Opinión · El desconcierto

Tras Casado y Rivera, las maletas de Feijóo

Pese al espectacular fracaso de Casado, que ha terminado de hundir al Partido Popular, y de Rivera, que ni siquiera fue capaz de superar en votos al PP en su peor momento, nadie debe doblar las campanas a muerto por el futuro de la derecha. No es verdad que haya entrado en una travesía del desierto, ni  que no tengan más destino que el crujir de dientes. Sería un error confundir la ligereza de Pablo Casado, o la frivolidad de Albert Rivera, con el inicio de la crisis terminal del centro derecha. De hecho, todas las miradas, las del PP y de Ciudadanos, convergen hoy en el largo camino de Santiago, donde Alberto Feijóo preside ahora la Xunta de Galicia mientras aguarda el recuento de los votos del 26 de mayo.

De las tres derechas no quedan ni las raspas políticas, tras haber sido repasadas por los electores del 28 de abril. A la vista está que tanto Casado como Rivera trabajaron para Santiago Abascal copiándole la campaña electoral. De hecho, Vox es el gran vencedor de esa trinidad al pasar de cero escaños a veinticuatro escaños. Su presentación en sociedad, de mano del PP y de Cs en el gobierno de Andalucía, le han llevado directo al Congreso de Diputados, aunque con menor respaldo del que preveían todas las encuestas. O sea, Vox ha venido para quedarse. Este grave error político, haber avalado a quien combate la derecha elitista en nombre de la emergente derecha nacionalpopulista, acabará teniendo serias consecuencias a medio y largo plazo.

Es evidente que no será Casado, el peor político del PP desde los tiempos de Antonio Hernández Mancha, quien pueda hacer frente mañana al nacionalpopulismo. Nada más cerrarse las urnas del 26 de mayo es más que probable que se inicie la cuenta atrás de Feijóo hacia Génova, donde debería haber llegado ya, si antes, en 2018, no hubiese renunciado a su candidatura a las primarias del Partido Popular. Tras comprobar el desastre que es hoy el PP, no cabe pensar que quien pudo obligarle entonces a a retirarse, vaya ahora a repetir aquella jugada sucia contra el presidente de la Xunta. Aunque sólo sea porque un despacho de abogados, por muy poderoso que sea, nunca dispone de las armas del CNI.

Quien como Albert Rivera se ajusta, como el guante a la mano, al estereotipo de la derecha elitista que dibuja hoy Abascal, no puede intentar recuperar el voto de derecha huido a Vox. Al contrario, justo cuando el nacionalpopulismo va a intentar entrar en los barrios de trabajadores, Albert Rivera aparece como el típico señorito ambicioso de La Caixa sin más norte que servir a los poderosos. Ayer, al servicio de Rajoy, mañana al de Pedro Sánchez. No es tan solo el dirigente de Ciudadanos, también Inés Arrimadas, al fugarse desde Cataluña a Madrid, trae el recuerdo de las peores prácticas del lerrouxismo. Un partido escoba que recoge los detritus del PP y los del PSOE nunca puede ser un partido enraizado en la sociedad española.

Casado y Rivera, tanto monta, monta tanto, pagan muy caro haber abandonado a Rajoy para abrazarse luego a Aznar. Ni uno ni otro captaron que el caudillo de Perejil había perdido toda su credibilidad desde el mismo día en el que atribuyó a los etarras la masacre de Atocha, perpetrada por los islamistas, para tapar su responsabilidad en la invasión de Irak. Siguieron al pie de la letra la consigna de esa fábrica de mentiras de la FAES, dirigida hoy por  Javier Zarzalejos, sin comprender que esa mercancía podrida, ni siquiera envuelta en el patrioterismo anticatalán, encuentra venta en el mercado electoral de la derecha española, como bien se ha podido ver en las urnas del 28 de abril.

Aún no ha desembarcado Feijóo en Génova, tampoco se sabe cuándo ni cómo desembarcará, pero el PP ya habla como Feijóo. Todo anuncia, pues, la llegada del tercer gallego a la dirección del Partido Popular tras Rajoy y Fraga. Nada más lógico, por otra parte, puesto que el actual presidente de la Xunta lo es con una mayoría absoluta después de haber ganado anteriormente por otras dos, pero, claro está, como acaba de declarar él mismo en ABC, un presidente de una comunidad autónoma como Galicia no pueda hacer la maleta en diez días. Aunque es bastante probable que tenga que hacerlas en mucho menos tiempo de lo que calcula, una vez que las triples urnas desvelen el voto del 26 de mayo.