conservadores, hacen el viaje de ida y vuelta al Partido Popular; otros, los más ideologizados, hallan refugio en Vox, y los más centristas retornan al PSOE. El Madrid del poder, como decía Vázquez Montalbán, no da crédito a tanto crédito malgastado con Albert Rivera. Los propios intelectuales que cofundaron Ciudadanos se lo acaban de recordar en un reciente manifiesto, y su Biblia internacional, The Economist, no se corta a la hora de excomulgarle. Su autoproclamación como candidato de Ciudadanos, líder de las tres derechas y presidente de Gobierno in pectore refleja la insoportable levedad del ciudadano Rivera.

Luis Garicano, que ha vencido a Rivera en las primarias de Castilla y León al apoyar a Igea frente a Silvia Clemente, apoyada por el líder derrotado, representa hoy la coherencia política de Ciudadanos. El economista apoya la regeneración, pactar con el PSOE y rechaza a Vox. Es decir, una línea de centro derecha adaptada a las necesidades de todos los centros de poder. No parece, sin embargo, que cuente con muchas posibilidades para reconducir un partido desnortado por los sueños bonapartistas de su líder. Garicano no es un político, sino un prestigioso economista neoliberal ansioso de encontrar un partido de derecha limpio del polvo y de la paja corrupta del Partido Popular Su fracaso personal es hoy uno más dentro de la cadena de históricos fallos por crear una derecha democrática y moderna.