Opinion · El desconcierto

La última carga de la Brigada Navarra

La Brigada Navarra, dirigida por el general Mola, fue una de las principales unidades militares sublevadas en 1936 contra las instituciones democráticas de la II República. Su participación en la sublevación, de la que el propio Mola fue el cerebro organizador, jugó un papel tan importante como el que jugara el Ejército de Africa en el triunfo de Franco. Precisamente por ello, la dictadura mantuvo los derechos forales a la vez que acababa con el Estado de Derecho en España. Ochenta años después, la derecha foralista navarra vuelve a ser punta de lanza contra los progresistas navarros, la izquierda española y el futuro gobierno de Sánchez. Estamos ante la última carga de la Brigada Navarra.

La maniobra no es nueva. Ya se ejecutó en verano de 2007, en el famoso agostazo, en el que Zapatero renunció a que el PSOE dirigiese la Comunidad de Navarra. Ahora se trata de que Sánchez haga el agosto de la derecha navarra en junio. El pretexto es el mismo. Defender, dicen, una opción constitucionalista cuando en realidad se trata de que gobierne la Brigada Navarra. Ahora, como entonces, cobra previamente los servicios prestados de Ciudadanos. Albert Rivera, al igual que Franco, reconoce los fueros navarros a la vez que pretende liquidar los derechos históricos vascos, el Concierto, y sociales, con recortes que exprimen el zumo económico a las clases medias y populares.

Como ya no pueden romper el destino político de las urnas, como preconizaba la Brigada Navarra del general Emilio Mola, tratan de ningunearlas. Apenas han pasado treinta días de las elecciones generales, en que la brutal demagogia de las tres derechas ha sido rechazada por la mayoría de los españoles, y ya amenazan con retomar el largo rosario de insultos contra Sánchez. Si no traga, ya se sabe la letanía: felón, traidor, separatista, rojo, masón. El chantaje habitual. Pese a que conocen que la militancia socialista navarra tendría que pronunciarse y lo haría en contra de la Brigada Navarra, insisten para poder vender la imagen de que los socialistas navarros son tan traidores como los vascos o catalanes.

Como buenos conspiradores anuncian su chantaje, dos votos en Madrid por un gobierno en Pamplona, justo nada más terminar la audiencia de su candidato Javier Esparza con Felipe VI. Es decir, se escoge el mismo decorado de la Zarzuela como escenario oficial de la presentación de un plan que no tiene nada de constitucional. Porque después del voto del 28 de abril, no cabe veto alguno a un gobierno navarro. Mucho menos tras una reunión política con el Jefe del Estado evocadora del controvertido discurso del 3-O 2018. Si se aceptara este  turbio chantaje, estaríamos a menos de minuto y medio de que las tres derechas, que cabalgan hoy con la Brigada Navarra, se atrevan a intentar borrar de la Constitución de 1978 la Disposición Transitoria Cuarta referente a las relaciones entre Navarra y Euskadi.

Mientras tanto, esa Quinta Columna de la Brigada Navarra en Madrid, instalada en algunas salas del Tribunal Supremo, ve un golpe de estado en Cataluña que no ve en la España de 1936, al situar a Franco como Jefe de Estado en lugar de Manuel Azaña. Por no hablar de la nueva dilación en el traslado de los restos del dictador. No cabe recibir más bofetadas en menos tiempo. La Moncloa no puede liquidar la tumba fascista, tampoco seguir con la política de distensión en Cataluña, ni puede gobernar en Pamplona. Catalanizar Navarra es la primera respuesta reaccionaria al voto soberano del pueblo español fijado como primer artículo en el texto constitucional.

Quienes ven mañana un peligro democrático en Vox, como una coartada para pactos contra natura, fingen olvidar el serio peligro involucionista que hoy es Ciudadanos. Ahí está su muy reciente giro foralista en Navarra, aplaudido ayer ingenuamente como un signo progresista de Rivera, para comprobar como ha sido el motor de arranque de la última ofensiva de la Brigada Navarra contra Sánchez. Tres son los claros objetivos políticos de esta maniobra de ataque: complicarle la investidura, restándole escaños; quebrarle la mayoría progresista que le apoya, con la inestabilidad política consecuente; e impedirle, por lo tanto, gobernar. Aunque no es un hombre tendente a la genuflexión, su trayectoria lo demuestra, se pretende arrodillarle incluso antes de la investidura.