Opinion · El desconcierto

La renovación del PSOE: ¿un viaje de ida y vuelta?

Probablemente, las ramas de los árboles de las tres derechas aznarizadas impidan ver el bosque de la segunda renovación del PSOE. Al igual que la primera, dirigida por González contra la anquilosada dirección de Llopis durante la transición, la segunda, dirigida por Sánchez contra la desgastada burocracia que ocupaba Ferraz hasta junio pasado, marca un antes y un después en la más que centenaria historia del Partido Socialista. Las dos listas de candidatos electorales al Congreso, renovadas en un 8o%, y del Senado, en un 86 %, lo reflejaban ayer meridianamente. No solo Susana Díaz, la gran derrotada de este cambio generacional, ha tomado nota, también lo hace toda la sociedad española.

Pero quien más nota toma, en el sentido susanista del término, son los grandes intereses que hegemonizan el escenario político por dominarlo económicamente. Este no puede ser mi PSOE, me lo han cambiado, debe ser el lamento que se escucha hoy en los grandes despachos de los consejos de administración, atendiendo al hecho de que un outsider, como Pedro Sánchez, los ha vuelto de nuevo a derrotar, prescindiendo de unos parlamentarios  que combinaban la militancia en el partido con la atención presta al palco del Bernabeu, versión moderna de la Escopeta Nacional dirigida por uno de los más importantes enemigos de lo público como es la banda de Florentino Pérez. No sabemos lo que será el nuevo PSOE, pero sí lo que fue el viejo PSOE.

Gracias a la dialéctica de los insultos de Pablo Casado, a la veleta intermitente de Albert Rivera y al populismo de Santiago Abascal, la segunda renovación histórica del PSOE no ha encontrado fuertes resistencia. Hoy, como ayer durante la transición, la derecha política aparece tan desnortada como dividida, y el propio Sánchez no tiene más que esperar a las puertas de Ferraz para ver pasar el cadáver electoral de la trinidad del PP, Cs  y Vox, dirigida por esta última formación. Aunque, atención, este  funeral coincide con las maniobras de los poderosos, ya en curso, para que el 29 de abril el PSOE pierda lo ganado el 28 de abril en las urnas. Sin embargo, tras la  profunda renovación de las listas, esa posibilidad solo podría salir adelante si hoy fuese el propio Sánchez quien la encabezara.

Rivera se ha quemado políticamente. Pretender reencarnarse en Adolfo Suárez con el discurso de Blas Piñar ha llevado al declive de Ciudadanos. Tanta es la desesperación política de los promotores del proyecto Gran Centro, que presentan el reciente apoyo de Albert Rivera a los derechos forales de Navarra, concretado en su pacto con el PP y UPN, como el nuevo giro centrista de Ciudadanos. Obviando que hasta el propio general Franco también lo mantuvo, junto a los de Alava, durante los cuarenta años de dictadura. Aún así, después del 28 de abril, Ciudadanos volverá a vivir horas convulsas empujado por quienes hace cinco años sustituyeron a Rosa Díez por Albert Rivera, para que el gobierno de la mayoría electoral no alcance la Moncloa.

Quizás volvamos a estar en vísperas de que Pedro Sánchez se vea obligado de nuevo a retomar el «no es no» a Rivera, si la presión de los lobbies se hace insoportable. Porque la derecha, como Hernán Cortés, ha quemado las naves partidarias a vararlas en el dique político de la recentralización madrileña de la estructura territorial de España y, lógicamente, volverá a radicalizar el tenso conflicto con la Generalitat de Cataluña como medio para impedir que Pedro Sánchez pueda ser fiel al electorado progresista. Convertir el segundo semestre de 2019 en el primer semestre de 2016, con un parlamento bloqueado, podría ser el objetivo inmediato del sindicato de los intereses creados, si el PSOE de Sánchez no reedita aquel PSOE de Rubalcaba.

Sánchez ha elegido la guerra más complicada, en el peor lugar, en el peor momento y contra el peor enemigo. O sea, renovar el PSOE, en un proceso electoral y con las tres derechas marcando el paso de la oca de Vox. Lo que quiere decir que únicamente podrá consolidar la renovación del PSOE si su apuesta electoral del 28 de abril es no sólo un éxito electoral, que todos los sondeos pronostican, sino político, formando un gobierno progresista. Al todavía presidente del Gobierno le ocurre en 2019 lo mismo que le sucedió a Felipe González en 1977. Tampoco tiene marcha atrás, para eso ya estaría Susana Díaz. O bien la mayoría de los  electores españoles le da su apoyo en las próximas elecciones, como hace unos dos años le apoyaron los militantes en las primarias socialistas, o la renovación será un billete de ida y vuelta.