Opinion · El desconcierto

Vox y la crisis de los sillones

Ya se conoce el precio de la crisis de los sillones ministeriales. Las urnas del 10 de noviembre acaban de pasar la factura a PSOE y Podemos.  El balance es claro. Han perdido millón y medio de votos, diez escaños y hasta la izquierda populista se ha visto sorpassada por el nacionalpopulismo de Vox. El cálculo de Pedro Sánchez sobre el trasvase de los electores de Ciudadanos al PSOE se ha revelado tan erróneo como el de Pablo Iglesias sobre la reiterada fidelidad de los suyos a la exigencia de ministerios. No es así. Más de medio millón del electorado morado ha emigrado hacia Más País en coincidencia con Iñigo Errejón, que defendía un pacto programático progresista. Pero el coste mayor es la irrupción de Santiago Abascal al grito de Santiago y cierra España.

En mayo otra crisis de los sillones, en este caso en el ayuntamiento de Madrid, regalaba a las tres derechas la alcaldía progresista de la capital del Estado. Desde el tamayazo, con el que Esperanza Aguirre robó al PSOE la presidencia de la Comunidad de Madrid, no había vuelto a producirse un espectáculo político tan vergonzoso para los progresistas como la lucha entre Errejón e Iglesias por nombrarle los concejales a Carmena. Al final, ni para Pablo, ni para Iñigo, sino para Casado, Rivera y Abascal. Se jugaron a los dados electorales la piel del oso sin haberla cazado antes. No ha sido así ahora con la Moncloa, el PSOE ha ganado clara y ampliamente, pero se ha resucitado al franquismo tras haber exhumado sus restos del Valle de los Caídos. Hoy la sociedad española es más franquista que ayer, pero menos que mañana si no se consigue un pacto programático progresista.

A por la tercera crisis de los sillones es ahora el grito de toda la derecha dirigida por Vox, que acaba de dar toda una inteligente lección política. Santiago Abascal lleva todo el año marcando el rumbo de Casado y Rivera, apoyando los gobiernos de Andalucía o Madrid, sin exigir ninguna responsabilidad política a cambio de que se impusieran sus criterios políticos. Hoy recoge la cosecha de votos, mientras Rivera se pierde en el ridículo y Pablo Casado canta cara al sol de Vox. Ahora espera una nueva lucha por las poltronas que impida, una vez más, un buen acuerdo de gobierno progresista. Pese a que el mismo Alberto Garzón habla de explorar todas las opciones e incluso se plantea  la posibilidad de romper la disciplina de voto de Izquierda Unida con Podemos, se oye el clamor de a la tercera va la vencida de Vox.

Nada le interesa hoy más a Vox que poder agitar el fantasma del frentepopulismo si un pacto progresista pudiera ser leído como la continuación del gobierno de Juan Negrín. Tras haber fagocitado a Ciudadanos agitando el conflicto catalán, podría fagocitar al Partido Popular recuperando la falsa memoria histórica de la derecha sobre el último gobierno de la II República. Ese  buen argumentario franquista, separatistas catalanes ayudados por los rojos socialistas, trasvasaría a la inmensa mayoría del electorado del PP a los caladeros de Vox. Del mismo modo que Santiago Abascal cortocircuita ipso facto la más mínima posibilidad de abstención de Casado, si se abstuviera pudiera irse a su casa junto con Rivera, impide que un pacto programático progresista se cubra gubernamentalmente.

Le toca pues al PSOE volver a desechar, una vez más,  una política largocaballerista (Largo Caballero) que  llevó a la derrota aquella experiencia democrática de la II República a la vez que aplicar la política prietista (Indalecio Prieto) que posiblemente hubiera evitado el fracaso republicano. Se trata de no empujar a toda la derecha hacia esa involución preconstitucional que  hoy persigue Vox y de mantenerla en la Constitución. No es una cuestión baladí teniendo en cuenta que Abascal, dirigiendo la tercera fuerza parlamentaria, va a tratar de arrastrar a todo el PP hacia una oposición frontal contra el Gobierno de Sánchez y que la derecha soberanista catalana seguirá en la política de cuanto peor, mejor. No es una tarea nada fácil para el gobierno Sánchez, que no se esperaba esta penúltima deriva de la crisis de los sillones.

Pero esta firme respuesta democrática, sobre la base de un pacto programático, no es de exclusiva responsabilidad de Pedro Sánchez. Iglesias, Garzón Errejón, Ortúzar, Rufián y Colau que aporta sus siete diputados a los veintiocho de Podemos. De igual modo que durante la década de los treinta era imposible poder avanzar en la consolidación de las conquistas republicanas sin derrotar al fascismo, lo es hoy avanzar en una política progresista sin frenar a Vox. La contradicción política principal no  reside entre derecha o izquierda, socialdemocracia o neoliberalismo, independencia o unidad del Estado, sino  entre democracia o autoritarismo. No se puede abordar esta batalla con una posible, cuando no probable, tercera crisis de los sillones. Sería letal para la cohesión social y territorial de la sociedad española.