Opinion · El desconcierto

El Estado descafeinado de Casado, Rivera y Abascal

El adiós al café para todos de Clavero Arévalo– con el que este ministro centrista de Adolfo Suárez definió en 1978 el Estado de las Autonomías– que propone Santiago Abascal, sugiere Albert Rivera e insinúa Pablo Casado es el epicentro del seísmo que agitan las urnas del 10 de noviembre.  Cataluña, Euskadi y Navarra son las tres comunidades afectadas en distinto grado por las críticas sistemáticas de las tres derechas. Se niega el diálogo en Barcelona, se amenaza con la ilegalización al PNV en Bilbao y se cuestiona a  todos los partidos abertzales en Pamplona. Vox a gritos, Partido Popular y Ciudadanos a susurros, plantean a la vez la muy urgente necesidad de descafeinar la democracia.  Este es el dilema electoral de las urnas de este domingo: involución autoritaria o democracia.

El mutismo de Casado y Rivera ante las propuestas abiertas de Abascal refleja su complicidad con Vox. Sea por las razones que sea, entre las que no cabe descartar la cobardía e incompetencia política, PP y Cs ni intentan desmarcarse de este programa al margen de la Constitución. Ni siquiera reaccionan ya al escuchar como se propone ilegalizar al PNV, con el que pactaron los gobiernos de Aznar y Rajoy, por no hablar también de los pactos con Pujol. Avalaron la puesta de largo en sociedad de Vox, pactaron en Andalucía, Murcia, Castilla y León y Madrid con Vox y ahora mismo se presentan a las inminentes elecciones como costaleros de Vox. ¿Por qué Pablo Casado y Albert Rivera compiten en ser palafraneros de Abascal?

La recentralización de España, formulada por Aznar nada más derrotar a Almunia por mayoría absoluta, es el programa común de toda la derecha. Aquella formulación teórico política del caudillo de las Azores, olvidada tras sus hazañas bélicas en Irak,  rebrotó con el estallido de la crisis catalana gestada por la galvana de Rajoy, en la que se incubó el huevo de la serpiente de Vox que hoy rodea con sus potentes anillos a Casado y Rivera. El objetivo es muy claro. Volver al período otoño 1975- primavera 1976, la etapa preconstitucional, en la que aún no había llegado Adolfo Suárez, que pactó con los que siguen describiendo como rojos del PSOE  y separatistas de ERC y PNV.

Vox es la conclusión política de toda la retórica centralista del PP y Cs. En efecto, si la sociedad catalana es hoy tal y como describen Casado y Rivera, Santiago Abascal tiene toda la razón. Tampoco cabe extrañarse que Vox proponga la aplicación del  artículo 116 de la Constitución referente al estado de excepción, alarma y sitio. La demagogia de ayer es el éxito de hoy de Vox. Con tal de echar al PSOE de la Moncloa, PP y Cs han usado y abusado del conflicto catalán sin ningún límite. El balance no puede ser peor. No han echado ni van a echar a Pedro Sánchez, han radicalizado la sociedad catalana y han atado su suerte a la de Vox. Rivera ya ha sido fagocitado y Casado ha sido frenado en su tentativa de acercarse a los escaños del PSOE.

España vuelve a ser diferente como rezaba el eslogan turístico de Fraga. No porque haya surgido Vox como tercera fuerza política, sino porque la derecha que se mueve en el marco constitucional marcha junto a Vox que vive al margen de la Constitución. Abascal encuentra en Madrid lo que Le Pen y Salvini buscan en París y Roma. Ni Casado ni Rivera trazan un cordón sanitario con Vox y, lo que es mucho más lamentable, el juego partitocrático de este sucio verano es sumamente rentable para Abascal en la medida que desprestigia a una clase política ya bastante desprestigiada.  En ese medio ambiente político contaminado hasta la hipótesis de un Estado descafeinado encuentra una base social reaccionaria.

Tanto que en este próximo 10 de noviembre si bien se presentan cinco candidatos estatales, de hecho son únicamente dos los que hoy pugnan ante las urnas. Pedro Sánchez al frente del bloque progresista, Santiago Abascal al frente del bloque reaccionario. Mientras que el primero dirige también la fuerza mayoritaria de la izquierda, el segundo sólo dirige la segunda fuerza de la derecha. A la vez que el presidente del Gobierno, ahora en funciones, defiende el Estado de la Constitución de 1978 mientras el líder de Vox defiende el Estado descafeinado amplificado por el eco del Partido Popular y Ciudadanos. O este 10 de noviembre de 2019 los españoles ratifican la apuesta democrática del 16 de junio de 1977 o España acabará entrando en una  progresiva  deriva autoritaria de consecuencias imprevisibles.